Cultura Por: Víctor Ramés06 de mayo de 2026

CORDOBERS | Caras y Caretas Cordobesas

Concluye aquí la nota sobre un inmaduro asaltante, narrando sus delitos arma en mano que lo muestran decidido y también despiadado, demasiado próximo a descargar un final trágico sobre sus víctimas. Y distante de cualquier simpatía final hacia el personaje. 

Joven bandido olvidado en una página (Cuarta parte)

La última parte de esta historia refiere los asaltos perpetrados por Alberto Mengual en Punilla, en las cercanías de Tanti. Así narra la primera de sus hazañas delictivas. Demos la palabra a Soiza Reilly, quien tomó nota del relato del bandido:

“Cortó el alambre de un cerco, lo extendió en medio del camino, a lo ancho, para que los autos al pasar se detuvieran. (…) Vio aproximarse un Ford en cuyo interior venía un inglés con una hijita de seis o siete años. El caballero inglés manejaba el volante. Al ver el alambre, se detuvo. Entonces Mengual, con la cara semicubierta por un pañuelo. salió de detrás de una roca apuntando al inglés con su revólver.

—La bolsa o la vida — gritó Mengual.

El inglés se dispuso a tirarse del auto para pelear con el bandido. Pero Mengual cambió la dirección del arma apuntando a la nenita y gritando:

— Si se baja del auto mato a la chiquilina. ¡Arriba las manos!

El inglés, que se arrojaba ciego de coraje, se inmovilizó de horror. La nenita le tendía los brazos, llorando... El inglés pálido, sin atreverse a mirar a su hijita, con los brazos en alto, sollozó, diciéndole a Mengual:

— Llévate todo... ¡Todo!”

Y Mengual, sin dejar de apuntar con su revólver a la nenita, sacó del auto una enorme canasta de víveres. Asados, cajas de conservas, latas de dulce, frutas, botellas de champagne...”

A continuación, se describe el segundo asalto, más violento que el anterior y que estuvo muy cerca de terminar en tragedia.

“Media hora más tarde pasaba otro auto en el que viajaba el camarista doctor Félix J. Molina, con su esposa, su hermana y un chofer. El doctor Molina bajó del auto a retirar el alambre cruzado en el camino. Creyó que fuera una diablura de muchachos. De improviso se encontró con Mengual. Le apuntaba con el revólver... El doctor Molina, a pesar de su edad, se arrojó sobre el muchacho para desviarle el arma.

La lucha fue tremenda. Mengual tiene una fuerza bárbara, por fin, el doctor Molina le arrebató

el revólver. Pudo matarlo. Pero, le dijo:

— No te mato porque soy cristiano.

Y tiró lejos el revólver. Entonces Mengual tomó su carabina y apuntó de nuevo al doctor Molina. Lucharon otra vez. El muchacho apretó el gatillo, pero el tiro se perdió en el aire y el doctor Molina consiguió desarmar nuevamente al brigante.

— Otra vez podría matarte — le dijo el camarista. — Pero no puedo... ¡Te perdono!

Mengual extrajo su daga y acometió al anciano. El doctor Molina (…) echó a un lado la carabina y se dispuso a quitarle la daga a Mengual. El bandolero, indignado por la resistencia de aquel hombre heroico, duplicó sus esfuerzos y logró dar al doctor Molina numerosos y profundos tajos en la cara, en la frente, en el cuello... Enceguecido por la sangre, se defendió con tal ahínco que arrancó la daga de las manos de Mengual... Desarmado el muchacho, corrió en busca de un barrote de hierro e iba a dejarlo caer sobre la cabeza del doctor Molina cuando éste viéndose perdido, le dijo:

— ¡Bueno! Llévate todo. Ahí tienes mi dinero. Las alhajas...

Y Mengual se fue con todo menos con lo que las damas pudieron ocultar a los ojos del degenerado. Días después la policía capturó a Mengual en la ciudad de Córdoba...

Los domingos la celda de su cárcel es una romería. Las gentes van a oírle contar sus pillerías de Gil Blas.

Mengual finge dolor. Se queja de su amarga desdicha...”, concluye su entrevista el autor.

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