Caras y caretas cordobesas
Se puede seguir en el semanario de la primera mitad del siglo veinte la carrera intelectual y la centralidad literaria de Leopoldo Lugones en el Olimpo argentino de su época, entre 1898 y su muerte por propia decisión en 1938.
Por Víctor Ramés
cordobers@gmail.com
Construyendo a Leopoldo Lugones (Primera parte)
La carrera de Leopoldo Lugones en la vida pública nacional se produjo un par de años después de su llegada a Buenos Aires en 1896 con su flamante esposa Juana González. Había llevado consigo, entre otras prendas destinadas a insertarse en el circuito intelectual porteño, una carta escrita por Carlos Romagosa, destinada a presentarlo a Mariano de Vedia, quien dirigía el diario roquista La Tribuna. Allí Romagosa intentaba desdramatizar los antecedentes políticos de Lugones, que no podía obviar, afirmando que el joven cordobés «Por ahora es liberal, rojo subversivo e incendiario: cuando publique su “Profesión de fe”, poesía inédita, tan agresiva y tan incandescente, que parece escrita con un punzón de fuego, creo que levantará una tempestad de aplausos… y de injurias.»
En Córdoba, antes de partir hacia Buenos Aires, Lugones había publicado varios textos en periódicos como el diario La Patria, aparecido en 1894, firmando con el seudónimo “Gil Paz”. Además, había participado en la fundación del primer centro socialista de la ciudad mediterránea.
La primera inserción de Lugones, recién llegado a la Capital fue en los círculos socialistas, en cuyo marco fundó junto a José Ingenieros un periódico “socialista revolucionario”, La Montaña, en 1897. Ese mismo año nació su único hijo, homónimo, entonces demasiado pequeño aún para inventar la picana eléctrica.
No fue hasta 1898 que Lugones fue admitido en la publicación que dirigía Mariano de Vedia, y ese mismo año, en una visita casual del presidente Roca a la redacción, el director presentó al cordobés y al general en la redacción del diario La Tribuna. Según testimonios, Roca manifestó en la ocasión que era un gusto conocer a Lugones, y que hacía rato deseaba estrechar su mano. Este hecho es citado por Juan Pablo Canala, en su estudio preliminar y prólogo a la “Historia de Roca”, obra de Lugones que quedaría inconclusa. Ese mismo año 1898 tuvo lugar la aparición del semanario Caras y Caretas en Buenos Aires, que se hizo eco de la presencia del poeta cordobés en el ámbito cultural porteño. Allí comenzaron a publicarse narraciones de Lugones, que contaba 24 años. En el Índice archivo del primer semestre de 1899, se contabilizaban algunos de los títulos narrativos del autor cordobés, como Verano, La última carambola, La careta roja, El último pensamiento del Apocalipsis y Los buscadores de oro. Otro índice agrega títulos firmados por Lugones: Elementos para una bomba, Flores de durazno, La ley natural, Los principios de moral.
Era presentado, en un número especial, como uno de los colaboradores por derecho propio en un rango de personalidades intelectuales, al cumplirse el primer año del semanario. En ese número del 7 de octubre de 1899, Caras y Caretas expresaba:
“Primera etapa! Hemos llegado al año. Mañana a estas horas hará 365 días que el primer número de este periódico se entregó a los vientos y contrastes de la publicidad. Hay toda una eclíptica corrida violentamente en tan fugaz espacio de tiempo, por los que nos hemos embarcado en ésta que, siendo vidriosa aventura, resultó afortunada empresa…”.
Refiriéndose a “los más asiduos colaboradores de Caras y Caretas”, entre quienes se contaban Enrique García Velloso, Martiniano Leguizamón, Rubén Darío, Nicolás Granada, Juan Pablo Echagüe, Eustaquio Pellicer, José S. Álvarez (Fray Mocho) y muchos otros, expresaba el semanario:
“No es menos brillante y es más copiosa la falange de escritores y poetas que dan asiduamente los sabrosos jugos de su ingenio a Caras y Caretas: por aquí han pasado y pasan, contando amables cuentos, diciendo versos sonoros o tejiendo bellas crónicas de las costumbres y de los tiempos, el espíritu cosmogónico de Lugones, de inimitables vuelos…”.
Además, les dedicaba la publicación a sus mayores plumas, una caricatura y una pequeña biografía, sección que era presentada como sigue:
“Aguanten su modestia los biografiados, en lo tocante al aplauso: sean tolerantes en la opuesta fase, sobre todo cuando contemplen sus respectivas caricaturas en que dejó huellas de su saña las plumas de Cao, y de Mayol, y todo irá bien, pues creo que los habituales lectores de Caras y Caretas sentirán satisfacción en conocer más íntimamente a los autores y dibujantes con quienes tuvo, durante un año entero, contacto intelectual.”
Lugones no aparecía como un fenómeno ascendente, sino como ya instalado en un pedestal. En el cuadro que le corresponde al escritor cordobés, se leía junto a la caricatura de un Lugones mitológico, entre felino, pez y mariposa, con tetas, pelo en pecho y laureles brotando directamente de su cabeza:
“LEOPOLDO LUGONES
El formidable Lugones le llamó Darío.
Los amantes de las leyendas apocalípticas lean sus Montañas de Oro, y al vuelo de la golondrina ideal recorrerán el laberinto de esfinges a cuyas plantas crecieron el loto hierático y la virtuosa portulaca, que acumula nutritiva leche en las ubres de la vaca simbólica.
Si al vaciar la corriente de sus ideas suelen enturbiarse sus aguas, culpad a la fuerza misma de la carrera, que las transforma en torrente; no es porque no brotaran cristalinas de sus odres. Su punto de mira es muy elevado; el panorama se extiende en demasía para ojos poco ejercitados; por eso muchos se marean cuando ascienden con él en la barquilla de su globo.
No es poeta para multitudes ni escritor para el vulgo, porque ama el lenguaje esotérico y su ideal se oculta bajo poder de encantamiento, al pie de un dolmen, entre ruinas mitológicas. Entre literatos se le discute, y esto es sería bueno para él. Entre conservadores se le anatematiza, y esto es mejor
Su característica podría definirse, metafóricamente, con esta reflexión: no extraño que algún día, queriendo esculpir un Moisés, tallara un Hércules con cabeza de Ibis.”
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