
Operación Bregman
Javier Boher
Siempre vuelvo sobre las elecciones de 2003, las más sinceras de la historia argentina. Para los que nos sentimos estructuralistas, en ellas hay algo de permanencia que se sostiene a pesar del ruido y el paso de los años, un núcleo duro de identidades que son difíciles de roer.
Después de diciembre de 2001 el país quedó revuelto, con los grandes partidos en crisis. Hoy es fácil decir que el peronismo gobernó dos décadas más, pero fue a aquella elección con tres candidatos, producto de que la conducción no estaba definida. El radicalismo estaba peor. En ese lío de identidades y de crítica a la que había pasado, el reclamo popular era de un poco más de Estado y bastante menos corrupción, secuelas del menemato.
No recuerdo bien qué medio fue, pero sí que la tapa tenía a Elisa Carrió y a Luis Zamora como los referentes de esta nueva Argentina que alumbró la crisis.
El tiempo probó que Carrió se moderó y quedó dando vueltas sin ocupar cargos en el ejecutivo (fiel a su ADN radical); Zamora esquivó el bulto y se fue a cargos legislativos menores, una vida de casta con pátina de luchador. Asumir la responsabilidad que viene después de ganar elecciones para el poder ejecutivo no es para cualquiera.
En aquel entonces los dos estaban dentro del difuso espectro de la izquierda, que en esa elección sacó una buena proporción cuando se cuenta a los “socialdemócratas” o izquierda no clasista, la que no sacó más del 5%. Un cuarto de siglo después hay gente que cree que hay una posibilidad de triunfo enarbolando esas banderas.
Hace ya un par de semanas que hay varios sondeos que insisten con que Myriam Bregman es la dirigente política con mejor imagen entre los argentinos. No voy a poner en duda esos datos, que suponemos fueron recabados de manera seria y científica. Ahora bien, pretender traducir eso en una eventual candidatura que tenga chances de ganar es bastante arriesgado. Bregman es la Zamora woke-friendly que lanzó la izquierda para conmemorar las bodas de plata de la crisis de 2001.
La pandemia, las redes y la IA parecen haber acelerado algunos tiempos históricos, golpeando con fuerza a los partidos tradicionales y empujando al surgimiento de nuevos liderazgos de corte “influencer”. En ese contexto hay gente que necesita buscar la forma de sobrevivir como parte de la clase política, por lo que está buscando la forma de pegarse a alguna cara nueva.
Si se especula con que la candidatura de Dante Gebel es para restarle votos a Milei por el lado del conservadurismo popular, si la candidatura de Bregman creciera ayudaría a restarle votos al kirchnerismo. Siempre está la posibilidad, por supuesto, de que alguien esté explorando la posibilidad de hacer un frente progresista más amplio, integrando los dos espacios. No se me ocurre nada más funcional a una candidatura del peronismo tradicional, asentado en las provincias y con raíz popular. Hay gente que se olvidó que el peronismo fue una respuesta corporativista para evitar el ascenso de la izquierda, no un movimiento de izquierda anticapitalista.
Es difícil creer que los profundos cambios del último lustro sean tan potentes como para hacer que la izquierda clasista rompa su techo histórico y alcance los dos dígitos, aunque tampoco se puede ser categórico con la imposibilidad. En cualquier caso, la gente quiere plata en el bolsillo y la izquierda está bastante desprestigiada por haber pasado demasiados años haciendo exactamente lo contrario. Aunque en este país hay un sesgo bastante fuerte contra las empresas parece arriesgado deducir que un discurso como el de Bregman y sus camaradas puede cuajar en las grandes masas populares de este país. Casi con certeza de va a limitar a su histórico nicho de gente con culpa de clase o de voto castigo, lo que puede ser suficiente si solamente aspiran a mejorar su representación parlamentaria, tal como hicieron Carrió y Zamora.


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