
Caras y caretas cordobesas
Gabriel Ábalos
Por Víctor Ramés
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Construyendo a Leopoldo Lugones (Vigésimo Séptima parte)
Caras y Caretas puede quedar en reserva para otra vuelta de tuerca y entretanto, la curiosa imaginación no se conforma con el adiós formal del semanario a Lugones, en el cual solo se menciona “su inesperada muerte”, con piedad por el estigma del suicidio que no podía ser otra cosa que motivo de cuchicheo a voces por el público. Caras no va más allá, pero el impulso de saber más detalles se traslada, en nuestro caso, a una serie de datos complementarios que son parte del repertorio de versiones sobre las horas finales de Lugones. El diario Crítica del día siguiente se proponía reconstruir las últimas horas del poeta cordobés. Con detalles aquí y allá que pueden diferir, ese ensamble de datos realizado por el redactor es fresco y tal vez fue la base para buena parte de las versiones que hasta hoy se han publicado. Es ilusorio que pueda uno sentarse cerca de él en el tren a Tigre, o subirse a la barca. Solo podemos citar lo referido por Crítica, con su verismo de libreta de detective. Este párrafo sería parte del prólogo:
“Ayer por la tarde, siendo aproximadamente las 14.30 horas, Leopoldo Lugones se comunicó telefónicamente con sus familiares, desde la biblioteca del Consejo Nacional de Educación, manifestándoles en tales circunstancias que tenía mucho calor y que se iba a retirar de la oficina para beber algo fresco en Tigre.”
Un autor muy bien informado, Adrián Pignatelli, aporta para enriquecer y completar el prólogo: “Después del mediodía de ese 18 de febrero de 1938 Leopoldo Lugones le dijo a su secretaria María Alicia Domínguez que debía salir, ya que lo habían convocado a una reunión en Campo de Mayo.” Se refiere a Lugones como director de la Biblioteca de Maestros. Continúa Pignatelli: “En lugar de dirigirse a Campo de Mayo, en Retiro tomó el tren a Tigre.
Aquí se puede retomar el relato de Crítica:
“En Retiro algunas personas que se han presentado espontáneamente a declarar en la comisaria de San Fernando, aseguraron anoche que advirtieron en Retiro la presencia de Leopoldo Lugones, en actitud de honda preocupación. Lugones premeditaba ya su extrema resolución, porque adquirió en una de las boleterías de la estación un boleto de ida solamente a Tigre, ubicándose en uno de los coches para fumadores, donde consumió varios cigarrillos, observando durante todo el trayecto por la ventanilla del coche. Su rostro era el de un hombre trabajado por una profunda preocupación, lo que no pasó inadvertido para ninguno de los demás pasajeros, a tal punto que sus ocasionales acompañantes estuvieron en trance de acercársele para preguntarle si se encontraba enfermo. Hablaba solo.”
Tómese en cuenta que se trata de aportes de testigos, una de las principales fuentes valorada por la historia y por la justicia. Los testimonios parecen coincidir para armar a un Lugones que va como enajenado, fumando, como sabemos que solía hacer, y sosteniendo una conversación consigo mismo. El monólogo en voz alta de Lugones insiste en definir el estado emocional del poeta, el haber pasado un límite, según ha logrado armar el periodista de Crítica:
“Una demostración del estado de ánimo de Leopoldo Lugones lo da el hecho, por demás significativo, de haberse notado una actitud de extrema nerviosidad cuando se le aproximó el guarda para revisar su boleto. Lugones pareció volver a la realidad sobresaltándose. Poco después, volvió a sus meditaciones y al detenerse el tren en la estación San Isidro, Lugones se levantó de su asiento y dirigiéndose hacia una de las puertas de salida, llegó hasta la plataforma, de donde regresó hablando solo. Sus palabras no llegaron a oído de ninguno de los pasajeros, pero se le vio sentarse en otro asiento donde continuó monologando.”
Da la impresión de que Lugones tuvo un impulso de no proseguir con su plan, pero algo -todo eso que lo empujaba al destino que llevaba decidido- le hizo desistir y volvió a instalarse en el tren, donde completó el viaje hasta su destino prefijado: Tigre.
Anticipamos a la reconstrucción de Crítica estos datos brindados por Adrián Pignatelli:
“Lugones vestía de negro y lucía un sombrero también oscuro. En la estación fluvial abordó la lancha colectiva La Egea. Varios pasajeros lo vieron leyendo el libro Los que pasaban, de Paul Groussac.”
Crítica refiere lo vacilante del poeta al llegar a Tigre:
“Por declaración de otras personas se ha establecido también que Leopoldo Lugones, al bajar en la estación Tigre, dudó algunos instantes hacia dónde dirigirse, pero después, resueltamente, se acercó a una de las lanchas que hacen el servicio de transporte colectivo entre esa localidad y las islas del Delta y después de averiguar cuál era el recreo más lejano, con el pretexto de tomar fresco, debido al excesivo calor, se embarcó en la misma haciendo el viaje apoyado sobre la borda de proa, siempre sumido en sus meditaciones.
Cuando la lancha atracó en el recreo EI Tropezón. propiedad del señor Giudice, después de un viaje que duró más de dos horas y media, el primero en saltar a tierra fue Lugones. Se dirigió luego hacia una de las mesas que se encontraban ubicadas bajo frondosos árboles, y ante el requerimiento del mozo, pidió un whisky y hielo. El mozo, luego de servir en el vaso la correspondiente medida, la colocó sobre la bandeja nuevamente la botella y se iba a alejar cuando Lugones lo llamó y haciéndole una señal. le pidió que dejase la botella sobre la mesa y que se retirara.”
Bueno, queríamos detalles, hasta aquí el viaje en tren, el viaje en lancha, la llegada al recreo, y una progresiva secuencia iniciática de Lugones, mirando tal vez con lucidez su propia vida, su decisión, los pasos a recorrer, la necesidad de que esa lucidez aflojase con la acción del alcohol, hasta perder tal vez los últimos reparos.







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