Una diva en la Amazonia
J.C. Maraddón
Bajo la organización de la Cátedra Libre de Cultura Brasileña de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la UNC, se viene desarrollando un interesante ciclo de cine debate que en esta ocasión ofrece diversas perspectivas fílmicas sobre la Amazonia, esa región que abarca nueve países de América del Sur y que es considerada el pulmón del planeta. La fascinación que ejerce su naturaleza selvática y los pueblos originarios que la han habitado desde hace milenios, es proporcional al deslumbramiento que experimentan ante su grandiosidad los intereses económicos que giran en torno a la explotación de sus inconmensurables recursos naturales.
La elección de esta temática no es casual, porque una enorme extensión del territorio brasileño es ocupada por este bosque tropical, que participa así de modo directo en la conformación de la identidad de nuestros vecinos, casi tanto como las renombradas playas de su litoral costero. Por eso, rescatar algunos enfoques cinematográficos sobre la Amazonia abre la posibilidad de entender un poco más cuánto de misterio y cuánto de realidad hay en la mirada que se tiene sobre esa selva, poblada de mitos y leyendas. Y mayor es la comprensión si a las proyecciones se les suma la opinión de expertos.
Para el martes pasado se había programado la exhibición de “Fitzcarraldo”, una obra magna de Werner Herzog que en 1982 supuso para el cineasta alemán la Palma de Oro en el Festival de Cannes, donde la película tuvo su estreno internacional. Entre sus méritos se cuenta la proeza de haber rodado el largometraje en plena selva amazónica y de haber reproducido in situ los mismos escollos logísticos que afectaron a finales del siglo diecinueve al protagonista de la historia real, Carlos Fermín Fitzcarrald, un empresario de la explotación del caucho que se propuso unir dos ríos a través de un istmo para facilitar el comercio.
En la ficción, Herzog transforma al personaje en un fanático de la ópera que sueña con construir un teatro lírico en Iquitos y que, para financiar ese proyecto, intenta innovar en el negocio cauchero sorteando obstáculos geográficos mediante un plan que implica elevar un barco de gran porte hasta la cima de una colina, gracias a la ayuda de una tribu de jíbaros. Con el temperamental actor Klaus Kinski en el papel de Fitzcarraldo, el filme construyó una épica que se replicó detrás de cámara, a partir de reyertas entre el protagonista y Herzog, a las que se unieron el personal de producción y los extras.
La que emergió incólume de esa pesadilla y se lució en su rol de la amante (y financista) de Fitzcarraldo, fue la italiana Claudia Cardinale, quien por esos años ya era una diva consumada del cine europeo, después de haber trabajado junto a grandes como Luchino Visconti, Sergio Leone y Federico Fellini. En tanto otras estrellas del séptimo arte desistieron de aceptar esa propuesta desmesurada de Herzog para rodar en condiciones apremiantes, ella no tuvo empacho en sumarse a la aventura, de la que volvió subyugada por un entorno tan agreste como mágico.
Ese mismo martes, poco antes de la función de “Fitzcarraldo” que se desarrolló en el Centro Cultural de la UNC, trascendió la noticia de que Claudia Cardinale había fallecido a los 87 años en su casa de Nemours, en Francia. Verla en pantalla apenas conocida la información sobre su muerte, no hizo sino realzar la emotividad de su interpretación. Y promovió que se recordara la anécdota que narró Herzog en su libro sobre esa película: sólo en las escenas que compartía con ella podía Klaus Kinski moderar su ímpetu y comportarse como un verdadero caballero.