Presupuesto 2026: el optimismo que choca con la realidad
Por Franco Jular (*)
El proyecto de Presupuesto 2026 que el presidente Javier Milei envió al Congreso refleja más una expresión de deseos que una hoja de ruta económica creíble. Como toda ley de presupuesto, se trata de la herramienta que define ingresos y gastos, recursos para las provincias, financiamiento de programas sociales y previsionales, y fondos para la seguridad y la inversión pública. De allí que las inconsistencias en los supuestos macroeconómicos no son un detalle técnico: condicionan de manera directa la vida de los argentinos.
El primer foco de debate es el tipo de cambio. El Gobierno proyecta un dólar oficial de $1.325 hacia fin de 2025, con una devaluación moderada que mantendría su valor relativamente estable en 2026. El problema es que el mercado estima un panorama muy distinto: consultoras y bancos esperan un dólar en torno a $1.500–$1.600 para fin de este año y más cerca de los $2.000 durante 2026. Esta brecha no es un matiz: afecta el cálculo de los ingresos por exportaciones y derechos de importación. Presupuestar con un dólar “barato” le permite al Gobierno mostrar superávit, pero con el riesgo de que, si el tipo de cambio se ajusta a la realidad, los números fiscales se desarmen en cuestión de meses.
La segunda gran inconsistencia está en la inflación. El oficialismo proyecta un sendero descendente que ubicaría el índice de precios en un dígito anual en 2026. Es la apuesta más ambiciosa del plan. Sin embargo, el consenso de mercado espera otra cosa: tasas de entre 20% y 25%. La inercia inflacionaria, la indexación de contratos y salarios, y la presión cambiaria hacen muy difícil una desinflación tan rápida. Basar las partidas de gasto social y previsional en una inflación de un dígito es riesgoso: si el aumento de precios termina duplicando lo previsto, los jubilados, beneficiarios de la AUH y empleados públicos verán licuado su poder de compra, lo que impactará en la conflictividad social.
El tercer supuesto cuestionable es el crecimiento económico. El Presupuesto imagina una expansión del PIB del 5% en 2026, prolongando la recuperación iniciada este año. El sector privado, en cambio, estima un avance más modesto, del orden del 2% o 3%. Las restricciones externas, la caída del consumo interno y el freno de la obra pública limitan las posibilidades de un crecimiento tan elevado. Y, nuevamente, al inflar el crecimiento, también se inflan los cálculos de recaudación tributaria.
El resultado es claro: el Presupuesto se sostiene en un trípode optimista —dólar estable, inflación mínima y crecimiento fuerte— que difícilmente se cumpla en simultáneo. Si cualquiera de esas variables falla, los ingresos serán menores y los gastos más altos de lo que hoy se planifica. El riesgo es volver a los déficits que este Gobierno prometió erradicar.
La credibilidad fiscal no se construye con planillas optimistas, sino con supuestos consistentes que resistan la prueba de la realidad. De lo contrario, el Presupuesto 2026 no será un instrumento de gobierno, sino apenas un relato de buenas intenciones que puede estrellarse contra la economía real.
(*) Economista. Candidato a diputado nacional UCR