
La tragedia es el Estado de cartón pintado
Javier Boher
Vivo en Salsipuedes (bien en las afueras) y es difícil comunicarse. Ayer, por ejemplo, me enteré de lo que había pasado en otra zona de la misma ciudad la noche anterior. Un incendio había devorado una casa, resultando muerta una nena. Me fui enterando de a poco, a medida que llegaban los mensajes de otros vecinos de la zona que tienen alguna cercanía. Eso es lo que tienen las localidades chicas: no hay muchos contactos entre medio de dos personas cualquiera.
Lo primero fue escuchar que había fallecido una nena. Después fue que tenía una hermana: eran gemelas de tres años. Después, que habían sido asistidas por un vecino. Al rato, que habían llegado la policía, la guardia urbana y los bomberos de dos localidades, pero que los que habían controlado el fuego habían sido los vecinos. Cada detalle empeoraba el cuadro, con cosas que no vale la pena abordar acá.
Lo que sí despertó toda la bronca (la mía y la de muchos vecinos) fue la forma en la que se produjo la intervención del Estado en todo lo referido a esta tragedia.
El barrio Villa Las Selvas no es una villa por lo humilde, sino que tiene el paisaje habitual de las sierras chicas, con chalés de los ‘50, casas de material de los ‘90, casas de bloque sin revocar de los primeros 2000 y las prefabricadas de los últimos 15 años. La gente se escapó de la ciudad y vino como pudo, lo que se nota. Quizás hoy la situación social es mala y la pobreza acecha, pero hay otras zonas del mismo pueblo que son peores, tomadas por las drogas, con ranchos de silobolsa y tarimas (que se multiplicaron a partir de la pandemia y la pésima gestión económica de Sergio Massa) e incluso un prostíbulo por el que desfilan vecinos de toda laya.
Aunque la pobreza puede tener que ver, el verdadero cuadro de la tragedia no viene dado por esa carencia de medios materiales de subsistencia, sino por cómo trabajó el Estado cubriendo sus obligaciones. Ese es el punto de la bronca de la gente.
Vecinos y conocidos cuentan que la policía llegó, pero que no pudo hacer nada porque los matafuegos de los patrulleros no tenían carga. Si la caminera te agarra sin matafuegos son $200.000.
Después llegaron los bomberos de Salsipuedes. Tres vehículos, entre camioneta y camiones. No tenían agua o les faltaba presión. Esto no pone en duda el coraje o la entrega de los bomberos, sino que señala la precariedad de los medios con los que cuentan.
Los bomberos de Río Ceballos llegaron después (desde Villa Los Altos) y se trabaron con los de Salsipuedes que estaban estacionados. Traían agua, pero nadie los coordinó para que la usen rápidamente.
Las ambulancias no querían subir por el estado de las calles, lo que no sorprende. Hace tres meses mi tío sufrió un accidente gravísimo en el campo. Lo tuvimos que sacar atado a una tabla de asado porque las ambulancias no querían entrar por el mismo motivo.
Ningún vehículo llevaba desfibrilador ni oxígeno, que podrían haber ayudado para tratar de reanimar a la nena, pero que incluso podrían servir para los mismos bomberos que acuden a un incendio.
Los políticos se sorprenden de que la gente anda crispada por la calle. Se bajan con los mismos chupamedias de siempre para sacarse fotos de que hacen cosas, pero le tienen miedo a los vecinos y a los periodistas que les quieren decir las cosas que no les gustan. Viven en sus burbujas, parasitando los recursos públicos y hablando de que te salva el Estado y que gobiernan para ayudar a los otros. Se llenan la boca con la importancia de la salud pública, marchan por las universidades, pelean con la oposición por los dones para la seguridad y organizan actos para sus nichos.
Ahora hay una familia rota porque el Estado demostró que prefiere el gesto político de gastar en pitos y maracas antes que equipar a policías y bomberos. No hay gestión, todo es pose y la gente se da cuenta, por más que se peguen carteles y se paguen publicidades.



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