
Caras y Caretas Cordobesas
Víctor Ramés
Las tres décadas expuestas de Fader (Decimonovena parte)
Un mes antes de la exposición en Müller en 1927, en medio del equilibrio inestable de la relación de años entre el galerista y el pintor, aparecía en la revista de Buenos Aires “El Hogar”, una crónica de una visita a Fader, en el mes de septiembre.
Un viejo conocido, Juan José de Soiza Reilly, relataba un viaje suyo junto a otros visitantes a las sierras de Córdoba para entrevistar en Loza Corral al pintor Fernando Fader. Gracias a él podemos asomarnos al artista en acción, no solo en el acto de pintar, sino también en la misión de ir en busca del paisaje que no se ofrecía en la cercanía de su casa. Para ello tenía de hace años Fader un Ford T que en ese periodo constituía algo más que un vehículo. Así describía Soiza Reilly la funcionalidad de que estaba equipado el automóvil: “En la parte trasera del coche, el ingenio de Fader ha construido un armario, repleto de víveres. Bajando la tapa del armario, se transforma inmediatamente en mesa... A la hora del apetito, el automóvil se detiene en cualquier parte.”
Fader había adquirido su querido “Ford a bigotes” en la ciudad de Deán Funes, y el vehículo sirvió también de transporte para necesidades familiares que podían surgir en la casa distante de otros lugares más poblados. Luego de radicarse sus hijos y su esposa en Buenos Aires, el auto siguió siendo un medio para llevar al artista en busca de otros paisajes. Relatos del propio pintor testimonian que en muchas ocasiones solía dormir en el fordcito, aun cuando estaba lloviendo.
El año 1928 no ofrecería, pese a los esfuerzos de Fader, la posibilidad de producir obras con vistas a una nueva exposición en Buenos Aires. Tras intentarlo durante todo el año, a las limitaciones del mal tiempo frecuente se sumó una fuerte recaída en la salud del pintor que lo obligó a guardar cama durante más de un mes. Hubo planes de organizar una vez más la muestra en Müller, pero con gran decepción para el habitante de Loza Corral, las circunstancias se opusieron. En consecuencia, no hubo obra, ni tampoco exposición ese año. Fader viajó a Buenos Aires solo a visitar a su familia.
Y en 1929, sin solución de continuidad, la salud de Fader se resintió más aún, cerrando un poco más el nudo de la carrera de un pintor a quien el cuerpo no le permitía la dedicación a la obra que su auténtica pasión lo acicateaba a seguir intentando.
Como refiere el detallado biógrafo de Fader Rodrigo Gutiérrez Viñuales, cuyas espaldas sostienen mucho de este texto, “Restringida por los médicos la posibilidad de continuar sus tareas al aire libre durante los crueles meses de otoño e invierno serranos, Fader no encontró otra salida que la de destinar a su pintura algunos días del verano, estación en la que no acostumbraba realizar su labor artística. Empecinado en no abandonar los pinceles, tomó Fader su viejo Ford y se lanzó en busca de paisajes por la ruta norteña que, partiendo de Intiguasi, pasaba por San Pedro Viejo y San Pedro Nuevo, bifurcándose hacia Caminiaga o San Francisco del Chañar.”
Durante ese viaje, recogió apuntes para realizar un par de telas. Sobre aquel periplo en el leal fordito, en marzo de 1929, escribe en un apunte: “Veo un cuadro, tal vez dos. Resuelvo quedarme. Consigo pieza abandonada. En la noche se prepara una recia tormenta. Vacilo si duermo en el coche o en la tal pieza.” Sus ojos vislumbraban un cuadro al pasar, solo faltaba el esfuerzo de pintarlo.







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