
A Facundo Moyano se le escapó la novia
Javier Boher
Cada vez que vamos a opinar sobre alguna situación delicada o confusa lo correcto sería tratar de ponernos en el lugar de los involucrados (o al menos tratar de entender en qué lugar está cada uno y qué correspondería hacer si nos viéramos metidos de algún modo en algo así). Eso nos ayuda a reducir el riesgo de poner una doble vara para juzgar a los propios y a los otros.
Ayer se supo que detuvieron a Facundo Moyano, dirigente político hijo del camionero Hugo, en un confuso episodio que involucró a una mujer corriendo semidesnuda por las calles de Buenos Aires. Los testimonios de algunos testigos aseguran que la mujer estaba como perdida o drogada, actuando de modo incoherente. En los videos que circulan se puede ver a Moyano corriendo detrás de ella.
Ante una situación similar, lo primero sería preservar a la mujer. No se me ocurre la posibilidad de dejar que ante un caso así la mujer vuelva con el hombre que la persigue. Dicho esto, tampoco se puede suponer que el objetivo del perseguidor era hacerle daño, ya que podría ser exactamente todo lo contrario, partiendo de la premisa de que la mujer decía incoherencias que parecían producto del consumo de drigas. Claro que esas drogas podrían haber sido suministradas contra su voluntad, de allí que lo correcto sería dar aviso a la policía para que la justicia proceda a resolver el problema y despeje las dudas.
Es inevitable pensar que Claudio Barrelier, el asesino de Agostina Vega, se había visto involucrado en un hecho similar. Si la justicia hubiese hecho las cosas bien, quizás no hubiese matado a la menor, aunque es un ejercicio contrafáctico que ahora no sirve de nada. Estos son los momentos en los que si o si hay que suponer que hay un riesgo para la vida de la mujer a los fines de evitar una tragedia.
El caso de Moyano, sin embargo, es particularmente llamativo porque vuelve si te cuestiones que parecen estar instaladas con mucha fuerza en nuestra sociedad. La señorita en cuestión sería influencer, aunque también se habla de prostitución (lo que se ningún modo justificaría que le pase algo, aunque se asumen riesgos por realizar determinadas actividades).
Eso nos lleva a la inevitable relación entre peronismo, drogas y prostitución que se hace patente a cada rato (en mayor dimensión que con los otros partidos, que tampoco están exentos), por más de que traten de que no se vea. Tanto el consumo de drogas como la prostitución (VIP y de la común) parecen estar muy extendidos en la Argentina actual, donde los mecanismos de evasión de la realidad, la búsqueda de riqueza fácil o la persecución del goce están a la orden del día en todos los estratos sociales. Esa combinación dice mucho más del país y sus miserias que todo el cuadro puntual de Moyano y la chica.
No se debería normalizar todo lo que acompaña la situación de una chica corriendo semidesnuda por la calle y lo que la lleva a hacerlo. El hecho de que las drogas y la prostitución estén instalados no es excusa para seguir sosteniendo una vara ambigua para condenar los hechos.
Si el perseguidor hubiese sido un dirigente radical, un influencer libertario o un gerente del Pro, ¿qué hubiese pasado? Más allá de todas las salvedades del caso, probablemente hubiese habido muchas personas de las que ayer pidieron cautela exigiendo que le den candela a la pira sobre las que los prenderían fuego. Mientras no se pueden definir criterios más o menos estables y compartidos sobre lo que está bien y lo que está mal, probablemente sigamos teniendo casos similares (en todos los niveles sociales) que ocasionalmente terminen de la peor manera posible.






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