Asombrarse y divertirse
Como parte de la carrera espacial en la que se hallaban Estados Unidos y la Unión Soviética en el marco de la Guerra Fría, entre finales de los años cincuenta y comienzos de los sesenta ambas potencias pusieron en órbita sendos satélites que, además de otros usos, iban a ser de gran utilidad para las telecomunicaciones. En mayo de 1965, el Intelsat I, conocido como Early Bird, permitió que se realizaran las primeras transmisiones intercontinentales de televisión, en el inicio de una nueva era para la comunicación audiovisual, que a lo largo de las siguientes décadas se iba a valer de ese recurso.
El 25 de junio de 1967, los cinco continentes se iban a conectar a la señal emitida desde la BBC de Londres, para receptar en vivo el programa “Our World”, que en dos horas y media irradió la actuación de artistas representativos de una quincena de países, entre otros la cantante María Callas y, por supuesto, los Beatles. Tres satélites más se iban a unir al Early Bird para hacer posible ese prodigio, al que asistió una audiencia de 400 millones de personas, el mayor número de televidentes que pudo haber reunido un envío televisivo hasta ese momento.
Apenas dos años después, el 20 de julio de 1969, iban a ser 600 millones los que presenciaran en tiempo real la primera caminata lunar, llevada a cabo por un par de tripulantes de la misión Apollo 11. Una cámara instalada al costado de la nave fue la que permitió a la humanidad observar en directo un acontecimiento histórico, en una operación técnica sin precedentes para la que fueron acondicionadas tres antenas especiales en Estados Unidos, Australia y España. Al ser televisada, la hazaña era una exhibición del poderío estadounidense, que lograba así llegar a la luna antes que su rival soviético.
En Argentina, para ese gran evento, la compañía telefónica Entel estrenó la Estación Terrena de Balcarce y, de ese modo, las imágenes provenientes del espacio también llegaron a los rincones de nuestra geografía cubiertos por el radio de acción de los canales de aire. Aunque borrosa en su definición y con interferencias en su audio, esa transmisión resulta imposible de olvidar para quienes fueron testigos del portento, aunque no han faltado desde entonces las teorías conspirativas que pusieran en duda su veracidad. Más allá de esa polémica, aquel paseo por la luna se convirtió en un espectáculo digno de ser disfrutado.
Casi 57 años más tarde, con la NASA enviando otra misión espacial para orbitar alrededor de nuestro satélite natural después de medio siglo, la aventura de la Artemis II, tripulada por cuatro astronautas, culminó el viernes pasado con total éxito. Se trata de un nuevo paso en procura del objetivo de un programa que se propone construir una base sobre la superficie lunar en 2028, para luego encarar el desafío de los viajes tripulados a Marte, quizás una de las utopías más repetidas en los relatos de ciencia ficción, al punto que a los extraterrestres solía identificárselos como “marcianos”.
Pero a pesar del tiempo transcurrido desde aquel primer alunizaje, cabe señalar un par de coincidencias para nada casuales. Mientras en esa época Estados Unidos necesitaba doblegar también en el espacio exterior a su archienemigo estratégico, hoy está obligado a recuperar su importancia geopolítica ante la amenaza comercial de China. Y ni hablar de la trascendencia mediática que vuelven a tener estas travesías, ahora capturadas y distribuidas a escala global por herramientas tecnológicas de última generación, que las descargan en pantallas de cualquier tipo, desde donde son apreciadas por millones de usuarios que asumen ese privilegio con la intención de asombrarse y divertirse.