
Cosquín, por donde corre la historia
Gabriel Ábalos
Por Gabriel Abalos
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Escenas después de una batalla
El Festival Nacional de Folklore de Cosquín que concluyó a la madrugada de este lunes, fue una escenificación de polémicas, duelos, rechazos, defensas a muerte, abucheos, aplausos extremismos adolescentes, buenas dosis de odio ambiente, intolerancia y discriminación. Tal como en la sociedad. Es más, para nada se dirimía el asunto solo entre el público de la plaza. Muchas veces más personas seguían el festival desde diversos dispositivos, y no se privaron de opinar a través de las redes y chats de la transmisión.
En el 66º festival no faltaron los signos folklóricos “viejitos” (podemos también decirles tradicionales), como para que allá vayan a reencontrarse las generaciones de viejos cosquines con su tiempo intacto, con códigos conocidos y reconocidos, lo que busca y necesita esa generación. También fue este Cosquín un lugar para la experimentación, los cruces, los lazos entre géneros, como siempre lo ha sido. La historia de la música popular argentina de la era industrial prueba que cada propuesta encontró a su público en algún momento (no siempre en Cosquín) y las micro transformaciones a que siempre está sometida la tradición fueron eventualmente incorporadas. Ejemplos: la batería, la guitarra eléctrica, un saxo; géneros como el rock, como la cumbia, como el jazz y otras novedades. No fue sin resistencia, pero venciendo al final en el transcurso de un tiempo.
Es decir, estuvieron todos los ingredientes necesarios para que el festival no se quede en el tiempo y preserve, además, esa tradición llamémosle “discográfica”, dado que no reside solo en la memoria colectiva.
El público puede ejercer la “censura preventiva de la comunidad” de que hablaba cincuenta años atrás el lingüista y teórico literario Roman Jakobson: aquella fuerza social que se opone a los cambios culturales y que le da tiempo a los traspasos y relevos propios de la permanente mutación de las culturas. Aunque no existe “el público” como entidad ni identidad, el proceso se lleva a cabo de todas maneras. Participan factores como la audiencia, los medios, la política cultural, los sponsors, las discográficas. Pero el cambio en sí, una vez comenzado, suele ser inevitable.
Momentos que este año sobresaltaron el pasar automatizado del festival: unos poemas decidores, la actuación de artistas trans, la defensa de la diversidad (que tiene lugar abajo y arriba de un escenario, una batalla de cada día), denuncias de atrocidades como el fuego en la Patagonia, o propuestas musicales que dispararon la alerta en salvaguardia de la “pureza” de los géneros que, como sabemos, no existe salvo en la foto. Como se dijo, la plaza no fue el único juez de esas instancias, pero jugó allí, cara a cara, a favor o en contra de esas benditas “disrupciones” que distraían de la distracción. Las redes se inundaron gracias al impulso de opinar gratuitamente, de incluso descargar toda suerte de protopensamiento, convencido cada quien, de su línea escrita, lo mismo el burro que el gran profesor.
Cosas que estuvieron muy bien, fueron varias y señalamos un puñado correspondiente al último finde, para empezar el paso de José Luis Aguirre el viernes, junto a una runfla de invitados e invitadas de buena madera, “El Encuentro”. A Soledad Pastorutti, con un show de nivel, invitados que fueron la mejor porción de la programación de este año. Un regalo para el público que, de a montones, sigue agitando el poncho por ella, lo que ni la lluvia pudo aplacar.
A Teresa Parodi, esa lucidez sabia y amorosa para poner sus convicciones, para mencionar frontal y urgente a la patria herida y despojada, y recibir del público los más cálidos y amorosos aplausos. Una creadora e intérprete poderosa y emotiva, de la tristeza a la alegría, en cada punto de la gama.
Y naturalmente, la presencia de Milo J. que cerró el Festival Nacional del Folklore a las 4.15 de ayer lunes, con un show que sacudió las fibras de un país, a favor y en contra, atrayendo consigo a miles de niños, niñas y jóvenes, a su versión de lo auténtico, entre otras cosas el folklore. Milo J. llevó al Cosquín que se vio en pantalla a un plano internacional, al nivel en que se mueve este artista de 19 años, quien se dio el lujo de traer de Uruguay a la línea de voces de la Murga ¡Agarrate Catalina!, que cantó junto a Soledad, a Cuti y Roberto Carabajal, junto al joven cantor santiagueño Radamel y a Campedrinos. Milo arrancó su presentación con una muy buena edición de música étnica aborigen, que sonó como un golpe de música experimental, cósmica incluso, a modo de obertura mayúscula. Luego el joven músico urbano fue aterrizando en el valle folklórico, con sus invitados del palo y allí se explayó para dejar en claro en qué segmento se inscribe, acompañado por una audiencia en su mayoría adolescente. Por último, el autor de “Yo no hago trap” sacó a pasear todo el trap de adentro, completando así el programa de su último disco, mostrando ser “más trap que el trap”.
En suma, un extraordinario final de Festival, que no será fácilmente olvidado, y que tal vez quede como testimonio de un giro, de una medida, de aquí en más.
Guitarras en franco diálogo
Se presentan esta noche en Medio Tono Club de Música, Rosario de Sante Fe 414, a las 21, Juampy Juárez y Brela Gerlach, dos guitarras, una voz, que brindarán un repertorio lleno de sutilezas. Juampy Juárez, músico innovador de Buenos Aires, vinculado al mapa del jazz, que alimenta una asidua relación con Córdoba y con sus músicos. Sus venidas a esta ciudad son parte también de su labor docente, en la Unversidad de Villa María como en la Colmena, en capital. Por su parte, Brela Gerlach es también guitarrista, cantante de canciones no importa el género, sino lo que transmiten, y coach vocal. Entradas desde $10000 en Alpogo.







