
Adorni, PAMI y la campaña permanente
Javier Boher
Este país vive en una campaña electoral permanente. No importa cuándo o qué se va a votar, los políticos están preocupados por andar mostrándose siempre como una alternativa a algo que todavía no saben qué es. Por las dudas prefieren la pose que perderse la oportunidad de capitalizar algo que los pueda llegar a meter en una boleta.
Eso mete a todos en el problema de que cualquier cosa se puede convertir en material de campaña. No importa cuál sea el tema, siempre se lo puede orientar al centro de la escena para desprestigiar al otro. La búsqueda de todo lo malo del otro para licuar las responsabilidades propias empieza a desdibujar las propuestas, generando el clima de enojo y malestar que suele sentir la gente.
Aunque nuestras instituciones son bastante más sólidas que lo que preferimos ver, también tienen una rigidez añadida que hace difícil la traducción de los cambios en la representación política. Si bien eso es una garantía de estabilidad cuando cae la popularidad y se tiene buena cantidad de bancas, cuando no se tiene ese escudo legislativo se pueden generar crisis donde en realidad no hay nada. Para este último caso vale pensar en los meses previos a las elecciones del año pasado. Para el primer caso, todo lo referido a la crisis Adorni y a las nuevas denuncias por el PAMI.
Lo de Adorni es difícil de explicar. Cada nuevo dato que aparece lo hunde un poco más, pero el presidente y su hermana prefieren seguir sosteniendo al Jefe de Gabinete. Esto se entiende desde el lado de que no se pueden entregar funcionarios por presión de la oposición, especialmente cuando además se está lejos de una elección, pero a esta altura su imagen está tan dañada que probablemente no pueda repuntar. Este humilde servidor sigue apostando a la hipótesis de que se trata más de una interna con Santiago Caputo que un logro de la oposición.
Las denuncias por el PAMI son un problema mucho mayor, porque se prestan a un tema muy delicado e importante para mucha gente. No importa tanto cuáles son los números ni quién tiene razón, sino cómo se puede crear un relato. “Querían ficción; yo les di ficción”, dijo Leo Fariña, una máxima que aplica a nuestra campaña permanente.
Las últimas semanas se abrió el nuevo frente del PAMI para el gobierno, donde se presentan denuncias cruzadas de corrupción. La actual gestión apunta contra los tradicionales acuerdos con los laboratorios, mientras que desde el lado opositor se señalan sobreprecios, desvío de fondos y asignación arbitraria de cápitas. No tengo ninguna duda de que todos tienen razón y que la corrupción -pasada y presente- en la obra social de los jubilados sigue siendo una de las razones por las cuales la prestación es deficiente.
La cuestión importante es respecto a cuánto puede dañar al gobierno, que hasta ahora había podido mantenerse a flote a pesar de numerosos escándalos pero que no logra desactivar por ningún medio el caso de Adorni.
En ese contexto hay muchos que siguen apostando por el regreso del peronismo al gobierno nacional, incluyendo a intelectuales, periodistas y dueños de medios que ponen el foco en cuestiones como la “crueldad” y otros aspectos humanos del gobierno.
A pesar de que el actual gobierno es más kirchnerista que menemista en sus reformas económicas (una apertura mucho menos fuerte que la declarada y un aparato sindical intacto a pesar de la Reforma Laboral) buena parte de esas críticas llega desde el mismo lugar que le criticaba la insensibilidad tecnocrática al gobierno de Menem. No está mal querer un Estado presente, pero hay que ver bien de qué se está hablando cuando se dice eso.
Hace unos días fue noticia que Nicolás Massot y Emilio Monzó habían visitado a Axel Kicillof para dialogar sobre la necesidad de una alternativa al gobierno de Milei. Son muchos los que creen eso, aunque no termina de aparecer un candidato que pueda asegurar un triunfo a todos esos desencantados de origen peronista.
Es notable que se hable del gobernador de la provincia de Buenos Aires como un candidato viable para el país, a pesar de su largo historial negativo a la hora de ocupar cargos públicos. Es lógico que se lo mencione como una opción, ya que hay 17 millones de bonaerenses que algo traccionan durante una elección (aunque sean menos los que votan, por supuesto).
En ese escenario se vuelve a prender la vela del acuerdo entre el kirchnerismo nacional y el peronismo cordobés, que integran ese amplio espectro del panperonismo con unidad litúrgica y autonomía funcional. Si las cosas marchan como hasta ahora, muchos hablan de que Martín Llaryora podría cumplir la función de Alberto Fernández y Axel Kicillof la de Cristina Kirchner, confirmando un binomio con votos y esperanza de moderación. Lógicamente que esto también dependerá de la gestión, lo mismo que presiona a Milei para reelegir.
Siempre vuelvo sobre la elección presidencial de 2003, porque sirve de herramienta para pensar estrategias. En aquel entonces, la franja central del país que en los últimos años votó Juntos por el Cambio o La Libertad Avanza lo hizo por una combinación de Rodríguez Saá, Kirchner y Carrió, con Menem siendo fuerte desde el norte y López Murphy desde el puerto. En algún punto entre esas tres candidaturas que dominaron el centro del país está el mensaje que necesitan esos gobernadores que quieren pensar una alternativa a Milei.
El crecimiento de los escándalos de corrupción, el foco en la pérdida de sensibilidad y la crítica a la liberalización de la economía son los pilares para empezar a construir su 2027.




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