
El exagerado temor a la guerra por la Inteligencia Artificial
Javier Boher
Recuerdo cuando hace muchos años, en los inicios de lo que se dio en llamar la web 2.0 (a que democratizó la producción de contenido) circulaba un video libertario sobre los miedos que tenían algunos respecto a lo que podía pasar con un desarrollo pleno de esa tecnología.
El centro de su argumento era que el miedo de los seres humanos a que las computadoras o las máquinas se rebelen y traten de matarnos tenía su origen en que ese había sido el derrotero del Estado. Como dice el aforismo anarquista, “la guerra hizo al Estado y el Estado hizo la guerra”, como forma de representar la opresión de la violencia organizada.
Es un poco exagerado, pero debe haber algo en la propia naturaleza humana que nos hace tener miedo de lo que pueden llegar a hacer las herramientas que nosotros mismos desarrollamos. No existiría la ética como forma de reflexión si no hubiésemos dedicado la existencia a hacer mal uso de las cosas que creamos para facilitarnos la vida.
Esta semana se encendieron las alarmas por algunas declaraciones de unos jóvenes desarrolladores que participaron en la creación de algunas de las nuevas inteligencias artificiales que andan dando vueltas, lo que lleva a mucha gente a pedir que se regulen con más fuerza. La idea de que van a tomar conciencia y nos van a esclavizar o matar a todos como forma de evitar que nos hagamos daño toma cada vez más fuerza. Los tecnopesimistas están convencidos de que hay que ponerle un freno para evitar la autodestrucción, del mismo modo que en su momento los países involucrados en la Guerra Fría decidieron limitar sus desarrollos en armas nucleares.
No sabemos qué pasa en esas mesas de discusión en el más alto nivel de la geopolítica global, pero más o menos sabemos dónde estamos parados nosotros. Hoy Argentina es un país periférico en esta pelea, aunque seguramente tiene elementos para meterse en la discusión como proveedor periférico de datacenters y energía barata (si prospera el plan del gobierno para favorecer esas inversiones).
El problema, sin embargo, es la total desconexión entre la realidad concreta del día a día y la discusión que se dan en el plano abstracto. Sí, quizás la IA quiera dominarnos algún día, pero estamos en un país en el que todavía no podemos hacer que se sincronicen los semáforos o que el DNI llegue en tiempo y forma. Nos preocupamos por lo que pueden hacer las grandes tecnológicas con nosotros en lugar de concentrarnos en qué están haciendo los gobiernos con la educación, el trabajo, la economía o la seguridad. ¿Vale la pena discutir escenarios hipotéticos de máquinas opresoras cuando no podemos conseguir que el Estado meta presos a los culpables de distintos delitos?
Cada sociedad analiza los problemas desde su propia realidad y su propia historia. La discusión global sobre la amenaza a las libertades individuales que plantea el desarrollo tecnológico son límites nos devuelve a ese video de los libertarios que ahora tiene más de 15 años. Quizás en sus países el Estado se convirtió en una institución opresiva y reguladora de la vida social. Extrapolando a la IA la performance que ha tenido (y aún tiene) en aquellas funciones que supuestamente representan un riesgo para nuestra vida, quizás estemos exagerando el nivel de la amenaza. Para llegar a ser inteligencia artificial debe salir del estadio larval de la Inteligencia Municipal, por eso recién deberíamos preocuparnos el día que algún chatbot de alguna dependencia pública nos resuelva el problema por el cual le escribimos.







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