El problema Milei

El presidente es un desafío para una democracia que todavía no puede encontrarle la vuelta a la construcción de una oposición

Nacional 16 de mayo de 2024 Javier Boher Javier Boher
2024-05-15-milei
Por Javier Boher
Javier Milei es un problema para mucha gente. El progresismo lo considera el resurgir de la peor derecha, los liberales ven a un conservador recalcitrante, los ateos dudan por su fervor religioso, los economistas encuentran fallas en sus razonamientos, los radicales ven una amenaza a la República, los intelectuales se preocupan por la destrucción de la universidad, los estatistas sufren por el desmantelamiento de las empresas públicas y así podemos seguir hasta el final. Muy pocos parecen estar conformes con el presidente que nos ha tocado, pero nadie tiene la fuerza suficiente para construir una alternativa.
Ayer escuchaba una entrevista que el periodista Martín Pitton le realizó a José Benegas, un referente del liberalismo en Argentina. No voy a extraer citas textuales ni me voy a detener en cada uno de los argumentos, pero fue un intercambio que sirve para desenmarañar la discusión que se dan alrededor de la figura de Milei, separando la crítica estrictamente ideológica de la crítica real o profunda respecto a lo que puede pasar con el sistema político argentino en los próximos años.
Hay algunas cosas que son muy claras, como que el presidente no es auténticamente liberal. Esto suena a la típica excusa con la que el progresismo se defiende ante las atrocidades de algún régimen decadente que antes le gustaba, con ese latiguillo de que "eso no es verdadero comunismo". Las ideas son una cosa, es cierto, pero las acciones que se avalan desde las mismas dicen mucho sobre el mundo que organizan.
El presidente no es liberal porque no confía en el Rule of Law, la supremacía de las leyes por encima de cualquier individuo. Es, en ese sentido, un claro exponente de una tradición autoritaria que niega el rol de las instituciones y la división de poderes porque lo que le interesa es el vínculo del líder con la masa.
Además el presidente se ha peleado con todos los dirigentes del liberalismo argentino. Está claro que no son tantos, pero con más razón: esa vieja guardia de custodios de preceptos filosóficos y políticos no ve en el presidente a alguien que los represente fielmente, especialmente porque la batalla cultural en la que está embarcado el oficialismo no tiene nada que ver ni con la libertad económica, ni con la libertad social, ni con la libertad política. La asimilación dogmática con Estados Unidos, los cruces contra la Educación Sexual Integral y la ridiculización de ciertos colectivos le empieza a dar voz a sectores de la sociedad que hasta ahora estaban acallados por la corrección política y la hegemonía discursiva del kirchnerismo (que tampoco respetaba la libertad individual y por eso generó el caldo de cultivo del que emergió esta criatura).
La parte más preocupante del diálogo fueron dos momentos clave. Primero, la respuesta a la pregunta respecto a si Argentina puede resistir a un liderazgo conservador que ataque libertades básicas, avance sobre legislación ampliatoria de derechos (como la ley de identidad de género, la de matrimonio igualitario, el aborto o la ESI) y nos lleve a un estadio predemocrático. La respuesta de Benegas es que la Berlín de los años '20 era una de las ciudades más libres del mundo y pasó a estar dominada por el nazismo en una década.
El segundo momento fue respecto a la vía de escape. Las alternativas a Trump o Bolsonaro tenían legitimidad y la sociedad las respaldaba. Acá no hay una oposición clara o real a lo que propone Milei. Quizás tenga que ver el daño económico profundo que hizo el kirchnerismo, que hace que cualquier cosa que se le parezca sea automáticamente excluida del radar de los votantes. 
Con el liberalismo raptado discursivamente por los libertarios, el progresismo desprestigiado, el peronismo desperdigado, el radicalismo fracturado y los gobernadores mendigando fondos, el panorama aparece despejado para un Milei que tiene tiempo para avanzar con su agenda. ¿Habrá alguien con ganas de proponer un liberalismo democrático como alternativa o estaremos condenados a ver surgir otra izquierda iliberal, agudizando la caída libre de nuestra democracia?.
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