
Sociología del cambio
Javier Boher
Ayer nos tocó ver la unidad sobre Cambio Social, una de las dos preguntas fundacionales de la sociología, la ciencia que siempre trata de entender cómo se mantienen unidas y por qué cambian las sociedades. Como no puedo evitar pasar por las cuestiones políticas les comenté que los sondeos marcan que las nuevas generaciones son más conservadoras que las anteriores.
Esto es contraintuitivo, porque siempre pensamos que los jóvenes son más propensos a desafiar el orden establecido y que, por lo tanto, tienden a tener posiciones más progresistas que sus padres. Las dos cosas pueden ser ciertas: el progresismo se hizo hegemónico y la rebeldía estuvo en apuntar hacia el otro lado.
Prácticamente no hubo debate y casi nadie estuvo dispuesto a negar o refutar mis afirmaciones. Apenas si una o dos personas comentaron algo, pero insuficiente como para armar un ida y vuelta. Ahí recordé algo que hace poco escuché decir a un pediatra: las nuevas generaciones son de espectadores, porque no saben interactuar. Se están acostumbrando a consumir pasivamente, de allí que no tengan la habilidad para contestar.
Redoblé la apuesta diciendo que la tecnología está generando grandes cambios sociales que todavía no podemos dimensionar, pero que además no aceptamos que son negativos. Ahí hubo alguno que se enojó, usando de ejemplo que él entiende y aprovecha la tecnología, mientras que su papá sigue metiendo fórmulas a mano en Excel.
Aproveché esa intervención para meter la estocada.
Suponiendo que la tecnología nos liberara de la obligación de trabajar para vivir, ¿qué haría la gente?¿a qué dedicaría su tiempo?¿pasaría sus horas en instagram o tiktok?¿qué sentido tiene todo el mundo que nos rodea?¿valdría la pena estudiar?¿Podríamos dedicarnos todo el día al ocio?¿Cómo le daríamos un fin o un propósito a nuestras vidas?
Esas preguntas son centrales para pensar el mundo que viene por delante, particularmente en lo que hace a dos cuestiones centrales que solemos tratar en este apartado, la democracia y la educación.
La educación tiene la función principal de construir personas, pero también ciudadanos. La democracia se construye con más que la suma de esos ciudadanos, porque del agrupamiento entre individuos aparecen distintos colectivos que buscan representar intereses y proyectarse al futuro.
La tecnología amenaza con romper todo, atomizando a los individuos y empujándolos a una vida solitaria, el relato de Aldous Huxley en Un Mundo Feliz, donde incluso se eliminó la concepción y gestación física de los hijos.
No está tan claro que la gente sea consciente del impacto que tiene en sus vidas lo que está pasando, pero esto es particularmente grave entre los partidos políticos, que son un vehículo de representación de otra época y carecen de la capacidad de adaptación necesaria. Le hablan a una sociedad que no existe, extrañando y proponiendo tiempos que no van a existir.
Hoy el votante se ha hecho más conservador y el cambio es en una dirección opuesta a la que se traía hasta ahora. La tecnología impacta en la educación, la política, el trabajo y la democracia, cuatro dimensiones que le han dado sentido a nuestra existencia y para las que aún no tenemos una alternativa. Hay una existencia cada vez más solitaria, que además se inscribe en una percepción más negativa y conflictiva de la realidad social, a pesar de que el grueso de la gente vive objetivamente mejor que hace medio siglo.
Nadie tiene la bola de cristal como para saber exactamente qué nos deparará el futuro, pero lo cierto es que seguimos estructurando las vidas alrededor de instituciones y conceptos que no sabemos si van a ser tan importantes el día de mañana y abrazamos tecnologías sin un criterio claro en lugar de insistir en los fundamentos que nos permitirían adaptarnos a cualquier contexto.
Terminó la clase y se apuraron por irse rápido, antes de absorber la angustia que deja la incertidumbre del corriente proceso de cambio tecnológico y social.





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