
Los vericuetos de la venganza
J.C. Maraddón
J.C. Maraddón
Tal vez en el arte, los géneros han sido creados para que no se los respete y por eso las mejores obras son aquellas que se burlan de las categorías y construyen un estilo propio, a partir de la pericia del realizador que toma riesgos y se aparta de lo que señalan los manuales. Del otro lado está la crítica, cuya misión central pareciera consistir en encasillar lo que se está juzgando, como quien resuelve un caso policial o desentraña un enigma. Y en el mismo bando podría estar la industria, que prefiere los productos correctamente rotulados, para que los consumidores no se confundan.
En el cine se dan con mucha nitidez esta clase de situaciones, con artistas que se precian de inclasificables, frente a colegas que prefieren adscribir al terror, a la acción, a la comedia o cualquier otro tópico, sin que existan dudas sobre cuál ha sido su intención. Las producciones que aspiran a romper la taquilla, suelen ser fieles a lo que dictan las convenciones, en tanto que el cine arte o de autor es el que se atreve a romper con lo establecido y ensayar experimentos de resultados inciertos. Sin embargo, no siempre estas distinciones son tajantes.
Durante las últimas ediciones de los premios Oscar, en general la Academia de Hollywood ha preferido recompensar a los audaces, lo que ha representado un dilema para el negocio, porque no necesariamente esos atrevidos han sabido congeniar su creatividad con el gusto popular. Pero si acordamos que esas estatuillas representan la tendencia que propicia la fábrica de sueños, no erramos al concluir que se está privilegiando la innovación en los contenidos al conservadurismo que debería caracterizar a quienes necesitan garantizar la recuperación de lo invertido a las majors que desde hace décadas controlan los movimientos del quehacer cinematográfico internacional.
Por supuesto, cabe suponer que, en ese impulso renovador, habrá aspectos que continuarán vigentes, como por ejemplo no mezclar tonos de relato que sean incompatibles. Por ejemplo, si alguien va a denunciar las atrocidades cometidas por un régimen autoritario, cualquiera sea su línea ideológica o religiosa, no empleará para hacerlo las herramientas de la comicidad. El temor a que termine ridiculizando lo trágico, tendría que frenar ese tipo de derivas por parte de un realizador que ubica el contenido por encima de la forma: un propósito militante implica argumentar con seriedad para demostrar al espectador a quién le asiste el derecho de la verdad.
Aunque no es el primero en deshacerse de esos presupuestos, haber descartado tal prejuicio es uno de los mayores méritos del iraní Jafar Panahi en su película “Un simple accidente”, con la que ganó la Palma de Oro en Cannes y se acreditó la nominación en los Oscar a Mejor Largometraje Internacional. Detenido en su país y liberado tras una huelga de hambre, Panahi ha sido consecuente en su crítica al gobierno, aunque más allá de eso su filmografía ha recibido grandes elogios por parte de sus colegas y de la prensa mundial, además de distinciones en diversos festivales.
Esta vez, para referirse a las torturas y el confinamiento padecidos por muchos opositores, en “Un simple accidente” no eligió un enfoque dramático o trágico, sino que enfrentó a un descarnado interrogador y a sus exvíctimas, en una fusión de road movie con comedia negra, filmada en Irán a pesar de la prohibición que existe allí sobre su trabajo. Asistimos así a una obra en la que Panahi nos divierte mientras nos obliga a razonar acerca de los vericuetos de la venganza, a través de un argumento que también nos conecta con tiempos oscuros de la historia argentina.







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