
Obstinados en resistir
J.C. Maraddón
J.C. Maraddón
Mientras la música bailable copaba las radios y el estilo house era el favorito en las discotecas, durante los años noventa el rock radicalizó su disidencia sonora y profundizó en géneros como el grunge o el thrash, que se anclaban en la distorsión y en voces que se desgañitaban. Parecía así responder a las tendencias de moda a través de una vuelta a las raíces que capturó no pocas voluntades de fanáticos a los que les fascinaba ese rumbo tan áspero y desangelado, como una manera de gritar su disconformidad con respecto a las reglas que planteaba la industria.
Tras iniciar esa década embelesados por la rutina de los covers, los rockeros cordobeses se plegaron a esa iniciativa internacional y empezaron a rasgar con más potencia sus guitarras, mediante un un gesto furioso que no había tenido demasiados precursores en la movida post Malvinas dentro de la ciudad. Por supuesto, también hubo brotes de reggae y de sones alterlatinos como en otras regiones del país, pero quienes se aferraban al rocanrol pronunciaron su fe en ese legado y desoyeron los cantos de sirena de los que les recomendaban encarar su carrera en una dirección complaciente que les rindiera frutos en su economía.
Los Navarros, una de las formaciones más populares del circuito, que a través de versiones se había convertido en un fenómeno de la escena local, resolvieron plegarse a esa corriente que arrastraba a los rockeros hacia el extremo y abrieron su repertorio hacia composiciones propias que los ponían en esa senda. Su aspecto y su modo de encarar la música les facilitaba el acceso a esa sonoridad, en tanto que el registro vocal y el carisma del cantante Julio Anastasía se adecuaba a la perfección a los requerimientos de esta nueva etapa que llevaría a la banda a trascender más allá de Córdoba.
Diez años después de que emergieran Los Navarros, con la electrónica subida al trono del mercado discográfico mundial, otro grupo cordobés saltó a los escenarios con una propuesta que abrevaba en las fuentes del grunge, pero que no le temía a la incorporación de elementos de la veta electro. Juan Terrenal se hizo rápidamente de un nombre respetado en el panorama cordobés y creció en convocatoria hasta transformarse en una de las bandas con mayor cantidad de seguidores en el ámbito autóctono, con producciones independientes que se difundían en las radios y que incluían sus correspondientes videoclips.
El nuevo siglo trajo consigo una renovación de públicos y artistas, que implicó además la irrupción de ritmos urbanos cuya supremacía se consolidó durante la pandemia. Aquel viejo rock que se creía capaz de sobrevivir a todas las vicisitudes y de absorber a cualquier competidor que se atreviera a disputarle el cetro, tuvo que reconocer los síntomas de su retroceso y desarrollar estrategias para no quedar relegado a las simpatías de los adultos mayores que habían conocido su apogeo, en tanto los más jóvenes preferían prestar oídos a las novedades que se les ofrecían desde los otros rincones del espectro estilístico.
Ante esta realidad, algunos miembros de Los Navarros y de Juan Terrenal se han unido para conformar el grupo Bestia, con el que han publicado un disco debut que incluye siete canciones. Pero que nadie vaya a creer que Marcos Bima (guitarra), Miguel Amaya (voz), Gustavo Giacomelli (bajo) y Jorge Navarro (batería) entregaron sus banderas y se acoplaron a las imposiciones de la época. Por el contrario, su flamante material recoge lo mejor de aquello que los caracterizó en el pasado, pulido por el filtro de la experiencia y obstinado en que el vigor rockero no apague su llama sin resistir.


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