
El patriarcado es esto
Javier Boher
Hace un tiempo hablaba con alguien que me preguntaba qué cambia cuando sos padre y la respuesta que me salió instintivamente fue que con la paternidad viene el miedo. Hasta que no hay que hacerse cargo de seres indefensos como los hijos recién nacidos uno cree que nada es tan grave; a partir de ahí, solo ve los potenciales daños que les puede provocar la vida cotidiana.
Como pasa con tantas cosas en la vida, los temores crecen con el paso del tiempo, porque los accidentes domésticos son rápidamente reemplazados por problemas en ámbitos que cada vez van estando más fuera de nuestro control. El contacto con desconocidos -multiplicado hasta el infinito por las nuevas tecnologías- es el mayor temor de los padres, que inevitablemente prestamos atención a todas las noticias que narran cuestiones que involucran algo de eso.
No soy feminista en el sentido kirchnerista del término, pero en los últimos tres o cuatro días se sucedieron una serie de noticias que encienden las alarmas de los que somos padres de mujeres. Son tres casos diferentes que marcan las amenazas a las que se enfrentan ellas por su género y que los varones no tenemos que vivir. Ni hablar de la forma en la que algunos comentan sobre los mismos.
Argentina casting
El primer caso, cerrando la semana pasada, fue sobre la difusión de videos íntimos que algunas jóvenes de entre 18 y 22 años habían accedido a filmar a cambio de 200 dólares y la promesa de que se iban a difundir en el exterior, no en Argentina. El autor de los videos finalmente los distribuyó incluso en el país, a cambio de pagos que le hicieron ganar mucha plata.
Más allá de que al acceder filmarse deberían haberse imaginado que eso podía circular hasta Argentina (internet no olvida, como bien sabe el empresario cordobés al que hace tres décadas le robaron un VHS íntimo) el accionar del hombre que les pagó fue contrario a lo establecido, rompiendo el contrato oral para beneficiarse. Afortunadamente la justicia está abordando el tema como una situación de trata y explotación de personas.
Clínica de Villa Ballester
El siguiente caso fue el de un allanamiento en una clínica del partido de San Martín por una denuncia de secuestro y supuesta trata de personas. Tras el mismo encontraron restos de fetos humanos, que no se sabía si eran producto de abortos o partos.
Las hipótesis eran múltiples, abarcando un centro de abortos clandestinos para redes de trata, un lugar para la venta de bebés recién nacidos y varios más. La menor que desató la búsqueda tiene 13 años y es de Santiago del Estero, de donde se la llevaron para practicarle el aborto.
Todo en el caso es espeluznante, porque en cualquier caso se trata del producto de un abuso sexual que la madre de la chica que abortó no notó hasta que el embarazo no llegó a los ocho meses. Los autores de la violación serían dos primos.
Las versiones sobre el rol de la ONG la ponen como heroína y como villana. ¿Trataron de sacarle el bebé para venderlo o estaban tratando de evitar que la salud y la justicia santiagueña posterguen el aborto hasta el nacimiento de la criatura?
Lo más preocupante es que toda la situación marca que cualquier versión nos resulta creíble, síntoma de que hay muchas cosas que no funcionan.
Abuso sexual a distancia
El último caso es el de un preso (condenado por fotografiar a menores a la salida de una escuela y por estar en posesión de pornografía infantil) que desde la cárcel mantuvo por tres años una situación de grooming sobre una niña de 12 años. La manipulación fue tan intensa que la condena fue por abuso sexual con acceso carnal a pesar de que el condenado estaba encerrado en un penal. A alguien le pareció buena idea darle acceso a internet a una persona condenada por delitos contra la integridad personal, pero además a varios les pareció que no hacía falta prestar atención a qué hacía con esa herramienta en sus manos.
Los tres casos muestran un claro patrón de vulnerabilidad en las mujeres, que fueron víctimas por los actos aberrantes de hombres que abusaron de ellas de distintos modos y ahora deben lidiar con las causas permanentes de esas situaciones traumáticas. Aunque no se compara con lo que sufrieron las víctimas, cuando la realidad se nos muestra con tanta crudeza los padres recordamos el miedo que nos trajo (y nos dejó) la paternidad.


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