
La fiesta de los 25
J.C. Maraddón
J.C. Maraddón
Un cuarto de siglo atrás, todo indicaba que el nuevo milenio llegaba para consagrar la música electrónica como la tendencia del presente y del futuro, a partir de todas las variantes que ese género presentaba ya en aquel entonces. Con una voracidad digna de admiración, la movida electro deglutía cualquier otra sonoridad bailable que surgiera a su alrededor, y la incorporaba como componente de su fórmula, un procedimiento que le garantizaba al ritmo abducido una presencia firme en el repertorio de las discotecas y en el de los eventos masivos donde se le rendía culto a una muy distinta corte de deidades: la de los disc jockeys.
El último estertor vital del rock había sido el grunge, aquel estilo que apareció en la región noroeste de los Estados Unidos, montado sobre la furia de rudos muchachos que con sus camisas leñadoras salían a escena a rasgar sus guitarras y revolear sus melenas. Munidos de las herramientas del rock de garaje de los sesenta, el punk de los setenta y la parafernalia sónica de los ochenta, recuperaron la energía del grito primal rocanrolero y protagonizaron una oleada que disputó la primacía con el por esa época efervescente panorama del rap en las costas Este y Oeste.
Pero al despuntar el presente siglo el grunge cargaba sobre sus espaldas diez años de antigüedad, una década en la que su espíritu había encarado un meteórico ascenso, para luego comenzar una fase decadente tras la muerte de su máximo ídolo, Kurt Cobain, en 1994. En apariencia, los músicos electrónicos se habían fagocitado la genealogía rockera y empezaban a construir su propio imperio, donde solo quedaba espacio para aquellos que, con una estética folk, soft o lounge, aceptaran amenizar los sectores del chill out donde los bailarines se echaban a tomar un descanso, para recuperarse y regresar renovados a la pista.
La gran sorpresa de aquel momento fue que, a pesar de esa condena que lo sentenciaba a abandonar los primeros planos, el rocanrol volvió por sus fueros y consolidó una potencia retro que, en algunos casos, hasta lo reinsertó en el escenario danzante y obligó a los deejays a incluirlo en sus sets. Los nombres de bandas como The Strokes, The White Stripes o The Hives eran mencionados con letras de molde en las revistas musicales y sus canciones eran programadas en las radios en alta rotación, algo que en ese tiempo garantizaba la aceptación masiva.
Entre los animadores de ese renacimiento, figuraba también el grupo escocés Franz Ferdinand, que con su disco debut de 2004 y su hit “Take Me Out” se puso a la cabeza de un revival nuevaolero que reemplazaba la oscuridad del grunge por una propuesta brillante cuyas formas invitaban a la diversión. Liderada por Alex Kapranos, esta formación había arrancado en el circuito indie en 2001, y allí desplegó sus virtudes hasta que el productor sueco Tore Johansson los sacó de ese gueto y dotó a su primer álbum de todos los elementos necesarios para llevarlos a las puertas del suceso internacional.
A 25 años de aquellos inicios, Franz Ferdinand arriba a las sierras de Córdoba para actuar en la primera jornada del Cosquín Rock, el festival que también dio comienzo en 2001 y representó en ese momento el resurgir de la cultura rockera autóctona. El sábado 14 de febrero en el escenario Montaña del aeródromo de Santa María de Punilla, después del Cuarteto de Nos y antes del DJ set de los Chemical Brothers, Alex Kapranos y los suyos sacudirán al público con esos temas que hoy son clásicos, más los que interpreten de su flamante disco “The Human Fear”, lanzado en 2025.







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