
La pelea por la lealtad mileista
Javier Boher
Todo el mundo coincide en que los triunfos impiden ver los verdaderos problemas a los que se enfrenta un equipo. Cada vez que se suma de a tres puntos la gente se va conforme, ignorando que hay ciertos roles y funciones que no se desempeñan del modo correcto y que, eventualmente, precipitarán una caída que se convertirá en una racha. Pasa en el deporte, pasa en la política.
El affaire Adorni ha dañado profundamente la imagen del gobierno nacional, que insiste en sostenerlo en funciones. Si bien la regla dice que no hay que entregar funcionarios por presión de la oposición (porque no se van a detener ahí), también es cierto que si uno quiere escapar de una zona de combate con un herido a cuestas hay que prepararse para dejarlo cuando pierde fuerzas para contribuir al escape. Si el malherido empieza a perder la conciencia, mejor un muerto que dos.
Aunque reste probar todo de lo que se lo acusa, a los ojos de la gente el Jefe de Gabinete ya es culpable. No tiene nada positivo para sumarle al gobierno, habida cuenta de que no lo dejan salir a hablar, la única habilidad que lo puso en el cargo en el que está. La obstinación de mantenerlo en ese lugar y la decisión de premiar a algunas personas que están más o menos cerca de él con cargos en distintos sectores del Estado ha desatado una guerra que venía latente desde hace tiempo.
El proceso eleccionario del año pasado empujó al gobierno a hacer algunos arreglos con sectores de la casta, particularmente en la provincia de Buenos Aires, donde se cerraron acuerdos con conocidos dirigentes peronistas que en otros momentos trabajaron para candidaturas del kirchnerismo (como la de Scioli en 2015, por ejemplo). Esa situación generó una tensión muy marcada entre los libertarios de la primera hora y los recién llegados, cada uno con expectativas diferentes.
Hace un tiempo leí que si uno trabaja de lo que le gusta aumenta su tolerancia a la explotación. Algo parecido le pasa a los que militan aquello en lo que creen, porque aumentan su capacidad de postergar sus ambiciones y tragarse sapos por las de otros.
Más allá de las denominaciones, de un lado están los libertarios del mundo digital, los trolles que generan corrientes de opinión y producen contenido para generar debate entre la gente. No parecen muy dispuestos a salvar a Adorni, por una batalla que saben perdida. Del otro lado están los del territorio real, los que saben que hay que comprar votos, mover fiscales y apretar opositores que quieren ver que se cuente bien lo que hay en las urnas.
Cada uno se acusa de no ser leal al presidente y el movimiento, apuntando que con sus actitudes confunden el rumbo y aconsejan mal al líder. Seguramente todos seguirán votando a Milei, a pesar de ver y militar cosas diferentes.
Lo que se vio durante los últimos días en redes fue el Ezeiza de baja intensidad de los libertarios. Se tiraron con todo lo que tenían a mano, desde carpetazos por el pasado de cada uno hasta recursos judiciales para tratar de silenciar a los otros.
Pese a eso, todos saben que la única opción que los va a contener a todos es Milei, porque apostar a candidaturas alternativas solamente debilitaría el espacio y ayudaría a la oposición.
Quizás con este enfoque del conflicto permanente (algo que ya hemos visto en otras ocasiones) lo que hacen es darle a cada potencial votante de Milei un relato o una versión que mejor le cuadre, una especie de personalización del mensaje con lógica algorítmica. Así, manteniendo esa idea de base y a pesar de todas las peleas, el presidente sigue teniendo la certeza de que en su espacio son todos mileistas.








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