La magia de la genialidad

Nadie podía imaginar hace medio siglo que la Selección Argentina iba a convertirse en una las más asiduas animadoras de las finales en las copas del mundo.
Nacional20 de julio de 2026J.C. MaraddónJ.C. Maraddón
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Cincuenta años atrás, Diego Armando Maradona era una promesa de las inferiores de Argentinos Juniors que debutaba en primera y generaba grandes expectativas. En ese entonces, Brasil todavía disfrutaba de las mieles del tricampeonato que había obtenido de la mano de Pelé, quien en la veteranía asombraba con sus malabares en las canchas. Era el tiempo de la Naranja Mecánica de Holanda y su fútbol total, que de todas maneras no le había alcanzado en 1974 para doblegar a la Alemania de Helmut Schön. A pesar de haber reclutado a jugadores de categoría, la Selección Argentina había pasado por ese torneo sin pena ni gloria.

El sueño de ser campeones del mundo en el deporte más popular del país, era algo que se veía muy lejano en el horizonte, porque hasta ese momento el único antecedente de fuste en cuanto a participaciones mundialistas había sido el subcampeonato de 1930, en la primera Copa, cuyo ganador fue Uruguay, además sede del torneo. Clubes argentinos habían conseguido conquistas internacionales, jugadores locales habían logrado ser figuras del fútbol europeo y, cada tanto, la ilusión de hacer un buen desempeño se renovaba, como también se repetía la desazón porque esas esperanzas no terminaban de concretarse.

Con gran angustia, el entrenador César Luis Menotti anunció en 1978 cuáles de los convocados en primera instancia quedaban afuera del plantel que disputaría aquel mundial escenificado en Argentina. Y entre los nombres descartados aparecía el de Maradona, ese chico de 17 años que ya deslumbraba en los campeonatos de primera división. El destino le tenía reservado a Diego un pedestal que por esos días era inimaginable, pero de todas formas aquello fue un duro golpe para ese aspirante a crack. Sobre todo, porque finalmente nuestra selección se alzó con la copa por primera vez, en el marco de los años de plomo de la dictadura.

Con el ímpetu de esa hazaña y un equipo reforzado por los juveniles campeones del mundo de 1979 (entre ellos, Diego), Argentina afrontó el desafío de España ‘82, cuando en las Islas Malvinas se libraban los últimos combates de una guerra que acabaria en una rendición, al día siguiente de que los nuestros debutaran con una defección frente a Bélgica. Contra todos los pronósticos hubo un temprano regreso con las manos vacías.

En la siguiente cita de México ‘86, Maradona se encontraba en su madurez profesional y obtuvo el pleno respaldo del DT Carlos Salvador Bilardo, para transformarse en la gran estrella y el capitán de la escuadra que, por segunda vez, se acreditó el título. Tal vez haya sido esa la instancia en que se arraigó la seguridad de que estábamos de verdad entre los grandes del planeta y que a eso contribuía la presencia del d10s del balompié, capaz de obrar el milagro de llevarnos de nuevo a una final con Alemania en Italia ‘90, aunque en esa ocasión nos tocó ser vencidos. Se cumplía así un ciclo virtuoso de 12 años en que la albiceleste llegó al lance definitorio en tres oportunidades y se impuso en dos de ellas, algo impensado para una nación futbolera que acostumbraba a quedarse a mitad de camino.

El insólito apartamiento de Maradona por un antidóping positivo en USA ‘94, dejó una herida anímica que no sólo afectó la prosecución de Argentina en ese certamen, sino que fue el prólogo de casi tres décadas de sequía, en coincidencia con el retiro del capitán que afrontó tan desagradable despedida. Sin embargo, resignados ya a que nunca más iba a aparecer alguien como el Diez, un gurrumín rosarino llamado Lionel Messi, que había sido fichado por el Barcelona desde muy pequeño, encendió la llama de un renovado anhelo allá por 2005.

No iba a ser nada fácil el inicio de la estadía de Messi en el combinado nacional, que recién en el último lustro iba a empezar a deparar logros trascendentes. En Brasil 2014, de la mano del técnico Alejandro Sabella, Argentina tuvo otra chance de campeonar (nuevamente con Alemania) y el fracaso pareció confirmar que lo de las dos copas ganadas había sido una excepción y que ni siquiera contando con el mejor jugador del siglo, se podían repetir las hazañas previas. Tuvo que sobrevenir el pálido papel que se cumplió en Rusia 2018 para hacer borrón y cuenta nueva.

Desde la asunción de Lionel Scaloni tras ese descalabro, arrancó una serie virtuosa que ha comprendido sucesivos galardones, entre los que se destaca la tercera Copa, cosechada en Catar en 2022. Se avivó entonces la sensación de que todo era posible y de que la longevidad del talento de Messi permitía creer en un bicampeonato. No pudo ser, pero hasta el pitazo final no decayó la energía, Quienes medio siglo atrás corríamos detrás de la pelota en un potrero, soñando con superhéroes del balón como lo fueron luego Maradona o Messi, sabemos que puede ser muy corta la distancia entre el triunfo y la derrota. Y que para sortearla hace falta el esfuerzo colectivo... y la magia de la genialidad.

 

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