Caras y caretas cordobesas
Badesich o el aire fresco del absurdo (Primera parte)
En Córdoba era 1922. Seis años antes, en Zurich, un grupo de artistas inventaron el dadaísmo. cuyo encuadre abría a los lenguajes del arte las puertas al caos y la libertad creativa absoluta, y pateaba el tablero de la lógica tradicional. Esas ideas se desbordarían al imaginario, al paso de la lima de los años. Entretanto, la larga siesta cordobesa ante los desvelos políticos para poder hacer sus grandes negocios seguía en el mes de abril, cuando el año era más o menos nuevo todavía. Se acercaba la hora de dejar hablar a las malditas y molestas multitudes en las urnas. Sin embargo, era el año 22, y portaba por ende una cifra maestra de la numerología, que señalaba las chances de materializar sueños, y de adquirir la libertad espiritual, abriendo oportunidades a la sabiduría. O sea, el Loco del Tarot que, como cuelga cabeza abajo, te obliga a dar vuelta la carta.
El radicalismo, en esa elección para suceder al yrigoyenismo, decidió abstenerse de participar en Córdoba. Los conservadores del Partido Demócrata quedaron como la fija y no esperaron para alzar sus copas. La falla, la pequeña grieta, que solo tendría un valor simbólico y, por eso mismo, una resonancia que trascendía a lo político y dejaba ver la carta del Loco.
Entre los candidaturas en pugna, había un lugar por llenar, el de la tercera diputación por la minoría, foco de la ambición de las aspiraciones más diversas a ocupar el cargo. En la Facultad de Medicina de Córdoba, muchachos reformistas del 18 no ignoraba ni el dadaísmo ni las trenzas políticas que siempre convertían en monumentos las revoluciones, bronces efímeros, para enseguida pasar la página. Aquellos muchachos conocían las babas del reformismo. Allí estaba Deodoro Roca, y les daba la venia José Ingenieros. Entonces llevaron a un candidato al que llamaban “el loco”, que había sido telegrafista en Formosa y en las Islas Orcadas, y que presentaba un programa de gobierno donde pregonaba el amor libre, y proponía eliminar las esquinas, a fin de prevenir los choques de vehículos. Esas propuestas no agotaban la plataforma de este candidato: Enrique Badesich, con una o con dos eses, un tucumano que había estudiado y vivía en Córdoba, alguien muy cercano al círculo universitario progresista e intelectual. Para completar la apuesta dadaísta, se presentaba como candidato por el Partido Bromosódico Independiente. Contó con el apoyo de los estudiantes.
Vaya a saber cómo fue que la candidatura de Badesich sorteó los filtros de la ingeniería electoral, pero así fue, se convirtió en candidato y su campaña, echa sin un peso, resultó tan afiebrada como su programa, donde faltaban mencionar el establecimiento de la República cordobesa, cuyos representantes ante los países del mundo serían confidenciales, o el recorte del largo de los hábitos de los curas, destinando la tela sobrante a la fabricación de ropa para niños pobres. Algunos artículos eran mucho menos delirantes, como la separación de la Iglesia y el estado, o la supresión del Ejército por antisocial y anacrónico. Algo difícil de llevar a cabo, esto último, pero que tal vez nos habría ahorrado el golpe de Uriburu de 1930.
La apática concurrencia de los cordobeses a las urnas determinó que Badesich resultase elegido.
Para recorrer iluminaciones sobre la figura de Badesich que, superpuestas como las camisetas, dejen menos agujeros expuestos sobre un personaje al que los diarios y revistas le han dedicado generosas páginas, empezamos por Caras y Caretas, publicación que nos una nota del 22 de abril de 1922, firmada por otro aparato: el Vizconde de Lascano Tegui. Una versión contemporánea a los hechos, que resalta el carácter pintoresco del caso. Va una primera parte.
“Ante todo, hemos estado mal informados. Se ha dicho que los humoristas cordobeses, no habiendo dado señales de vida hasta las vísperas de la elección, llevaron a Badesich a la Cámara de sorpresa, sin consultarlo. No es cierto.
Badesich hizo una campaña de varios meses seria y eficaz. Si no pegó carteles, dio 300 conferencias en cambio, lo que era sin duda más económico y más elocuente que el papel impreso. Publicó sus proyectos, batióse en varias ocasiones y para que nadie lo olvidara se vistió de un ridículo traje de papel, queriendo demostrar que el hábito no hace al monje y que un hombre fuerte debe ignorar el ridículo. Su programa legislativo lo presentaba como un anticristo barato, un liberal pasado de moda, o un inquisidor nacido demasiado tarde, pero como un carácter definido.
A raíz de sus conferencias, de su propaganda, de su profesión de fe, fue votado y electo. Badesich es diputado.
Hasta el último instante la celada de sus adversarios lo persigue. ¿Comité? No tiene.
— Mi comité era el calabozo; cuando no estaba preso, la policía me andaba buscando para arrestarme — nos contesta Badesich.
— ¿Qué es eso de la comida del salame en los pasillos de la Legislatura?
— Mi última defensa. La junta no quería proclamarme y esperaba que la policía me detuviera. Preso, no podía ser electo. La policía estaba en la puerta de la Legislatura. Yo no salí. Pero tuve que comer allí lo que rae alcanzaron mis amigos: salame, pan, queso. Una vez electo, poseyendo inmunidad parlamentaria, no dudé en echarme por la ciudad, y en ir a un restaurant por un menú mejor.
— ¿Pero usted es un «vivo» y no un loco, entonces, como nos lo habían dicho?
— Para eso he venido, Para que ustedes comprueben la verdad — nos repuso.
La respuesta no carecía ni de salud ni de franqueza.
—Y cómo fue anulada su elección?
— Sin oírme, sin entenderme, por la fuerza, contra el más elemental principio de justicia. Por eso protesto, por eso quiero protesto, por eso quiero que la intervención que ha de ir a Córdoba haga respetar la elección que me llevó a la Cámara.”