
La decepción otra vez
J.C. Maraddón
J.C. Maraddón
Cuando Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota se presentaron por primera vez en Córdoba, en diciembre de 1987, se suponía que iban a tocar los temas de sus dos primeros discos, “Gulp!” y “Oktubre”, que habían tenido cierta difusión radial como parte del boom del rock argentino post Malvinas. Sin embargo, como era la costumbre del grupo platense en esos años, el repertorio del show estuvo salpicado por canciones que el público no conocía porque recién iban a aparecer en su siguiente LP. Lo que hacían en estos casos era testear cómo sonaban en vivo y cómo respondía la gente frente a esas piezas inéditas.
Y es que “Un baión para el ojo idiota”, publicado en mayo de 1988, marcó un quiebre notorio en el sonido de la banda, que dejó atrás su propuesta performática y festiva, para apelar a un estilo más duro y concreto, acorde a la etapa que empezaba a vivirse en el país. Tras la alegría por la recuperación de las instituciones democráticas, vinieron las crisis económicas y los levantamientos militares, que minaron las ilusiones de los ciudadanos y sumieron a la población en el desencanto. Los Redondos supieron leer muy bien el espíritu de la época.
Por eso, reunieron un material menos jocoso y más escéptico, en el que la ironía se mezclaba con una feroz crítica a la situación política, a través de letras que exponían una radicalización de sus posturas, con las que muchos jóvenes podían identificarse. Sus dardos contra la escena del pop rock nacional de moda estaban cargados con un veneno furioso, al igual que la ponzoña que destilaban contra un sistema en el que muchas cuestiones aparentaban haber cambiado, aunque según esa mirada más profunda, ciertos poderes en las sombras seguían manejando las riendas más allá de la voluntad popular.
Entre esos ocho tracks que iban a representar el inicio del salto a la masividad para el grupo, hay uno que habla de modo un poco más directo acerca de la percepción que tenían sobre las circunstancias históricas que se atravesaban, a pesar de que la pluma del Indio siempre juega con figuras literarias propias de la ambigüedad de las obras de arte. “Vencedores vencidos” alude ya desde el título a una coyuntura específica y la trae a su presente: aquella consigna que rezaba “Ni vencedores ni vencidos”, enunciada por el general Eduardo Lonardi tras el golpe de 1955.
Se supone que esos triunfadores derrotados son los que creyeron que las sombras del autoritarismo iban a desvanecerse, y que ahora comprenden lo difícil que será la tarea de erradicar esas estructuras subterráneas enquistadas en la sociedad. Además, Solari describe de manera implacable el panorama que lo rodea, mediante imágenes potentes como “la farsa actual” y “tiempo de plumajes blancos”, en versos donde se alude al “humor de los sobrevivientes”. “Me voy corriendo a ver que escribe en la pared la tribu de mi calle”, se jacta el cantante, al emprender una huida hacia el futuro que es la única esperanza que se permite.
No ha sido inocente entonces que Lali Espósito eligiera esa canción para interpretarla en vivo el sábado en su tercera función en la cancha de Vélez, justo en la víspera de las elecciones bonaerenses, donde la mayoría de los candidatos del gobierno nacional fueron derrotados en las urnas. Dentro de la disputa verbal que mantiene la artista con el presidente, aquel hit de los Redondos resulta ser un arma dialéctica poderosa, porque concilia a la pop star argentina con la multitudinaria grey ricotera. Y porque le aplica aquella cáustica descripción del Indio a un estado de cosas en el que también cunde una sensación decepcionante.







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