
Somos periodistas, queremos preguntar
Javier Boher
Los periodistas no somos defensores del pueblo ni guardianes de la república, apenas si somos relatores o comentaristas de la realidad. Sin embargo, aunque nuestro rol sea mucho menos relevante que lo que nosotros estimamos, es fundamental para que un régimen político pueda recibir la etiqueta de que es una democracia
La libertad de expresión es un valor fundamental del liberalismo, porque es en la diversidad de opiniones donde se ejerce y se vive una democracia. La libertad de prensa es una forma particular de expresarse, porque se trata de comunicar ideas pero también de criticar acciones y decisiones de gobierno, una visión que podrá ser compartida o no por los ciudadanos. No es función del Estado preocuparse por los contenidos que consumen las personas, aunque siempre va a mostrar interés en los mismos.
En estas mismas páginas he minimizado previamente el accionar del gobierno hacia los periodistas. No somos una corporación con coronita, a lo que se suma que hay muchos que hacen política partidaria desde sus espacios (que no creo que esté mal, siempre y cuando no se mienta y se juegue dentro de las reglas), por lo que un presidente contestando a los periodistas no me parece algo fuera de lo normal para estos tiempos.
Ayer en Casa Rosada decidieron llevar las cosas un paso más allá al suspender las acreditaciones a los periodistas que trabajan ahí, con el pretexto de que uno de ellos filmó ilegalmente las entrañas de la casa de gobierno y otra lo presentó en su programa. Quizás era la excusa que estaban esperando los libertarios para poder hacer su jugada de aislar al presidente y los funcionarios de las preguntas incómodas.
Esto no tiene que sonar como el argumento de la pollerita corta, pero si se la pasan diciendo que la libertad de prensa está en riesgo, hacer algo como lo que hicieron va a tener -inevitablemente- el resultado que tuvo.
La decisión es un mal augurio sobre lo que puede venir hacia adelante, ya que la jugada se produce en un momento de debilidad del gobierno, en gran medida producto de la labor periodística que busca arrinconar con datos a Adorni y otros personajes de la administración.
Hay que repetir que no se pueden perdonar acciones actuales bajo la premisa de que hubo otros que anteriormente hicieron lo mismo (o parecido). El kirchnerismo suspendió las conferencias de prensa, a los periodistas se los corría del recorrido de ingreso de Cristina a la Casa Rosada, un Jefe de Gabinete rompió un diario en conferencia de prensa, la Ley de Medios, hubo periodistas que perdieron su trabajo o les costó conseguir quién los reciba e incluso hubo sospechas por situaciones como la muerte de Juan Castro, caratulada como suicidio. Se sabe, pero no es justificativo válido para lo de hoy.
Lamentablemente, no todos los que votaron en contra del kirchnerismo lo hicieron por los elementos de esa lista, pero una porción importante del electorado sí. No es que esos son los únicos habilitados a quejarse por este ultraje (especialmente porque sabemos que no tuercen un resultado electoral), pero es difícil creer en el compromiso con la libertad de prensa de gente que defendió -o sigue defendiendo- regímenes autoritarios en todo el mundo. Por otro lado, no voy a poner en duda sus elevados niveles de indignación, acaso lo más genuino que tienen. Lo que cambió para que se pongan así es el lado del mostrador en el que les tocó estar. Hoy son oposición y minoría.
El gobierno debería estar mucho más preocupado por el hecho de que hubo alguien merodeando y “haciendo inteligencia” sin que nadie lo note. Si alguien debe pagar el precio es el responsable de la seguridad del edificio, ya que se podría haber puesto en riesgo información sensible para el Estado y hasta la integridad física de los funcionarios.
“Somos periodistas, queremos preguntar”, dijeron muchos en el programa de Jorge Lanata cuando Cristina evitaba dar explicaciones. La máxima sigue vigente hasta hoy. Esperemos que los periodistas vuelvan pronto a la Rosada.


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