Más palabras y menos armas en las escuelas

El caso de Santa Fe muestra que la escuela debe reconfigurarse para atender los desafíos de la post pandemia
Nacional31 de marzo de 2026Javier BoherJavier Boher
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Estaba en un recreo entre clase y clase cuando vi la noticia del chico de 15 que disparó en una escuela de Santa Fe, matando a un alumno de 14 e hiriendo a dos más. Los miles que circulamos por las escuelas cordobesas cada día, ¿estamos exentos de que nos pueda pasar algo parecido?

Afortunadamente, Argentina no es un país en el que estas cosas ocurran con frecuencia. Apenas un par de casos que se llegan a contar con los dedos de una mano en los últimos 30 años. Nada. 

El problema es que ya no parecen tan aislados los casos que anticipan que podrían pasar cosas parecidas, que por un motivo y otro no llegan a convertirse en tragedias. El año pasado, por ejemplo, se desbarató un complot en la provincia de Buenos Aires porque a alguno de los conspiradores le pareció excesivo lo que estaban planeando. Hubo otro caso en Mendoza, donde una chica mantuvo en vilo al país durante un largo rato porque se paseaba con el arma por los pasillos de una escuela que ya se había vaciado.

Ejerzo la docencia y el periodismo principalmente por ser politólogo, aunque tengo más ojo como sociólogo. Digamos que mi intuición sociológica suele verse menos afectada por mis creencias que mi capacidad para analizar la política, por lo que el siguiente tratará de hacerse fuerte desde esa otra mirada. 

 

El clima de época 

Muchas personas pretendieron poner el foco de lo que pasó en la cuestión de quién está gobernando a nivel nacional. El discurso del presidente es lo primero que se analizó, particularmente por las formas violentas que suele tomar por momentos. Cierto es que muchos de sus seguidores suelen ser peores, aunque poner el peso en las palabras es exagerar demasiado su efecto (porque no se trata de apelaciones directas al ejercicio de la violencia como modo de resolución de controversias, por supuesto).

Otros hicieron énfasis en la veta trumpista del gobierno, la que se siente parte del movimiento MAGA (Make America Great Again), que por momentos endiosa a los cowboys y defiende la libre portación de armas como garantía última de los derechos de propiedad. Parece demasiado, considerando que eso es algo de nicho y que las armas no se venden en los supermercados como en Estados Unidos.

Pensar en que todo el universo y simbología de nuestros libertarios es la causa de estos episodios violentos es errar el foco, del mismo modo que en los anteriores casos que se registraron en la Argentina no dependían del gobierno del momento. En todo caso, lo correcto sería buscar cuáles son las causas que generaron el ascenso del movimiento libertario local y las condiciones para que la violencia aumente en el día a día, sea en las calles, las casas o las escuelas.

 

La pandemia y la economía 

No se puede soslayar el efecto -aún perdurable- de la pandemia, un punto de quiebre en la sociedad Argentina donde millones de psiquis golpeadas por años de problemas sociales y económicos terminaron de recibir el empujón necesario para desequilibrarse del todo. Ya hemos escrito en otras ocasiones sobre la cantidad de drogadictos y otras personas con problemas de salud mental que se ve en las calles, pero parece que a nadie le impacta realmente. El hecho de que no haya un verdadero interés por resolver ese problema y que la mayoría de la gente haya naturalizado esos niveles de marginalidad es una garantía de perpetuación del clima violento actual. No alcanzan los playones polideportivos si solo se usan para acomodar punteros.

 

Las escuelas

Después de conocida la noticia, rápidamente volvió a circular por los correos de los docentes la guía que elaboró la provincia para abordar las situaciones complejas de vulneración de derechos y cosas similares. Es un documento de 80 páginas con todos los protocolos que se deben aplicar en casos delicados. 

Nunca me tocó de cerca vivir estas cuestiones, pero los colegas docentes que lo vieron en sus escuelas dicen que es bastante eficiente en sus tiempos e intervenciones y quizás por eso no se ven (o no trascienden) situaciones más graves. Quizás eso es porque el texto no está nada mal y se adapta a las realidades de la mayoría de las escuelas de Córdoba.

Al revisar el protocolo para el tema de las armas, dice que el docente debe que tratar de llevar al alumno armado a un “espacio cuidado, de diálogo con el equipo directivo y docente”. Si el estudiante no entrega el arma hay que tratar de transmitirle calma.

 

Es risible.

Además del impulso natural por la autopreservación (que nos empuja instintivamente a huir del peligro), ¿qué herramientas se supone que tiene un docente para conseguir que su alumno deponga el arma en lugar de abrirle un agujero en el pecho?¿En qué condiciones de salud mental están los docentes como para afrontar esa situación?¿Cómo sabe el docente que no es el objetivo del alumno armado? En ese sentido, la guía es una fantasía inaplicable.

 

A modo de cierre

Personalmente creo que el mayor mal de esta época, que estalló con la pandemia, es la pérdida de la capacidad del diálogo. La sociedad se atomizó tras la creencia de que la intermediación por pantallas iba a ser inocua, a la vez que los comportamientos masificados no son verdaderamente colectivos, sino la simple agregación de individuos aislados. 

En ese sentido, la escuela no está trabajando para recuperar la palabra, porque cada docente y directivo está preocupado por los otros trabajos que tiene para llegar a fin de mes y porque los conflictos no se resuelven, sino que se procesan con protocolos que le quitan un problema a las escuelas al desplazarlos a otras dependencias públicas.

“Hombre, pueblo, nación, Estado: todo está en los humildes bancos de la escuela”, dijo Sarmiento. Hay que recuperar el diálogo real en las escuelas si queremos resolver conflictos adentro y afuera de las mismas, aprendiendo en la práctica los valores de la convivencia, la tolerancia, el respeto y la resolución pacífica de los entredichos.

 

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