Otro aniversario de la 125

El campo sigue sufriendo el maltrato que los sucesivos gobiernos le propinan, a pesar de ser el sector que más dólares ingresa al país

Nacional 07 de mayo de 2024 Javier Boher Javier Boher
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Por Javier Boher
Hoy se cumplen 16 años desde que el campo decidió decretar un paro contra el gobierno de Cristina Kirchner por la resolución 125, que establecía retenciones móviles a las exportaciones agrícolas según la variación del precio internacional de los distintos granos. Fue un quiebre en la política del momento y marcó el punto de inicio de la radicalización del kirchnerismo.
Cada tanto conviene recordar lo que fue aquella experiencia. Aunque algunos elijan no verlo de ese modo, el paro del campo demostró que en la tierra hay gente que vive y genera la riqueza exportadora del país. La hace crecer en su tierra, independientemente de lo que marque la política del momento. Que esa riqueza dependa del trabajo de tanta gente que posee la tierra fue una de las pocas cosas que le permitió a este país caer en un abismo como el que le tocó a Venezuela. La otra fue una constitución con claros límites al poder y difícil de modificar.
Siempre viene bien hacer memoria. El ministro de economía de aquel entonces era Martín Lousteau, el que hasta el día de hoy sigue defendiendo el engendro confiscatorio con el que se arrojó sobre el esfuerzo de tanta gente. Tal vez por eso siga teniendo números tan malos en la consideración de la gente, lo que hace inentendible que tantos radicales cordobeses lo hayan traído para posar como si fuese un faro económico que le puede servir a la provincia. 
En ese tiempo los precios de cereales y oleaginosas subieron y bajaron, hubo sequías y buenos años, y también se discutió sobre tecnologías, impuestos y tenencia de la tierra. Vimos la payasada de Grabois ocupando el campo de los Etchevehere para plantar perejil a la sombra de los árboles, gente militando en contra del trigo transgénico resistente a la sequía de desarrollo nacional (para los que dicen que en el campo no hay tecnología) y la cruzada contra los silobolsas (alentada, entre otros, por un periodista que terminó preso por abuso sexual y corrupción de menores). 
Casi todos los países del mundo matarían por tener unas condiciones naturales como las nuestras para poder producir. Los que no lo hacen es porque ya las tienen. Sin embargo, nosotros insistimos en perjudicar al sector y quitar los incentivos para que la gente produzca más.
El gobierno de Milei no escapa a la lógica imperante en el país. Desde la irrupción del modelo intervencionista en la década del '40, todos ven en el campo al sector que debe financiar los caprichos del resto. ¿Trabaja bien, es productivo y genera riqueza? Se la saquemos para mantener una industria atrasada, cara y poco competitiva para ganar votos. Es una relación perversa e indestructible.
En los partidos que no integran el conurbano bonaerense viven aproximadamente cinco millones de personas. Más o menos un millón y medio vive en el interior de Córdoba, lo mismo que en Santa Fe. Entre Ríos junta más o menos un millón más. Es decir que dos tercios de los dólares que entran al país se generan en un área en la que viven nueve millones de personas, por lo que hay poco menos de cuarenta millones que generan el tercio restante. Esta operación no es tan lineal, pero demuestra con claridad las asimetrías que hacen que sea tan difícil romper ese sistema en el que el 20% de la gente produce el 65% de lo que se exporta.
Así, todos los incentivos están puestos en apropiarse del esfuerzo de algunos argentinos para desviarlo hacia otros, lo que en el vacío no está mal, hasta que se ve el palco desde el que Gerardo Zamora vio la final de la Copa de la Liga en el estadio que se hizo construir en su provincia de Santiago del Estero. Nada de todo eso se alteró en este tiempo y probablemente nada de eso cambie en el corto plazo.
El campo se enfrenta a varios problemas, pero hay principalmente dos que tienen que ver con la cuestión política. Primero, la gran atomización que existe entre productores. Desconfían unos de otros, se pelean por cuestiones partidarias que terminan siendo menores frente al robo que sufren desde los gobiernos y prefieren dar una lucha individual para salvarse cada uno por separado en lugar de todos juntos. Quizás sea porque son muchos y con realidades muy diferentes, pero podrían aprender de la forma en la que se organizan los sindicatos para obtener concesiones, con disciplina y una meta clara.
El segundo problema es comunicacional. El kirchnerismo primero, y el libertarianismo después, se preocuparon por ganarse a la opinión pública. Los productores reniegan de esas herramientas y dejan que esa pelea la ganen los veganos y ambientalistas porque nadie se sube al ring a darles pelea. La ganan los que dicen que hay que cobrarle impuestos a los ricos que andan en 4x4, porque los del campo prefieren enojarse y no meterse en la pelea -descalificando al resto que "no entiende nada"- antes que darla y ganarla. 
La situación del campo cambió para mal desde aquel momento de conflicto por la 125. Fueron 42 días de paro que resultaron en un esfuerzo efímero (y cooptado por los partidos) que apenas si puso a un par de diputados que rápidamente se aburguesaron. Hoy hay menos productores, hay más concentración de la tierra, se sigue haciendo mal uso del suelo porque los números no dan para hacer buenas fertilizaciones y ningún partido político presenta una buena propuesta para el sector. No hay nada consensuado ni sostenible, apenas algunos parches para que repitan los militantes libertarios en las redes, pero nada que le devuelva la confianza a los productores que sostienen en pie a este endeble país.
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