La felicidad en imágenes
La costumbre de enviar postales con fotos tomadas junto al mar, que se mantuvo vigente durante varias décadas, pone de manifiesto la trascendencia de ese ritual familiar que tenía a Mar del Plata como escenario. Una muestra de esos souvenirs se expone en la Galería Fotográfica que funciona en Independencia 180.
J.C. Maraddón
Hacia finales del siglo diecinueve, los clanes de la aristocracia argentina que por su condición contaban con tiempo libre (mientras en sus propiedades la ganadería y la agricultura generaban pingües ganancias) adoptaron el hábito de salir de vacaciones. Si bien resultaban frecuentes sus viajes a Europa, estas eran salidas que se circunscribían al territorio nacional y que tenían como atractivo el cambio de escenario: en vez de pasar sus días en mansiones atendidas por personal de servicio, se desplazaban a playas y montañas, donde se alojaban en lujosos hoteles y también gozaban de las prestaciones de mayordomos y empleadas domésticas, que los asistían durante las 24 horas.
A medida que fue pasando el tiempo, eso que era un privilegio reservado para muy pocos, se extendió a comerciantes y profesionales, hasta que recién hacia mediados de la pasada centuria fueron los trabajadores los que empezaron a beneficiarse con días de descanso y con colonias sindicales en diversos puntos turísticos, que los acogían junto a sus familias. Pero hasta que eso aconteció, tales prerrogativas correspondían a quienes portaban apellidos de alcurnia y a los que, habiéndose iniciado desde abajo, consiguieron abrirse camino en el universo de los negocios y necesitaban ostentar su riqueza veraneando en ciertos balnearios exclusivos.
Esa evolución histórica se plasma en una ciudad como Mar del Plata, que supo ser el paraíso de la clase pudiente del país y que de a poco fue transformándose en uno de los destinos más populares de la Argentina. Parece imposible imaginar hoy que esas arenas tan transitadas por gente de la más diversa extracción social, fueron alguna vez un coto inaccesible para los ciudadanos de a pie. Con sólo remontarse a los archivos de unos cien años atrás, se advierte que no cualquiera disponía entonces de los periodos ociosos ni del dinero suficiente para sostener esas estadías.
Como testimonio en imágenes de aquel pasado remoto y de la transición hacia una etapa de turismo masivo, allí están las fotografías de época que perduran como reservorio de la memoria para que los textos que sostienen ese relato puedan ser corroborados de manera evidente. El acto de sacar fotos para documentar esa condición de veraneantes es una expresión de la necesidad de que esas fugaces jornadas de disfrute al aire libre, se aniden en el recuerdo de quienes se dieron con el gusto de atesorar más que gratos momentos en esa privilegiada urbe a la que no por casualidad se apoda “La feliz”.
La costumbre de enviar postales con fotos tomadas junto al mar, que se mantuvo vigente durante varias décadas, pone de manifiesto la trascendencia de ese ritual familiar que ya entrados los años sesenta se convirtió en una “industria sin chimeneas”. Un muestrario de esos souvenirs ha sido reunido por Guillermo Franco para luego exponerlo en la Galería Fotográfica que funciona en Independencia 180, al fondo del café Le Dureau, junto a otras dos exhibiciones: “Rara avis”, del artista uruguayo Roberto Fernández Ibáñez, y “Paseo de las flores”, del también escritor Federico Falco.
Parafraseando a John Berger, Franco ha titulado como “La felicidad se parece a una fotografía” esa colección de veranos marplatenses, donde posan para la posteridad personas que buscaron ser felices en ese entorno marítimo, aunque más no fuese por un instante, unos días o unas semanas. Es inevitable que tales fotos despierten en el espectador la nostalgia por ese mundo ingenuo en el que la felicidad tendía a democratizarse y el planeta todavía no se debatía ante el colapso de las ilusiones. Una era que pervive en esas postales, donde seres anónimos sonríen ante cámara sin saber que nosotros, mucho después, los seguiremos viendo.
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