En Córdoba, el poder tiene un solo género

Con el último movimiento de piezas, el gobernador dejó sin mujeres su gabinete. Los riesgos del diseño de una política sesgada y la incoherencia institucional del cordobesismo. 
 
Provincial02 de marzo de 2026Yanina SoriaYanina Soria

LAURA-JURE

Por Yanina Soria  

El gobernador Martín Llaryora seguirá ejecutando esta semana nuevos cambios en el gabinete provincial, incorporando intendentes del interior profundo en segundas y terceras líneas. Con esas decisiones que apuntan a consolidar la política territorial y fortalecer al cordobesismo, culminaría este primer refresh de un oficialismo que ya juega la reelección de su líder en el ´27. 

En todos los movimientos aplicados, hubo tres que derivaron en un escenario, por lo menos, contradictorio con el discurso que pregona el peronismo cordobés: ya no hay mujeres ministras. 

En una primera redefinición de la estructura de gobierno, el mandatario Martín Llaryora desarmó en una misma acción las carteras de Ambiente y Economía Circular, a cargo de Victoria Flores, y Desarrollo Humano, de Liliana Montero. Dos ministerios que no sólo fueron creados por esta misma administración allá por diciembre del 2023, sino que además fueron presentados como espacios fundamentales para el desarrollo de políticas públicas identitarias de la gestión que pretendía desarrollar en esos ámbitos el gobernador. 

A mitad de camino, resulta que Ambiente y Desarrollo Humano fueron desaparecidos y ambas funcionarias reubicadas debajo de ministros varones cuyas carteras, paradójicamente, les encomendaron apuntalar con su experiencia política. Y como para que nadie se ofenda, el Gobierno comunicó que tanto Flores en Educación como Montero en Salud mantendrían rango ministerial con promesas de visibilidad política. 

Un dato no menor en esa movida de piezas, es que nunca se argumentó (por lo alto ni por lo bajo) que a estas mujeres le cupiera la lógica de los “funcionarios que no funcionan”. Más bien, todo lo contario. 

Ambas siempre fueron destacadas por el propio Llaryora que se jactó de tener tres ministras en su plantel (una de ellas en representación del Partido Cordobés) y de haber elegido a las más idóneas para tales cargos, y luego por los propios funcionarios de ambas carteras que les reconocieron atributos de liderazgos. Justamente, habían sido designadas en la nómina provincial por su experiencia en la gestión pública que compartieron con Llaryora en la Municipalidad de Córdoba. 

Como contrapunto, en esa misma ola de cambios y sin exigir pergaminos, a Marcelo Rodio que venía de Transporte se lo reconoció con la inagotable vidriera que resulta la Agencia Córdoba Cultura.  

Para entonces, la única mujer que conservaba un lugar en la foto del gabinete era Laura Jure, ministra de Desarrollo Social y Empleo. 

Pero duró poco. En estas últimas horas, en una segunda tanda de enroques, la mujer fue desplazada del cargo que se le otorgó al ahora ex intendente de Alta Gracia, Marcos Torres, y reasignada bajo la órbita de otro ministro varón como Gustavo Brandán, de Cooperativas y Mutuales.

Con la salida de Jure, el poder provincial tiene un solo género. Y aunque quienes las aseguran que estarán a la altura de las nuevas funciones asignadas, la realidad es que ese mismo peronismo que en 2021 montó la campaña “Ellas” alegando que era el tiempo de las mujeres (con Alejandra Vigo y Natalia de la Sota como cabezas de listas) ahora elige poblar de hombres la mesa donde se definen las políticas públicas de la provincia.

Si todos ellos pasan el examen de idoneidad para el rol que los llamaron, el tiempo lo dirá. Por ahora, queda claro que a ese cordobesismo camaleónico, capaz de adaptarse rápidamente a los nuevos vientos que soplan, no le hizo ruido la decisión de Llaryora. 

Ahora bien, ¿qué tendría de malo un gabinete sólo de hombres? ¿Acaso el gobernador tiene obligación de nombrar mujeres sólo para cubrir una cuota simbólica? La respuesta a la primera pregunta es “mucho”. Y a la segunda, “claro que no”. 

Pero vamos con algunos apuntes que completan esas respuestas:  

-Lo primero para señalar es que, considerando que la mitad de la población cordobesa son mujeres, pensar hoy un gabinete netamente masculino es no mostrar capacidad para representar la composición social. Y eso tiene un impacto directo en el diseño del rumbo estratégico y las decisiones del gobierno. Si se toman desde una sola experiencia (óptica) de vida (la que representan los hombres), hay serios riesgos de diseñar una política sesgada e incompleta. Sin esa diversidad en la mesa de decisión, algunas realidades pueden quedar subrepresentadas o mal priorizadas. Un argumento similar pero aplicado a la Justicia de la Nación esgrime la propia senadora Alejandra Vigo cuando explica por qué es necesario sumar ministras mujeres a la Corte Suprema. 

-No se trata de cumplir “cuotas simbólicas”, sino de no reducir el universo de capacidades disponibles. Un gobierno que selecciona por mérito pero garantiza la igualdad de oportunidades, amplía ese universo. Menos diversidad en el equipo significa menos competencia interna; y a menor competencia interna menor calidad promedio. Y como según se jacta el propio oficialismo, en Hacemos Unidos por Córdoba “sobran mujeres capaces”, pensar en un plantel sólo masculino, suena algo injustificable. 

-La incoherencia institucional también aplica en este caso. Si el Estado peronista promueve la igualdad de género, pero no la practica, exhibe una clara contradicción. La política ejecutiva de Llaryora queda atrasada respecto de la sociedad. 

Y aunque quizá el cordobesismo entienda que estas decisiones hoy van a tono con el contexto nacional, la realidad devuelve a un Presidente apuntalando el poder con tres mujeres fuertes de su entorno: su hermana Karina; Patricia Bullrich y Sandra Petovello. En la mirada libertaria, el talento no tiene género. 

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