
En busca de una fusión natural
J.C. Maraddón
Como lo indica su título, en el libro “Historia mínima del rock en América Latina”, Abel Gilbert y Pablo Alabarces le escapan a ese relato porteñocentrista que sitúa a Buenos Aires como el núcleo urbano donde se gestó la utopía del rock en castellano. Y van recorriendo los distintos países del continente en los que germinó la semilla de la beatlemanía allá por 1964, para devenir luego en una infinidad de bandas que sacudían su flequillo a la usanza de sus pares de Liverpool y se lanzaban a la aventura de componer sus propias canciones en vez de limitarse a versionar los temas del famoso cuarteto inglés.
En una época en que todavía el tránsito marítimo tenía una enorme importancia para conectarse con el exterior, las ciudades portuarias corrían con ventaja al momento de enterarse de las nuevas tendencias en boga en el resto del planeta. No en vano fue también Rosario un ámbito donde creció el germen del rocanrol argentino con Los Gatos Salvajes. Y, por supuesto, Montevideo supo ocupar un rol fundamental en esa tarea de decantar lo que llegaba desde la usina angloparlante y apropiarse de esos nuevos sonidos para crear, a través de ellos, un estilo que tuviera características diferenciales.
Por eso en el relato fundacional de Gilbert y Alabarces, no se habla de Argentina ni de Uruguay, sino del Río de la Plata, como una región unida por patrones culturales no tan distintos, cuyos artistas abrevaban en fuentes similares e intercambiaban experiencias en su ruta hacia la definición de una manera propia de rockear. Separar nacionalidades para analizar ese periodo es un recurso arbitrario que dificulta la comprensión de cómo se fueron dando los acontecimientos en una época de grandes cambios, cuando se produjeron rupturas en la sociedad que derivaron en quiebres musicales no tan sencillos de dimensionar desde la perspectiva actual.
Los Shakers, comandados por los hermanos Hugo y Osvaldo Fattoruso, protagonizaron una avanzada que definió el rumbo que tomarían las cosas en este rincón del cono sur. Esa banda uruguaya, que arrancó cantando en inglés, dio muestras de un virtuosismo precoz que motivó a quienes desde la capital argentina leyeron con avidez las noticias llegadas de la costa de enfrente. El éxito de sus canciones y sus visitas a Buenos Aires, donde grababan sus discos, los transformaron en una referencia para quienes desde aquí intentaban plegarse a la fiebre rockera que en esa segunda mitad de la década del sesenta no paraba de expandirse.
En simultáneo, florecía en Montevideo el género del candombe-beat, cuyos mayores exponentes eran El Kinto, una formación en la que se destacaban como vocalistas Eduardo Mateo y Rubén Rada. Con tanta o más raíz africana que el rock, la corriente candombera no fue desechada por los jóvenes sino utilizada como otro vehículo para expresar su rebeldía. Pronto el beat derivó en rocanrol y la presencia de Rada se tornó crucial en esas circunstancias, como miembro del grupo Tótem, al que el cantor y percusionista se iba a incorporar a comienzos de los setenta.
Tras cartón, se unió a los Fattoruso para ensamblar Opa, una agrupación señera que fusionó jazz, rock y candombe con una naturalidad increíble y que sumó músicos brasileños de renombre. Era imposible que toda esa creatividad no encontrara su eco en Argentina, donde el Negro Rada era un personaje conocido, aunque la mezcla estilística que él practicaba en ese entonces no tuviera por aquí la misma acogida que en su país natal. Sin embargo, todo iba a cambiar en 1979 cuando grabara su disco “La Banda” junto a notables instrumentistas de jazz. En ese álbum aparecía “El rock de la calle”, un tema al que muy poco le costó convertirse en hit.
De allí en adelante, su historia es conocida entre nosotros y por ese motivo resultaron conmovedoras las muestras de tristeza que partieron desde sus colegas y sus seguidores locales, al conocerse el pasado miércoles que había fallecido en Montevideo a los 83 años. Querido como representante conspicuo de esa cultura afroamericana a la que muchas veces se quiso marginar, brilló tanto en su obra plena de indagación experimental, como en su repertorio popular, prolífico en estribillos pegadizos y plagado de esos guiños humorísticos que también afloraban durante sus presentaciones en vivo.
Cuando en algunas de las notas que informaron sobre su muerte se lo definió como “uno de los más grandes artistas de rock de Uruguay”, tal vez se estaba cometiendo un exceso en cuanto a la delimitación de sus aportes. Porque, más allá del lugar donde nació, su talento excedió las fronteras y lo dotó de una universalidad que se plasma en su legado. Y porque asociarlo solamente con el rock and roll nos obliga a acotar a un género en particular esa forma que él tenía de manifestarse, catapultada desde aquellos orígenes africanos que alimentaron una infinidad de matices sonoros.







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