Empezar de cero
A lo largo de los más de 70 años de historia de la cultura rock, han sido varias las cruzadas renovadoras que cuestionaban el apartamiento de de las raíces y, por ende, propiciaban un regreso a los orígenes como una manera de recuperar aquel espíritu iconoclasta de los pioneros. Resulta paradójico que las vanguardias se hayan propuesto regresar al pasado como método para avanzar, pero al tratarse de un género que ha hecho de la búsqueda de la novedad su norte, no debería llamar tanto la atención que quienes se postulan como innovadores lo hagan enfrentándose a ese culto al futuro.
El punk, como uno de los más virulentos destellos de rebeldía dentro de la evolución rockera, surgió justamente en oposición a la denominada corriente progresiva, que complejizaba las composiciones e intentaba paragonarse con los grandes genios de la música clásica. Frente a semejantes pretensiones, la punkitud retomó la senda abierta veinte años antes por los ídolos rocanroleros y apeló a una estructura musical rudimentaria, acompañada por letras directas. En vez de tocar en grandes estadios, lo hacían en pequeños pubs y, a diferencia de los artistas establecidos, empleaban los circuitos alternativos para darse a conocer y difundir sus obras.
Después de ese rescate de lo primitivo, en los ochenta el pop se enseñoreó con el panorama internacional y no pocos referentes del punk se volvieron nuevaoleros. Su propuesta explosiva devino en melodías pegadizas que trepaban hasta lo alto de los charts y se escuchaban sin parar en la radio. En la Argentina, donde los punkies no abundaron, el rock saltó directamente del barroquismo y la fusión a una popularidad inesperada, que tuvo como catapulta la Guerra de Malvinas, pero que también fue posible gracias a un repertorio de canciones gancheras que se ganaron las preferencias de un público ávido de ese tipo de contenidos.
Algunos consideraron ese salto como una traición a los ideales que habían animado a los que sentaron las bases del rock en español allá por la segunda mitad de la década del sesenta. Pero la reacción contra ese desliz hacia la masividad se iba a materializar a comienzos de los noventa, con una pujante generación de músicos a la que se denominó Nuevo Rock Argentino, a causa de la realización en Córdoba de un festival que llevaba ese nombre y que reunía en su grilla a una buena parte de los artistas que se enrolaban en esa causa.
Entre las bandas que pugnaban por abrirse paso detrás de ese paraguas, se contaba Tía Newton, un cuarteto formado a finales de la década del ochenta, que no prosperó en el campo discográfico pero que llegó a actuar en la primera edición del Nuevo Rock, antes de entrar en una etapa de disolución lenta pero segura. De sus filas emergió después en solitario el guitarrista Carca, quien desarrolló un perfil stoner en el que sobresalía un sonido vintage con evidentes reminiscencias de lo que habían sido las formaciones que agitaban la escena local en los inicios de los años setenta.
Luego de más de 30 años de trayectoria solista y de haberse desempeñado como bajista de Babasónicos a partir de la muerte de Gabo Manelli, Carca es hoy una marca registrada del rock argentino y, además, ha incursionado como actor en producciones audiovisuales. De hecho, la semana que viene se estrena en el Bafici un documental sobre su vida, titulado “Príncipe oscuro”. Tras haber superado problemas de salud, Carca vuelve a aquella Córdoba del Nuevo Rock, para presentarse mañana en Casa Babylon, donde renacerá el mito de esa camada de músicos que se atrevió a empezar de cero en un momento de crisis.