
El engaño de un apoyo norteamericano para recuperar Malvinas
Javier Boher
Las Malvinas son argentinas y se debe sostener el reclamo por mandato constitucional y por la memoria de todos aquellos que ofrecieron su vida para recuperarlas. Quizás ese es uno de los pocos acuerdos que hay entre argentinos, una coincidencia que ya marca diferencias al momento de plantear las formas.
El revisionismo de la primera mitad del siglo XX generó un sentimiento nacionalista de corte antibritánico, a pesar de la larga historia que hay entre ambos pueblos. Desde ese momento nuestros gobernantes empezaron a buscar distanciarse de “los piratas”, ignorando que ese pasado compartido podía servir de base para negociar la recuperación. Los ‘70 convirtieron la causa en la del nacionalismo más burdo, infantil y extremista, generando las condiciones para la guerra. De un modo y otro, todos quisieron usar las islas como una fuente de legitimación política.
La semana pasada todo eso se volvió a manifestar públicamente, con la vicepresidenta Victoria Villarruel (hija de un veterano de Malvinas) exponiendo la agenda que le gusta al nacionalismo intransigente (y poco efectivo). Aunque no se puede negar que tiene su propia historia defendiendo la causa y a las Fuerzas Armadas, el cálculo acá es estrictamente político-electoral, soñando con una candidatura presidencial en 2027.
El contexto global despertó un renovado interés por las islas. Un reciente memo norteamericano sostiene que la potencia norteamericana estaría dispuesta a reconsiderar su larga alianza con Reino Unido y apoyar a Argentina en la disputa por Malvinas. Cientos de argentinos enloquecieron tomando esto por una verdad revelada en lugar de un movimiento más de Estados Unidos para presionar políticamente a su aliado.
En una versión renovada del conflicto de 1982, los británicos también necesitan de una causa externa que los aglutine, habida cuenta de que llevan varios años con problemas de representación política y un marcado y creciente desprestigio de su clase dirigente. Es increíble cómo todos se pelean por un conjunto de islas más por una cuestión de identidad y nacionalismo que por su ubicación estratégica.
Todos salvo Estados Unidos, por supuesto. Se le atribuye a William Howard Taft (presidente entre 1909 y 1913) el haber pronunciado la siguiente frase: "No está lejano el día en que tres banderas de barras y estrellas señalen en tres sitios equidistantes la extensión de nuestro territorio: una en el Polo Norte, otra en el Canal de Panamá y la tercera en el Polo Sur. Todo el hemisferio será nuestro, de hecho como, en virtud de nuestra superioridad racial, ya es nuestro moralmente.”
Reino Unido estuvo a poco tiempo de entregar la soberanía del archipiélago de Chagos a Mauricio, un enclave fundamental para controlar la navegación en el Océano Índico, por dónde quieren proyectar su influencia China y la India. Esa andropausia imperial inglesa es la que empujó a algunos en Washington a anticiparse a que en Malvinas suceda un eventual desenlace negativo a sus intereses, insistiendo en forjar un eje de polo a polo (incluyendo a Groenlandia) que funcione como barrera a la libre circulación China por el hemisferio occidental.
Argentina es un país con algo más de influencia internacional que lo que dictan sus posibilidades materiales, pero mucha menos que la que cree tener. Quizás hoy circunstancialmente nuestros intereses y los norteamericanos sean coincidentes, pero hay que tener cuidado. Si la soberanía sobre las islas llega como un regalo gracioso de la superpotencia global, quizás en realidad nunca sean nuestras más allá de los papeles. Habría que ser cautos y no dejarse llevar por las acciones de un país que piensa en todos los otros como fichas en el tablero de un juego que quiere ganar.


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