
¿Están operando los servicios de inteligencia en la política cordobesa?
Felipe Osman
Pasaron casi inadvertidas las declaraciones que dos semanas atrás ofreció el ministro de Economía Guillermo Acosta, al momento de defenderse de la información periodística que lo señalaba por haber pasado poco menos de la mitad del tiempo que va del año en el exterior a pesar de conducir la que es hoy la cartera más importante de la Provincia.
Ante aquel señalamiento, asentado sobre registros migratorios a los que habría tenido acceso La Voz del Interior, Acosta dijo estar seguro de que la información provenía de “los servicios”, refiriéndose a los Servicios de Inteligencia del Estado. Y a pesar del calibre de esa sospecha, nada más se dijo al respecto. Creemos, entonces, que vale al menos formular la pregunta: ¿Están operando los servicios de inteligencia en la política cordobesa?
¿Se mueve en la provincia ese conjunto de poderes opacos, organismos públicos paralelos y facciones informales que operan en las capas subterráneas del Estado y remiten a aquello que Norberto Bobbio definió como ‘el sottogoverno’?
Los Servicios de Inteligencia en Argentina han estado, desde sus inicios, indisolublemente vinculados a la política. La Coordinación de Informaciones de Estado (CIDE), antecedente directo de la SIDE, fue creada por Perón en 1946 y tuvo por objetivo formal centralizar las oficinas de información de las distintas armas bajo un comando civil. Materialmente, sin embargo, la CIDE siguió bajo el mando de militares y Perón no se arriesgó a centralizar su comando. Como acostumbraba, prefirió administrar la rivalidad entre sus distintos aliados para sostener su primacía frente a ellos.
El funcionamiento autónomo de las oficinas de inteligencia y el espionaje sobre la población civil, rasgos constitutivos de la CIDE de Perón, quedaron institucionalizados a partir de aquel modelo y continuaron proyectándose sobre la historia argentina posterior.
Con el golpe de 1955 y el ascenso de Pedro Aramburu al poder hubo un proceso inverso de remilitarización de las oficinas de inteligencia. Pasaron a llamarse SIDE (Secretaría de Informaciones del Estado) y, bajo las órdenes del general Juan Constantino Quaranta, se convirtió en un instrumento de persecución en contra de quienes habían sido sus creadores.
Terminada la dictadura de Aramburu, la SIDE se convirtió en un factor de condicionamiento para Frondizi, y entre 1962 y 1976 operó bajo sucesivos gobiernos democráticos y de facto consolidándose como un organismo de inteligencia alineado con la Doctrina de Seguridad Nacional, enfocado en la contrainteligencia ideológica y la persecución de la oposición política, sentando las bases operativas para el terrorismo de Estado, del que se constituiría en un engranaje central hasta el advenimiento de la democracia.
Tras su llegada al poder Alfonsín designó a Roberto Pena al frente de la SIDE, y en los primeros meses removió a cientos de agentes vinculados al terrorismo de Estado y a grupos parapoliciales de la dictadura. Pese a los cambios, el organismo mantuvo fuertes resistencias a subordinarse por completo al poder político civil.
Ante las dificultades de control, el Gobierno desplazó a los mandos iniciales y buscó incorporar figuras del ámbito legal y civil ajenas al espionaje tradicional. Tuvo un éxito parcial; tras el levantamiento de los ‘carapintadas’, en las pascuas de 1987, la SIDE enfrentó severos cuestionamientos sobre su “capacidad” para prevenir y reportar las sublevaciones castrenses.
Con la llegada de Menem a la Presidencia llegó también Hugo Anzorreguy a la SIDE, que acompañaría al riojano durante toda su estadía en la Casa Rosada. En la década de 1990, con la democracia ya consolidada, la inteligencia debió reformularse, y encontró una nueva piel operando en la Justicia para proteger, a su debido precio, a la corporación política. También supo, de ser necesario, crear la demanda.
Durante esos años ya empezaba a perfilarse una figura en ascenso en la SIDE; sin embargo, Antonio Stiusso llegaría a su apogeo durante los tiempos de Néstor Kirchner. El expresidente gustaba de servirse de la información que la secretaría podía suministrarle, y sobre esa base construyó una relación con Francisco Larcher, el número dos de la SIDE, y “Jaime” Stiusso, entonces director de Operaciones.
La relación del kirchnerismo se desestabilizó con la muerte de Néstor. Cristina renegó de los vínculos del expresidente y patrocinó a otras figuras en la nueva SI, designó a Oscar Parrilli como secretario de Inteligencia y procuró el ascenso de César Milani a jefe del Estado Mayor General del Ejército para generar un contrapeso a la SI reconstruyendo la Inteligencia de las Fuerzas Armadas. Antes de terminar su mandato disolvió la Secretaría de Inteligencia y la sustituyó por la AFI.
Con la llegada de Macri, la AFI pasó a estar bajo el control de Gustavo Arribas y Silvia Majdalani. A los pocos días de asumir la Presidencia, el expresidente fue sobreseído de una causa en que se investigaba el montaje de una estructura de espionaje dentro del Gobierno porteño para realizar escuchas telefónicas.
El sumarísimo resumen no pretende más que recordar la creciente incidencia de los “servicios” en la política argentina, de la cual la política cordobesa es consciente, quizá, hasta el exceso.
En los corrillos del poder, en los círculos rojos de la política, de los empresarios, de la Justicia y del periodismo, se habla cada vez con mayor frecuencia de que los “servicios” estarían operando en Córdoba. Desde luego, la naturaleza misma de esta actividad hace imposible avanzar más allá de las fundadas sospechas. Pero el asunto no es menor. Particularmente en vísperas del 2027.
Algunos aseguran haber visto videos; otros dicen tener audios capaces de terminar cualquier carrera política; otros usan una expresión que asusta: “Hay material para hacer dulce”. En una campaña que promete ser de las más encarnizadas que se recuerden desde aquella ya lejana contienda Sabattini-Aguirre Cámara, esto agrega otras dimensiones.
En tiempos en que en Córdoba se debate la permanencia (o no) en el poder, vuelven al imaginario las palabras del célebre autor de novelas de espionaje John le Carré, que en su obra cumbre, “El topo”, definió a la supervivencia como “una infinita capacidad de sospecha”.



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