Caras y Caretas Cordobesas
Las tres décadas expuestas de Fader (Novena parte)
Se han atravesado algunos años sin noticias sobre Fernando Fader en “Caras y Caretas”. De pronto, en 1917 el pintor recibía en dos ocasiones, en abril y en septiembre, la atención del semanario. Fader pintaba en Córdoba y exponía en el salón Müller de Buenos Aires. Ambos artículos reflejan los dos momentos de ese año, y reúnen el pensamiento del artista, como un autorretrato estético y espiritual.
En la nota de abril, de la que ya se transcribieron párrafos, se encuentra al pintor compenetrado en su ritual de percibir y de plasmar en sus telas el paisaje agreste y su luz, la belleza pura de la naturaleza. Al realizar esa transcripción, lo “pintoresco” es aquello definido por el arte.
Se leen en esa nota reflexiones profundas de Fader:
“Vivo en un país de ensueños, donde todo lo soy yo: donde la religión es la creencia en mí, donde la ley es sinceridad conmigo, donde la justicia no existe por inútil, y donde la bondad es la suprema felicidad. Hermoso país, desde donde todo se ve grande y simple, donde nada está de más y donde cada cosa tiene sus justas proporciones. País que no tiene otro almanaque que el pasar de los años, que son segundos y siglos y cuyo tiempo es tan variable como el estado de ánimo mismo, que engendra las fuerzas misteriosas de la evolución ininterrumpida y donde las visiones determinan la labor febriciente y donde el trabajo material es un placer...”.
Más tarde, en septiembre, otra nota mostraba al artista en la galería Müller de Buenos Aires, con firma del cronista Julio H. Urien:
“He ido a visitar a Femando Fader y le encontré clavando telas, armando bastidores y marcos para la exposición que a estas horas se habrá inaugurado. Viene de Córdoba, fuerte, sano, curtido por el aire y el sol de la Sierra; he estrechado su mano y me he puesto a curiosear con avidez las nuevas telas que ahora presenta.”
El periodista conversaba con el pintor y recababa de Fader conceptos sobre lo esencial, para él, en la práctica del oficio:
“Le llama a usted la atención mi técnica y debo decirle que hay que olvidarse de ella, desprenderse de sus ligaduras que entorpecen el desarrollo de la visión interna. Mientras no exista esa libertad, la despreocupación del procedimiento, difícilmente podrá realizarse algo de provecho. Y para conseguirlo, no conozco más que un solo medio: trabajar.”
Todas eran notables enseñanzas, como cuando, más adelante decía:
“Deploro la limitación de la paleta, que no puede, por su escasa extensión, dar la enormidad de valores y matices que vemos en la naturaleza. Por otra parte, no sería extraño que en esta limitación de que le hablo residiera uno de los encantos de la pintura. Yo me esfuerzo constantemente por sacar hoy un poco más que ayer; mañana un poco más que hoy; y este deseo, esta posibilidad, me tiene en constante tensión y en perpetuo estudio. Durante un día de labor, pocos son los momentos que pueden aprovecharse, y para que estos felices momentos no se pierdan, hay que trabajar con fe, sin desfallecimientos, para sumarlos con satisfacción al caudal que cada uno posea.”
Para cierre, unas palabras más del pintor:
“Nunca me canso de observar y para ello todo el tiempo es poco. Observo continuamente, y cuando la visión se ha identificado con mi espíritu y me he compenetrado de ella, entonces pinto. Lo que no dejo ni un solo momento es de ser sincero; sin sinceridad no puede haber arte.”