
Un estruendo que aún resuena
J.C. Maraddón
J.C. Maraddón
A medida que pasa el tiempo, crece la importancia del año 1973 como bisagra entre una etapa dorada del capitalismo, que alimentaba sueños de ocio y consumo, y su declinación a raíz de la Crisis del Petróleo, que deprimió la economía occidental y sembró de desocupación y desesperanza sociedades que hasta ese momento se reputaban como prósperas. Aquel remezón trajo consigo políticas de ajuste y una oleada de neoliberalismo que se ha prolongado hasta el presente y que ha representado una profundización de la brecha social y una concentración de poder en pocas manos, proceso que la revolución digital no hizo sino acentuar.
Ese abandono del estado de bienestar y su reemplazo por el sálvese quien pueda, tenía que reflejarse en el panorama de la cultura, donde a partir de mediados de los años setenta empezaron a manifestarse los síntomas de ese malestar desatado por el fin de la utopía del progreso constante de la humanidad. En tanto se percibían los primeros escarceos del punk, algunos ensayistas relacionaban lo que estaba sucediendo con el concepto de “de-evolution” (involución), proveniente de la biología, mediante el cual se explicaba que, tras alcanzar su máximo desarrollo, la raza humana atravesaba un estadio de declive.
Subyugados por esa idea, dos estudiantes de arte de Ohio, Mark Mothersbaugh y Gerald Casale, diseñaron un proyecto performático con influencias de Andy Warhol, de David Bowie y, sobre todo, de ese clima de desamparo que se vivía, al que ellos le querían aportar el brillo de su creatividad. Cuando lo suyo decantó hacia la música, armaron un grupo al que llamaron Devo (por de-evolution) y combinaron sonidos deformes con letras inspiradas en ensayos pseudocientíficos como el del panfleto “Jocko-Homo: The Heaven-bound King of the Zoo”, de B. H. Shadduck, o “The Beginning Was the End”, de Oscar Kiss Maerth.
Acompañados por sus hermanos, Mothersbaugh y Casale pusieron proa hacia el futuro y utilizaron a Devo como nave insignia de una propuesta desopilante que incluía disfraces bizarros, coreografías histéricas y videoclips elaborados con premisas que remitían a vanguardias como el surrealismo y el dadaísmo. Lo más increíble de todo es que un contenido tan abigarrado se presentaba en un envase de synth pop y new wave terriblemente contagioso, al punto que en 1978 firmaron para el sello Warner y arrancaron con una carrera discográfica en la que no faltaron hits, en especial cuando practicaron un viraje rotundo hacia la electrónica.
Sin embargo, entrados los ochenta se produjo un desfasaje entre sus nuevas obras y las tendencias de moda, que derivó en la siguiente década en una separación de la banda, aunque luego hubo una reunión que se extendió, con intermitencias, hasta la actualidad. Por supuesto, se han transformado en leyenda como un grupo de culto, pero al escuchar sus canciones muchos se darán cuenta de que las conocían porque en cualquier película o serie que se ambiente un poco más de cuarenta años atrás, los temas de Devo servirán para ubicar al espectador en el tiempo y en el espacio.
Quizás por eso, la plataforma Netflix ha estrenado un documental biográfico que data de 2024, dirigido por Chris Smith, sobre esta particular formación estadounidense, donde los testimonios de los sobrevivientes se superponen con escenas de archivo que resultan elocuentes para entender de qué la iban estos adorables tarados que se han especializado en desorientar. Una hora y media de película basta para tomar conciencia de lo que la crisis de 1973 sembró en algunas cabezas sensibles, cuya energía se canalizó entonces en expresar a su manera lo que estaba sucediendo en un mundo donde las estructuras esenciales empezaban a crujir, provocando un estruendo que aún resuena.







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