
Un rayito de sol para el votante argentino
Javier Boher
Estaba decidido a escribir sobre el Tedeum y la incomprensible tradición de sentar al presidente de la nación a recibir un reto de parte de una autoridad religiosa, pero se me fueron las ganas después de empezar. A pesar del resurgir de la religión en la sociedad después del lapsus posmoderno de creer que se puede eliminar la espiritualidad, no vale la pena a detenerse en lo que puede haber dicho el representante de una organización que considera que hay algo de dignidad en el hecho de ser pobre.
En los últimos días hubo un par de temas que me han estado dando vueltas en la cabeza, que de alguna manera se conjugan detrás de más reflexiones sobre las elecciones presidenciales del 2027.
En primer lugar está la situación del gobierno nacional, que todavía no puede salir de la crisis política en la que se ha metido tras el caso Adorni. Lo único que le puede dar algo de aliento a la gestión de los hermanos Milei es que los indicadores económicos parecen empezar a marcar una recuperación económica, con crecimiento de la actividad, crecimiento de los ingresos de los trabajadores no registrados y una posible baja de la inflación a partir del próximo informe del INDEC. Mientras tanto, el gobierno está en el piso de su imagen positiva, golpeando contra el núcleo duro de seguidores que lo acompañó desde las PASO.
Hace un par de meses escribí que muchas cosas emparejan a este gobierno con el kirchnerismo, pero que sus tiempos van al doble de velocidad. Así, el triunfo del año pasado podría haber sido equivalente al triunfo de Cristina en la elección de 2007. Si tal paralelismo fuese posible, la crisis por Adorni (en cuanto a extensión y profundidad) podría asemejarse a lo que fue el conflicto con el campo por la Resolución 125, que llevó al kirchnerismo a una derrota en las legislativas de 2009.
Aunque muchos lo daban por muerto, el gobierno de Cristina ganó las presidenciales de 2011 por un amplio margen frente a una oposición desintegrada. Ese triunfo no atemperó los modos ni puso límites a la mala gestión, sino todo lo contrario, con una radicalización a partir de ese punto.
Hoy el gobierno está débil, pero enfrente no tiene una oposición estructurada, lo que le permitiría pensar en ganar en primera vuelta con la cláusula de los diez puntos sobre el segundo (algo que aún nunca se ha dado desde la reforma de 1994). En otras palabras, aún no tiene un retador fuerte a los ojos de la gente.
El temor a que la mala imagen del entorno presidencial lo pueda hacer perder contra cualquiera ha empezado a generar ruidos sobre quién podría ser una posible alternativa dentro del mismo espectro ideológico, de allí que se nombre a Patricia Bullrich como una posible sucesora en la cabeza de la boleta presidencial. Mientras el presidente siga con ganas de ser la figura, es difícil pensar en que alguien del mismo espacio podría sucederlo como candidato.
Atento a que las mayores críticas que recibe el presidente vienen por el lado de los modos (que le han espantado a varios votantes que lo eligieron por sobre la alternativa de esa elección, Sergio Massa) se empiezan a insinuar otras candidaturas posibles para tratar de proponer el mismo modelo, pero con formas más amigables. Mauricio Macri ya se prueba el traje de candidato, incluso sabiendo que ha perdido una parte importante de su partido a manos del gobierno nacional y varios gobiermos provinciales (como el cordobés).
A diferencia de lo que le pasó en 2015, cuando debió enfrentar a una maquinaria política aceitada y con recursos, la experiencia libertaria de 2023 le marca que no necesita tener de vuelta su partido, sino la estructura de fiscales que supo construir para las elecciones transcurridas desde su presidencia. Eso se sostiene solamente a partir de su figura (y algunos aportes extra que puedan hacer los gobernadores que hoy confían en su candidatura).
Personalmente creo que su visión es demasiado optimista y que incluso el cambio de época no lo puede alcanzar para pensar siquiera en meterse en un ballotage. En el mejor de los casos su candidatura serviría para mantener vivo su bloque, a riesgo de debilitar la elección de Milei. Siguiendo con la hipótesis de la aceleración de los tiempos del kirchnerismo, Macri podría ser el equivalente a Eduardo Duhalde en la elección de 2011, un vehículo para los votos nostálgicos de un pasado que tampoco fue tan brillante.
Sin un acuerdo entre ambos partidos (público o en las sombras) es muy difícil que salga algo positivo de una estrategia como esa, salvo que el objetivo sea fracturar al peronismo obligándolo a llevar un candidato más favorable al mercado, algo que probablemente el kirchnerismo no esté dispuesto a hacer. La precandidatura de Uñac, un hombre de una provincia con minería fuerte, es una señal con la que pretenden hacer pie en las provincias cordilleranas diciendo a ciudadanos y empresas que ellos pueden estar a favor de la actividad que tan bien les está viniendo.
Todas estas conjeturas quedarán relegadas al plano ficcional si finalmente la economía repunta. Cualquier sprint en el plano de los consumos materiales de la gente le gana a las crisis políticas o los proyectos basados en promesas. La gente apostó y perdió tantas veces que prefiere quedarse con el pequeño rayito de sol que le esté iluminando el día.





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