
Caras y caretas cordobesas
Víctor Ramés
Por Víctor Ramés
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Construyendo a Leopoldo Lugones (Vigésimo Octava parte)
De esos minutos de un Lugones que ya se encuentra en el recreo “El Tropezón” del delta del Tigre, a su último suspiro, transcurren unas dos horas del poeta, el tribuno, el intelectual de la derecha argentina, un hombre a secas, al que su tiempo no aplaudía ya como en años anteriores. Lugones no celebraba más la vida, su vida. Simplemente, no la soportaba. O, quizás, en su cabeza cuyos pensamientos intentaba vaporizar con altas dosis de alcohol, se mezclaba la sensación de fracaso -al menos autopercibido- y la voluntad de irse de este mundo con una muerte que fuese también una cachetada, un adiós que exigiera un desagravio, una despedida que quería ser también acusación. Mucha tinta ha corrido sobre los sentimientos sondables o insondables que lo acompañaron hasta las islas del Tigre. Lo único cierto es que allí estaba ese cordobés que había grabado su nombre en la historia de la literatura, acortando el plazo de su vida. En una mesa, bebiendo whisky, entre las seis y las ocho de la tarde, aproximadamente. Retomamos el texto del diario Crítica del día siguiente. Una escena reconstruida por testigos que, sin duda, no sabían que iban a ser requeridos por lo que vieron esa tarde.
“Acto seguido bebió un gran sorbo y luego volvió a llenar el vaso casi hasta el borde. Lugones realizó esta operación varias veces hasta dejar la botella a medio terminar, observando de vez en cuando el movimiento del recreo, como si temiese ser visto por alguien.
Habían ya transcurrido cerca de dos horas desde su llegada al recreo, cuando Lugones, golpeando violentamente las manos, solicitó Ia presencia del mozo, y al acudir éste le pidió alterado una jarra de agua fresca. Su pedido fue atendido de inmediato, Lugones volcó en el pavimento el resto de la bebida que aun contenía el vaso y lo volvió a dejar sobre la mesa, Premeditando tal vez su próximo fin, exigió luego otro vaso, y cuando se lo llevaron le dijo al mozo que quería una habitación para descansar. Muy cerca de allí, sobre uno de los patios existe un cuarto que se destina a los huéspedes ocasionales. El mozo le indicó la conveniencia de usar dicha habitación, por estar algo alejada del resto de la casa. Por señas, Lugones dio a entender que estaba satisfecho y encaminándose resueltamente a la misma, ya no se le oyó hablar más.”
Lo que ocurrió después no es ya materia de testigos, salvo el hecho de que, a alguien, un empleado del recreo, le tocó descubrir el cuerpo yacente del escritor famoso. El informe de Crítica responde a un testimonio que ubica el cuerpo de Lugones sobre el piso de la habitación. Otros relatos posteriores lo situarán sobre la cama. El resto son averiguaciones a posteriori y el resultado de las pruebas policiales, médicas, el relato oficial.
Según el diario Crítica, como a las 21.30, tal vez con el fin de preguntarle si deseaba cenar, “uno de los mozos golpeó sobre los vidrios de la puerta de entrada, al no obtener respuesta y como la misma se encontraba semicerrada, observó el interior y pudo ver el cuerpo de Lugones tendido sobre el piso.
Con la alarma que es de suponer, este testigo dio cuenta de lo ocurrido al propietario de recreo El Tropezón, señor Giudice, y éste se puso en inmediato contacto con el personal de guardia de la comisaria de la isla, haciéndole saber que un hombre, como de 61 años, discretamente vestido, se había suicidado en una de las dependencias de su establecimiento.”
Los hechos que siguieron ya eran, obviamente, ajenos a la vida del escritor. “Sin pérdida de tiempo, el titular de la mencionada dependencia y dos agentes de policía se trasladaron al recreo El Tropezón, constatando la veracidad de la denuncia. El cadáver de Lugones se encontraba tendido sobre el piso, con la cabeza hacia la pared y los pies a escasos centímetros de la puerta de entrada. Poco después llegó al lugar del hecho el médico de la policía, doctor Biella, y estableció que Lugones había fallecido a consecuencia de la ingestión de una fuerte dosis de cianuro de potasio.”
También corresponde a las formalidades del caso revisar los bolsillos del muerto, tratar de entender sus motivaciones, averiguar cómo se proveyó de cianuro.
“La policía encontró en uno de los bolsillos del saco de la víctima, su documentación personal y una carta dirigida al juez, cuyo sobre estaba cerrado.
Esta carta no ha sido abierta todavía por los magistrados que se han abocado a la instrucción del suceso.
Solo se sabe que el sobre lleva la siguiente leyenda: ‘Señor Juez de Instrucción. Capital Federal’. (…) Hay funcionarios que opinan, con algún fundamento, que el suicida abrigó la intención de eliminarse en su despacho de le Biblioteca del Consejo de Educación o en otro lugar de esta capital, por cuanto su carta está dirigida a uno de los jueces de instrucción y no al Juez del Crimen en turno de la provincia de Buenos Aires. (…) Por cuerda separada, se practican en estos momentos empeñosas investigaciones tendientes a establecer la ubicación del comercio donde Leopoldo Lugones adquirió el tóxico.
En este sentido han sido citados al Departamento Central de Policía, distintos comerciantes establecidos en las proximidades de la casa que ocupaba Lugones, varios farmacéuticos, tres propietarios de ferretería, pero se guarda reserva acerca de lo declarado por estas personas. Es posible, sin embargo, que Lugones haya logrado comprar tan fuerte dosis de cianuro con el pretexto, demasiado conocido, de combatir a las hormigas.”
Solo falta el traslado del cadáver y, de allí en más, la posteridad, el misterio, los juicios acumulados sobre las palabras y las acciones del hombre muerto. Sin embargo, quedan rizos por rizar y un epílogo se hace necesario, antes de soltar a Lugones y parar con este largo intento de reconstruirlo.







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