Divertirse hasta el final
Cerca de esa comedia negra que tanto se frecuenta en estos días, el largometraje “27 noches”, entre los más vistos en Netflix, narra la historia real de una octogenaria internada contra su voluntad por sus hijas en una clínica psiquiátrica. Dirige y actúa Daniel Hendler, en tanto que la protagonista es Marilú Marini.
J.C. Maraddón
Quizás haya habido una época en que existía cierto consenso acerca lo normal y lo anormal, con toda la carga de prejuicio y de injusticia que semejantes categorías conllevaban y las consecuencias nefastas que acarreaban para quienes eran condenados a cargar con el estigma de la anormalidad. Pero lo cierto es que hubo un tiempo en que razones legales y científicas avalaban esa diferenciación, que en el caso de las patologías mentales autorizaban la práctica de tratamientos inhumanos con el supuesto propósito de enderezar a quienes se habían desviado de lo establecido, o al menos reducir los riesgos que podían representar para el resto.
Revisionismos varios cuestionaron con posterioridad esos paradigmas y revelaron equivocaciones groseras en las argumentaciones que se esgrimían para justificar lo injustificable. Se puso en serias dudas el concepto de normalidad, al advertir que la naturaleza humana gozaba de una diversidad muy amplia, y se extendieron los límites dentro de los cuales se consideraba a los individuos como dueños de sus actos. Además, ese proceso se encuentra por demás documentado en una filmografía donde la película “Atrapado sin salida” representó, allá por 1975, una dura crítica a técnicas que ya por entonces habían demostrado con creces su ineficacia.
Pero los 50 años transcurridos desde aquello han traído cambios sociales que al día de la fecha exponen un panorama desolador en referencia a la salud mental de la población. Personas sobreexigidas en lo laboral y en lo afectivo, que pugnan por alcanzar un éxito que va más allá de sus posibilidades, que duermen mal y se alimentan peor, viven al borde del colapso y requieren de una ayuda terapéutica que a veces deriva en la ingesta de psicofármacos varios. Aquello que en el pasado era la excepción, ahora se ha vuelto habitual, y el porcentaje de afectados es abrumador.
Ante una humanidad enferma de ambición y egoísmo, parece natural que la gente asuma como un fracaso no plegarse a esa carrera desenfrenada por llegar cada vez más lejos. Y es así como la depresión se vuelve endémica y las farmacéuticas se frotan las manos en su función de proveedoras de las pócimas que permitirán disimular la infelicidad aunque más no sea por un rato. Desde la perspectiva de aquella vetusta normalidad, podría hablarse de un presente de locura generalizada, con seres que subsisten al límite, obsesionados por ganar más dinero o, si lo tienen, por conservar su posición de poder.
Es desde ese lugar que Daniel Hendler ha resuelto rescatar un caso real que data de 2005, acerca de una escritora y mecenas mendocina, que a los 88 años fue internada por sus hijas en una clínica psiquiátrica contra su voluntad. La mujer se resistió a esa medida y finalmente obtuvo su liberación ante la justicia, con lo que se constituyó en una referencia para aquellos a los que se les diagnostica un cuadro que no se ajusta a la realidad. Inspirándose en esa historia, Natalia Zito publicó en 2021 una novela, que ha servido de base para el abordaje cinematográfico de Hendler.
Cerca de esa comedia negra que tanto se frecuenta en estos días, el largometraje “27 noches”, entre los más vistos en Netflix, intercala la instancia de la internación de esa benefactora que en la ficción se llama Martha, con las acciones posteriores cuando traba relación con un perito interpretado por el propio Daniel Hendler. Junto al conmovedor protagónico de Marilú Marini, y a pesar de ciertos clichés evitables, subyace en el filme el interrogante sobre por qué debería ser más lucida la avaricia de las herederas que la desmesura de una bon vivant dispuesta a divertirse hasta el final.
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