
Para mucho más que tocar y cantar
J.C. Maraddón
J.C. Maraddón
Cuando en 2016 se anunció que la Academia Sueca le otorgaba a Bob Dylan el Premio Nobel de Literatura, estalló una polémica alimentada por aquellos que no avalaban la entrega del más grande galardón literario a alguien que se había convertido en un artista famoso… por su música. El jurado responsable de esta decisión justificó su veredicto argumentando que Dylan lo merecía “por haber creado nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición de la canción americana”, lo que no apagó las críticas sino que, por el contrario, avivó el fuego de las discusiones entre eruditos, que se han prolongado a lo largo del tiempo.
Más allá de esas objeciones, la distinción obró como un rayo legitimador de la tarea que el cantautor había desarrollado con sus composiciones, y expandió su reconocimiento hacia los esfuerzos de una infinidad de autores musicales que, a partir de los merecimientos acreditados a Bob Dylan, también podían reclamarse como proveedores de aportes al corpus de la literatura universal. Tal vez fue esta consecuencia la que desató la ira de muchos escritores profesionales, que veían en la lírica rockera una competencia desleal a la hora de imponer candidaturas para tan preciado honor.
¿Es la letra de una canción una obra poética? ¿Admite ser analizada fuera del acompañamiento sonoro que le corresponde? Las respuestas quizás queden soplando en el viento, como decía el propio Dylan, pero el sólo hecho de formular estas preguntas representa un avance, frente al prejuicio de dejar esos textos fuera del espectro literario sólo porque están inmersos en otro género creativo. Que la gente los cante, que los recuerde de memoria, que se identifique con ellos, no debería operar como una excusa para bastardearlos, sino que por el contrario, tendría que sumarles pertinencia como objeto de un sesudo análisis.
De hecho, desde hace bastante los estudios académicos han indagado en ese territorio de la música popular y han extraído conclusiones apasionantes, que realzan la trascendencia de esas piezas como expresión de síntomas sociales, además de constituir una manifestación íntima y creativa de quienes las firman. No importa si se trata de estrofas asimiladas al tango, el folklore, el rocanrol o el cuarteto, su valor consiste en transmitir al público una sensación, un pensamiento, una emoción, ya sea mediante figuras retóricas o a través de un lenguaje llano que tiene la particularidad de producir un efecto particular en quien lo está escuchando.
Como Licenciado en Letras Modernas, Magister en Socio-Semiótica y Doctor en Letras por la UNC, Lucas Berone ha llevado adelante trabajos de investigación enfocados en la cultura de masas, sobre todo alrededor de la temática del cómic. Sin embargo, este docente universitario nacido en Morteros y radicado en la ciudad de Santa Fe, ha dedicado su más reciente libro a un ítem que lo apasiona: la inspiración letrística de los rockeros argentinos. En “La poesía de rock en la Argentina de post-dictadura”, desmenuza lo que reflejaba en sus canciones de aquella época un amplio y heterogéneo grupo de intérpretes nacionales.
Esta tarde, a partir de las 19, Lucas Berone presentará ese volumen en Córdoba, con una ilustración musical a cargo de Enrico Barbizi, quien entonará algunos de los clásicos de los ochenta. La actividad se realizará en la librería El Espejo del Pasaje Santa Catalina y será una excelente oportunidad para emprender una relectura de esos himnos aportados por Virus, Soda Stéreo, Los Abuelos de la Nada, Fito Páez, Fabiana Cantilo, Celeste Carballo, Los Twist, Charly García, Luis A. Spinetta, Sumo, Los Redondos de Ricota y tantos otros, que cuatro décadas después todavía tienen mucho para decir del pasado… y del presente.







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