Música más allá del horizonte
J.C. Maraddón
La problemática de la inmigración es uno de los temas conflictivos que afronta la humanidad por estos días, más allá de que desde el comienzo de los tiempos los desplazamientos de personas de un lugar a otro han marcado la evolución de la historia. De hecho, de esos traslados han surgido las grandes civilizaciones, que a su vez han trastocado sus fronteras y su poderío a partir del arribo de pueblos foráneos que permearon sus aparentemente inexpugnables defensas. Nuestro propio país se precia de ser un crisol de razas, que le ha otorgado rango constitucional a la necesidad de fomentar el arraigo de los extranjeros.
Las mezquindades del actual pandemonio económico, ante el cual muchas naciones han reaccionado con un afán proteccionista que insta a mirar con recelo la presencia de gente no nativa, han promovido una epidemia de xenofobia cuyos iniciadores son, en no pocos casos, los propios gobernantes. Depositar en el otro la culpabilidad de nuestros males se ha convertido en la hipótesis consensuada que pretende explicar de modo unívoco errores y fracasos debidos a las falencias propias y no a la injerencia ajena. El miedo a que los venidos de afuera nos perjudiquen es un síntoma del malestar que nos envuelve.
Sin embargo, la hibridez que caracteriza al panorama cultural del presente en todo el planeta, no hubiera sido posible de gestar sin la concurrencia de factores que mucho tienen que ver con las facilidades que existen hoy para los intercambios de influencias del más diverso origen. Esto se ha acelerado a partir de la globalización que tendió a masificarse a finales del siglo veinte, y que encontró en la fluidez de la red de redes el ámbito más propicio para una comunicación capaz de abolir las distancias. Nunca ha sido tan sencillo como ahora enterarse de lo que sucede en cualquier punto del globo.
Y también la multiplicación de los medios de transporte han facilitado la circulación de migrantes, que hallan vías diversas para escapar de la situación que los aflige en su terruño, y sueñan con afincarse en algún sitio donde haya condiciones propicias para su desarrollo. Estos fenómenos han permitido cruces impensados de los que dan cuenta las distintas formas de expresión creativa, como el cine, la literatura, la música o las artes plásticas. Y es así como numerosos nombres representativos de las manifestaciones artísticas contemporáneas, son el fruto de esa comunidad de residentes que provienen de lugares remotos.
En la segunda jornada del festival Cosquín Rock, que se realizará entre sábado y domingo próximos en el aeródromo de Santa María de Punilla, se presentará un dúo oriundo de Suiza que ha causado sensación en el mundo entero con una propuesta instrumental fuera de cualquier encasillamiento. Se trata de los Hermanos Gutiérrez, hijos de madre ecuatoriana y padre suizo, que se han establecido en Zurich pero viajan con asiduidad a la ciudad ecuatoriana de Playas, en la costa del Pacífico, donde vive parte de su familia, estableciendo un puente que se traduce en su particular estilo para componer e interpretar.
Provistos de guitarras y elementos percusivos, Alejandro y Estevan Gutiérrez salen en busca de inspiración en los sones latinos de Ecuador, México y otras regiones hispanoamericanas, a los que pulsan con una sensualidad que no le teme al contacto con géneros a priori muy distantes, como por ejemplo el surf rock. Cabe saludar entonces a esas migraciones que enriquecen la paleta musical y que fructifican en propuestas como la de los Hermanos Gutiérrez, quienes bajo un nombre que parece apto para una formación de nuestro folklore, se han cargado al hombro la tarea de explorar nuevos horizontes.
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