
Ridiculizar a los intolerantes
Javier Boher
La Paradoja de la Tolerancia fue formulada por Karl Popper y resumida erróneamente en que no hay que dejar hablar a los intolerantes. Esa lectura es incompleta, ya que lo que planteaba el filósofo es que primero hay que dejar hablar a la gente para tratar de refutar sus argumentos ante el público. En el caso de que los intolerantes se nieguen a aceptar las refutaciones racionales y recurran a la violencia, recién ahí estaría justificado poner límites a su discurso.
El ejemplo es bastante sencillo. Uno puede decir que no le gusta tal o cual política, que los de tal o cual partido son todos ladrones o que no cree en las razones que esgrimen los adversarios, pero no puede llamar a golpearlos, discriminarlos, ni nada por el estilo. “Aprendimos a usar palabras para no rompernos las cabezas con piedras” sigue siendo la mejor definición sobre la civilidad y la libertad de expresión.
Sin embargo, en los últimos años parece haber una necesidad imperiosa de girar hacia el discurso único. Cualquier cosa que no nos gusta o nos resulta ofensiva ya se vende como un argumento válido para defender algún tipo de censura o límite a la expresión. Mientras no haya una apelación al ejercicio de la violencia contra alguien no debería haber justificación para impedir decir lo que se piensa.
En ese impulso para buscar el pensamiento único se han montado numerosos colectivos que parten de la premisa de que ellos son buenos y sus ideas son mejores. Todos estamos convencidos de que lo que creemos es lo mejor, porque de no ser así creeríamos en otra cosa, pero la convicción no nos da la razón. De hecho, los de las peores ideas suelen ser los más orgullosos de lo que piensan.
La Asociación Argentina de Actores publicó un comunicado repudiando que La Misa (el programa de streaming del Gordo Dan, líder de Las Fuerzas del Cielo) se transmita desde el Gran Rex ( a su entender, un recinto reservado a “la cultura”). No hay que irse tan lejos para buscar un caso concreto de gente detrás de una mesa hablando de política en dicho teatro: CQC hizo dos especiales desde el mismo escenario. La AAA no protestó como lo hace ahora.
Quizás las ideas del Gordo Dan y el resto de los libertarios son malas, pero no le corresponde a una entidad gremial decidirlo. Tampoco puede negarle al dueño del lugar que lo alquile para ganar plata. Lo único a su alcance es refutar públicamente las ideas o incluso manifestarse en la puerta del teatro, pero no mucho más.
Lo único que lograron los actores y actrices fue darle más difusión a un evento que no hubiese trascendido más allá del nicho libertario que lo consume. Es como hacer mano dentro del área cuando los defensores triplican a los atacantes, una ayuda innecesaria para los que están en desventaja.
Con este tipo de actitudes se ponen en el lugar de los intolerantes que deben ser enfrentados, sin entender que la mejor manera de desactivar a los que se toman tan en serio la política es a través de la burla y la risa. Antes que evitar que la gente se exprese de un modo que no gusta hay que tratar de exponer sus inconsistencias, porque lo que más expone la intransigencia de alguien convencido de sus ideas es reírse de sus creencias. Vale para los que están de un lado y del otro del espectro ideológico.







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