
Otro Cosquín político
Javier Boher
Por Javier Boher
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No sé muy bien por qué en este país se espera que los artistas tengan una posición política, ni por qué además que sea una que tenga que ver con el progresismo, pero parece venir con el estereotipo. Se minimiza o reduce el valor artístico de aquellos que no se reconocen parte de esa tribu, del mismo modo que se agranda a los que pertenecen, como si hubiese alguna cuestión de superioridad moral dando vueltas por ahí.
Recuerdo haber leído una entrevista a Justin Timberlake (famoso en la primera década del 2000) en donde decía que el hecho de que pueda hacer algo extraordinario no significa que él lo sea. Aunque eso vale para cualquier profesión, en el caso de los artistas es más notorio, porque tienen mucha más visibilidad y son modelos mucho más extendidos en la sociedad.
La democracia y la idea de que se define quién gobierna a través de otorgar un voto por ciudadano genera la ilusión de que cualquiera sabe de política. Aunque todos tienen el derecho y pueden opinar sobre la misma, no todas las opiniones tienen el mismo peso. Peor aún, el peso de las mismas tampoco viene de un conocimiento profundo de la materia, sino del reconocimiento social que se les otorga: el número de adherentes se confunde con la verdad, por más de que no lo sea.
De chico, el festival de Cosquín era una fija en la televisión del verano. No era muy fanático del folklore, pero me gustaba verlo. El día que fui al anfiteatro pasó a la lista de cosas que ya no me importaban tanto, porque la actuación de Argentino Luna me resultó bastante pesada (aunque ahora lo escucho de otra forma).
Pasada la crisis del 2001 el festival se transformó en un foro de difusión progresista, tal vez porque la mayoría de los artistas que rondaban los 50 veían un resurgir de las ideas de su juventud. Los artistas comprometidos de los ‘60 y ‘70 moldearon a los que tomaron la posta 30 años después: Cafrune, Mercedes Sosa, José Larralde, Atahualpa Yupanqui, Los Olimareños y tantos otros.
La rebeldía debe ser siempre contra lo establecido y no convertirse en dogma, que es el proceso que sufrió Cosquín desde el 2003. A partir de que el kirchnerismo implementó su política de “puentear” gobernadores para financiar a los intendentes aumentó el compromiso ideológico de la ciudad, situación que se retribuyó con las grandes obras pagadas por la nación y terminó con la destitución del intendente Villanueva por corrupción.
Este año no podía ser la excepción, a pesar del cambio de color en el gobierno nacional, lo que encendió la polémica. La artista Luciana Jury se pronunció en contra de Milei y el capitalismo, invitando a la artista trans Susy Shock, que profundizó las críticas. Al terminar su presentación y preguntar si quería otra, el público respondió que no, algo insólito en el festival, pero que marca el cambio social profundo que se vive.
Cosquín debe tener más concentración de kirchneristas por m2 que las comparsas porteñas, pero aún así la gente reprobó las expresiones de la cantante. Esto contrasta enormemente con lo que pasó en Jesús María con el Chaqueño Palavecino llevando al presidente Milei. El cantante es el termómetro que todos están esperando para este viernes.
En julio escribí una nota sobre lo profundo del cambio cultural en el arte argentino después de haber ido a ver un espectáculo de Hilda Lizarazu y Lito Vitale. La intuición no me falló, a pesar de que las elecciones bonaerenses pusieron un manto de dudas al respecto.
Cosquín sigue siendo un festival donde los artistas se sienten más cómodos al expresar sus ideas, porque el progresismo y la confrontación con el poder (si se lo identifica con la derecha, por supuesto) se mantiene como el espíritu que lo guía. Lamentablemente para los artistas, la gente puede opinar distinto y elegir hacérselos saber.


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