De Rusia con amor

La denuncia de una campaña de desinformación contra el gobierno nacional agranda la figura de los medios que producen contenido real.
Nacional06 de abril de 2026Javier BoherJavier Boher
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El fin de semana largo nos destruye la agenda, con esos cuatro días en los que se licuan todas las cosas que pasan. Lo bueno de este feriado largo es que por lo menos terminamos comiendo chocolate.

A nosotros nos encanta la política y por eso dedicamos nuestro tiempo a escribir sobre alianzas, rupturas, movimientos, estrategias y análisis varios con los cuales tratamos de abordar lo que pasa en la ciudad, la provincia y el país. Es un trabajo, pero también una vocación, por lo que la necesidad de sustento económico se combina con la de expresar ideas.

Cada tanto aparecen los detractores de nuestras notas a acusarnos de ensobrados, aunque no sé cuántos medios puedan hacer gala de la heterogeneidad y pluralidad de Alfil, que abarca todas las aristas de la política. Supongo que esas son las únicas interacciones posibles en estos tiempos en los que las redes sociales funcionan con el combustible del enojo, porque los que disfrutan de nuestras notas son menos propensos a tomarse el tiempo de escribirnos.

El jueves se publicó un informe sobre una campaña rusa de desinformación en Argentina, donde se acusa al régimen liderado por Vladimir Putin de pagar por notas en medios de comunicación para tratar de afectar al gobierno de Javier Milei. El momento de presentación de la nota fue insólito -el primer día de un feriado XXL- reduciendo al mínimo su impacto y rebote en medios y redes. A pesar de ello, ahora toma otra dimensión aquella invitación de Alberto Fernández al presidente ruso para que Argentina fuera la puerta de entrada del gigante euroasiático a América Latina.

Hay muchas cosas para decir sobre esto, pero yo tengo apenas tres observaciones sobre todo el escándalo de que una potencia extranjera intervenga en nuestro país de ese modo.

Primero, la inmensa mayoría de los medios listados tienen una línea editorial que ya le habla a un nicho ideológico reducido y los grandes medios (casi) no entraron en la lista.

La mayoría de las notas son delirios de conspiranoides, a los que se les habló como en las estafas piramidales. Hay cosas tan absurdas que es imposible que eso haya hecho cambiar de opinión a alguien que dudaba. A lo sumo hizo enojar más a los que ya estaban convencidos.

Segundo, qué baratos que son los sueldos de los periodistas, para los que el piso pagado por esas notas representa medio sueldo en un medio común y corriente. También desnudó la red de precarización, porque la defensa más habitual fue que a los editores les acercaron notas sin costo para el medio. Qué tiempos aquellos en los que el papel salía con la inscripción de que había que pagar por la existencia de un “editor responsable”, figura inexistente en todo este escándalo.

Tercero, esta es una nueva estrategia dentro de las guerras híbridas, donde la capacidad de inyectar información falsa en lo que consume la gente puede impactar socialmente más allá de los medios de baja calidad del punto uno.

Hace poco aprendí el concepto de “data poisoning”, un tipo de ciberataque que tiene por objetivo “envenenar” a las IA proveyéndoles información falsa. Crear numerosos artículos con la misma información manipulada producirá resultados sesgados en los resultados que arrojen esos populares asistentes virtuales. Así, los puntos uno y dos son la clave para que este tipo de estrategias funcionen y se retroalimenten, porque cada vez hay más contenido producido por IA en medios que achican costos para sobrevivir.

No soy periodista, así que las reglas habituales del oficio me son ajenas y por eso no me preocupa escribir en primera persona, ni decir que Alfil es todo lo contrario a lo que se convirtió en la comidilla del jueves y viernes de Twitter. Esa es una de las paradojas del mundo actual, en el que sobran los datos y la información: acceder a buena información es difícil, especialmente si se confía en la que pagan los rublos de la tiranía rusa.

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