Un embeleso inasible
J.C. Maraddón
El clima en cierto modo benigno de la provincia de Córdoba durante el verano ha propiciado, entre otras cosas, la configuración de una temporada de festivales que, desde mediados del siglo pasado, no ha hecho sino crecer en la calidad de su oferta y en la cantidad de propuestas y de público que asiste a las convocatorias. Tan es así que estos encuentros musicales son uno de los motores del turismo en una región donde casi todas las localidades se han ocupado de inscribir su nombre en un calendario de eventos que casi no admite fecha sin que algo se celebre por ahí.
Más allá del género en el que se anotan los artistas, existe una materia prima que es común a todas esas citas veraniegas y que constituye el atractivo principal para la gente dispuesta a compartir esos momentos inolvidables. El insumo infaltable son las canciones, elemento clave en esas invitaciones a situarse frente a un escenario para disfrutar de una actuación en la que serán interpretadas por los músicos y transmitidas a los espectadores en una especie de comunión pagana que bien podría suponerse contemporánea, pero que lleva milenios de evolución a lo largo de la historia de la humanidad.
Por supuesto, algo así como un siglo y medio atrás, cuando los avances de la técnica posibilitaron grabar el sonido y luego reproducirlo, aquellas antiguas formas de expresión cambiaron de modo radical en cuanto a su producción y consumo, aunque respetando ciertos condicionantes de la tradición. La industria discográfica se ocupó después de imponer los estándares para que se elaborara en serie lo que antes había sido artesanal, pero a pesar de todo el componente humano hizo que los resultados no fuesen del todo previsibles, un riesgo que los algoritmos de la actualidad pretenden reducir a un porcentaje ínfimo.
También se han alterado las circunstancias en que esas obras musicales son puestas en escena, con la inscripción de los shows dentro del universo del entretenimiento, un área de negocios que mueve fortunas y que dota a esos espectáculos de una infraestructura impensada en otros tiempos. Sin embargo, en última instancia, en la ceremonia que consiste en la interpretación y la escucha simultáneas, lo único imprescindible es el vínculo del performer con la audiencia, tal cual ocurría en épocas pretéritas, si bien la amplificación, las luces, las pantallas, el vestuario, los efectos especiales y los instrumentos modernos, aportan lo suyo en los conciertos.
Sobre esa esencia cancionera que caracteriza a los seres humanos desde las antiguas civilizaciones, se explaya el cantautor Pablo Dacal en su libro “El Tao de la canción”, publicado en 2025 por Híbrida Editora. Como arte y parte de su objeto de estudio, Dacal se adentra en reflexiones que se basan tanto en la teoría como en datos y experiencias personales, para tratar de entender de qué se trata esa inasible pieza de orfebrería a la cual él mismo le ha dedicado tanto esmero, como artista profesional y además como ensayista en este texto plagado de ejemplos que se integran en una playlist.
Esta noche a partir de las 20 en el Sindicato de Maravillas (Libertad 326), Pablo Dacal presentará en Córdoba ese flamante volumen, en compañía del bandoneonista, director y compositor Damián Torres, y del docente de Movimientos estéticos y cultura argentina y becario de Conicet Pablo Sánchez. Desde los juglares y trovadores hasta los cultores del folk, se suceden en esas páginas las diversas maneras de abordar ese formato sonoro, justo cuando la agenda de festivales empieza a bajar la persiana y nos invita a sacar conclusiones sobre por qué nos sigue embelesando la magia de esos temas que nos marcaron para siempre.