
Llorar y hacer llorar
J.C. Maraddón
J.C. Maraddón
Qué difícil para los actores y las actrices precoces tener que ir creciendo en público, con lo que implica resignar el derecho a la intimidad desde una edad tan temprana y perderse de vivir experiencias junto a sus pares, entregados de lleno a una actividad que no les brinda resquicios. Situaciones de instancia privada que para el resto de los mortales quedan alojadas sólo en su memoria, para estas celebridades infantiles exhibidas en los medios toman un carácter muy distinto y transforman su existencia en una especie de vidriera durante las 24 horas del día, los siete días de la semana.
Como hija de un productor de cine y TV, Andrea del Boca conoció de muy pequeña los sets de grabación, tanto desde afuera como desde adentro. Estaba en el jardín de infantes cuando hizo el papel de una niña sordomuda en la novela “Nuestra galleguita”, con Laura Bove y Norberto Suárez como figuras estelares. La misma pareja la acompañó en “Papá corazón”, su primer gran protagónico televisivo, donde interpretaba a una nena que podía comunicarse con su madre difunta, lo que desató grandes polémicas a comienzos de los años setenta, sobre las consecuencias que podía acarrear ese argumento para la teleplatea infantil.
Aparecieron entonces los cuestionamientos a la familia Del Boca, a la que se acusaba de imponer a una menor niveles de exposición que no eran convenientes para una criatura de apenas 8 años. Pero el suceso de aquel culebrón acalló todas las quejas: la niña estrella ganó un Martín Fierro y “Papá corazón” también tuvo su versión cinematográfica dos años después de que Andrea debutara en la pantalla grande con “Había una vez un circo”, comedia de Enrique Carreras que giraba en torno a los payasos españoles Gaby, Fofó y Miliki, muy famosos en Argentina.
Ya adolescente, en 1979 ella volvió a asumir el rol de huérfana en “Andrea Celeste”, y los números del rating le sonrieron otra vez, aunque durante los ochenta sus fans iban a asistir con mayor interés a la puesta de escena de sus romances en la vida real que a su desempeño en la ficción. A su tórrido affaire con el cantante Silvestre, su pareja en “Los cien días de Ana”, le siguió su noviazgo con el cineasta Raúl de la Torre, mientras en los noventa títulos como “Celeste siempre Celeste” o “Perla Negra” la consagraban en el exterior.
Acostumbrada desde siempre a que todos fisgonearan sus actos como si el espectáculo continuara tras bambalinas, respaldó una grave acusación de su hija Chiara contra su propio padre, Ricardo Biasotti, en un caso que el periodismo amarillento siguió paso a paso. También alimentó el morbo de los cronistas de la farándula la denuncia contra ella por presunta malversación de fondos, en la producción de una novela financiada con fondos del estado. El año pasado, Andrea del Boca cumplió 60 años, la mayoría de los cuales transcurrió ante la mirada atenta de un público que tanto premia mediante aplausos, como lapida con insultos.
Por eso, no debería causar sorpresa su ingreso a la casa de Gran Hermano Generación Dorada, la edición del reality que cumple un cuarto de siglo en Argentina y lo festeja con un formato especial en Telefé. Con una enorme experiencia en eso de ser fisgoneada de modo permanente desde hace tanto tiempo, se supone que debería sentirse como pez en el agua en ese contexto que propone el programa conducido por Santiago del Moro. La chiquilla de sus inicios es ahora una mujer mayor, pero mantiene intacta su capacidad para llorar en cámara y hacer llorar a los demás.







En la previa de la reforma laboral, Llaryora llamó a “defender el trabajo”


Enroque Corto: novedades para abogados, multas, secretos del Panal y la Jugada de Vigo

UEPC: Rechazo categórico a la oferta del Panal, y mensaje a la conducción



