
De gorilas, kukas y pelucas
Javier Boher
En el punto más álgido del segundo peronismo se transmitía por radio “La revista dislocada”, que pretendía ser un programa humorístico en medio de un gobierno que había hecho de la censura y los ataques a la libertad de expresión una práctica habitual. De ese programa salió el apodo “gorila” para designar a los antiperonistas, que perduró por décadas.
Es curioso que el término “gorila” no está entre todas las cosas que le dicen a Milei. Habían de su peso, del tono de su piel, de su religión, de sus supuestos problemas mentales o de manejo de esfínteres, pero nunca le dicen gorila. No les nace, como sí les nacía decirle Macri.
El presidente, por su parte, se abrazó a un término propio de las tías de Facebook y lo popularizó hasta un punto en el que hoy es una forma sencilla de referirse al peronismo que no gobierna. “Kuka” se volvió mainstream y es usado más allá del segmento “vieja pelo de cocker” que el kirchnerismo alguna vez identificó como la base de apoyo del macrismo.
El viernes hubo una gran polémica porque Soledad Carrizo, ex diputada radical y actual vocal del INAES, posteó una foto alterada con inteligencia artificial para que todos los que estaban allí sentados aparecieran representados con trajes de cucarachas. Todos kukas.
No era cualquier foto, sino la del homenaje a José Manuel De la Sota a pocos días de un nuevo aniversario de su trágico fallecimiento.
Rápidamente salieron a criticarla por haberlo hecho, bajo la premisa de que la deshumanización de un colectivo social es el primer paso para empezar a perseguirlo. “Es lo que hacían los nazis”, dijeron algunos, porque todo lo que no nos gusta es nazi. Es una exageración de parte de gente que todavía no sabe lo que es formar parte de la minoría.
Buen gusto
La decisión de Carrizo refleja el estado actual de la discusión pública, una en la que se elige la polarización por sobre el diálogo. Ni la ex diputada ni los que le respondieron barbaridades creen genuinamente que los otros sean todos delincuentes y no sirvan para nada, porque de ser así no tendría sentido sentarse en el mismo recinto a discutir leyes o en una oficina o un café para negociar acuerdos. Los que se dedican a la política insisten en alimentar la farsa de la polarización, que aumenta el nivel de enojo y sigue empujando gente al gris moderado de la apatía.
Quizás la foto haya sido de mal gusto para alguien que pretende representar otra cosa. Aunque en este país nadie pierde elecciones por las formas, algunos todavía las consideran parte importante de su voto y no sirve el consuelo de que los otros también lo hacen. Justamente por eso hay distintos votantes para distintos espacios.
Apodos y maltrato
El uso de apodos para descalificar a los rivales o adversarios no es tan grave y es tan viejo como el dividir en bandos, pero lo que hay que entender es que las mayorías cambian. Gorilas, kukas y pelucas son un accidente electoral que depende de cómo vote la gente, que lo hace con mucho menos apego a esas categorías.
Andar llorando por una etiqueta es una exageración, del mismo modo que usarlas livianamente y en demasía tampoco parece ser lo más inteligente para hacer. Es tentador ponerse del lado de los más para aporrear a los menos creyendo que esa relación de fuerzas va a existir por siempre. Pero no. Algún día va a volver a cambiar.








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