
La casa como reserva moral
J.C. Maraddón
J.C. Maraddón
En otros tiempos, probablemente épocas menos enrevesadas que las actuales, el hogar cobraba una importancia suprema como epicentro de la vida de aquellos que convivían bajo ese techo, unidos o no por lazos familiares que se estrechaban dentro de esas habitaciones. Una vivienda es la testigo silenciosa de las intimidades inconfesables de esos seres que la habitan, y en sus ecos retumban tanto las palabras dichas como las silenciadas, a lo largo del periodo en que han transcurrido allí sus días las personas que se creyeron juntas, hasta que las circunstancias obligaron a una mudanza o a la eyección de algunas de ellas.
Aunque el panorama en estos días desalienta al apego por cualquier residencia, debido a la fugacidad con que la gente suele pasar de un lugar a otro, la casa conserva un aura de protección y pertenencia que impregna a quienes allí se alojan y los empuja a desarrollar sentimientos que a priori parecerían reservados solo a las relaciones humanas. De hecho, en nuestro acervo criollo subsiste el concepto de “querencia” para englobar esa necesidad de aferrarse a un lugar, por la comodidad y la seguridad que les transmite a los moradores que han encontrado allí su reparo.
Pero esos sitios preservan, además, los recuerdos de lo que ha acontecido detrás de sus paredes, sucesos alegres y trágicos que constituyen la historia personal del grupo de individuos que atravesó etapas de su existencia en ese domicilio y fue dejando en su seno retazos de sus vivencias más intensas. El mobiliario, los adornos, los utensilios, hablan de quienes fueron sus usuarios y denotan sus usos y costumbres, como delatores de una privacidad que muchos se empeñan en resguardar, aunque salte a la vista para el ojo curioso de quien visita esa edificación con ánimo de descubrir lo que oculta.
Alguna vez esas antiguas casonas albergaban familias que criaban en ellas a sus hijos y nietos, con una sensación de perpetuidad que hoy sería inconcebible. Sin embargo, cuando fallecía alguno de los fundadores de esos clanes, la construcción misma sufría el embate del destino. No sólo se apenaban sus deudos, sino que la casa misma amenazaba con vaciarse de sentido, ante la pérdida de una de las piezas fundamentales que sostenía el andamiaje de los vínculos gestados por el parentesco. En no pocas oportunidades, esas situaciones derivaban en un litigio hereditario en el que el bien inmueble perdía sus atributos afectivos.
En un escenario por el estilo, ubica el danés Joachim Trier con maestría la acción de su primoroso filme “Valor sentimental”, donde dos hermanas adultas, tras la muerte de su madre, asisten con ánimo dispar al regreso de un padre bohemio e individualista que planea recuperar la posesión de la residencia familiar. De muy buena repercusión en salas, donde todavía se la sigue proyectando, esta producción de Noruega, protagonizada por el sueco Stellan Skarsgård, ha sido galardonada en los Globos de Oro y ha recibido nada menos que nueve nominaciones para la próxima entrega de los premios Oscar.
Actuaciones intachables, que se han acreditado la postulación en sus correspondientes categorías, y una fotografía arrobadora, coronan este melodrama como la resurrección de aquel cine nórdico enfocado en las pasiones y ambiciones que anidan en cada uno de nosotros. El hogar, como reserva moral de un pasado acechante, aflora aquí como el botín del que quiere sacar partido el cineasta manipulador encarnado por Stellan Skarsgård, que en la misma maniobra intenta a toda costa resarcirse ante sus hijas, Nora (Renate Reinsve) y Agnes (Inga Ibsdotter Lilleaas), y acallar los fantasmas de un hecho traumático que sucedió allí durante su infancia.







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