Cultura Por: J.C. Maraddón14 de mayo de 2026

Una chispa de irreverencia

El escritor riotercerense Manuel Esnaola subtitula (con gran acierto) como “crónicas incompletas de rock” su libro “Ceremonias en la tormenta”, publicado este año por la editorial Clarice y presentado hace pocas semanas, como corresponde, en Pétalos de Sol.

Alguna vez, el rock aspiró a ser una fuerza motora que envalentonara a los jóvenes para impulsar cambios radicales en la sociedad, después de que la Segunda Guerra Mundial motivase un colapso en los paradigmas que habían regido hasta entonces. Aunque se trataba solo de un fenómeno cultural, era el catalizador de las luchas que, además de entronizar a un nuevo grupo social dominante, pretendían instalar modelos igualitarios en los que se respetaran los derechos de todos y no se discriminara a nadie por su raza, por su religión, por su género ni por su pertenencia a una clase social determinada.

En realidad, había en la raíz de la epopeya rockera un origen mercantil que iba a terminar devorándose las ínfulas emancipadoras, para dejar al descubierto la estructura industrial que subyacía por debajo de esa fachada. Si en su nacimiento el rocanrol había sido apenas una moda más de las que agitaban a los teenagers en la década del cincuenta, ya en los ochenta iba a transformarse en el engranaje principal de una maquinaria muy bien aceitada, que disolvería su faceta rebelde hasta convertirla en una mueca no muy creíble que, sin embargo, servía aún para que chicas y chicos la hicieran propia.

Por supuesto, en ese vaivén entre una cosa y la otra, hubo quienes se tomaron a pecho la supuesta impronta revolucionaria del rock y apelaron a ella en su búsqueda de una fórmula para construir un mundo mejor en el que valiera la pena tener esperanzas. Hubo artistas y canciones que le pusieron música a las consignas y que alentaron a los que marchaban por la paz y por la libertad, a pesar de la represión y la cárcel a las que eran sometidos por el mero hecho de protestar contra un régimen al que consideraban caduco y opresivo.

Mucho tiempo ha transcurrido desde entonces y y aquella humanidad más solidaria y abierta que soñó la generación sesentista sigue siendo hoy una utopía poco menos que inalcanzable. Continúan sonando los himnos que en ese entonces movilizaban cuerpos y espíritus, aunque ahora funcionan como vehículos de una nostalgia inconducente. Parecen haber perdido su capacidad de provocación, domesticados por su actual adscripción al culto por lo vintage, presto a diluir lo que alguna vez fue vibrante en una mortecina pátina de melancolía, que afecta incluso a aquellos que ni siquiera habían nacido en ese periodo, cuyo repertorio musical está siendo evocado.

Despojado el rock de su naturaleza ígnea, son otros los géneros que levantan la voz contra el sistema, algunos de modo auténtico y otros como una pose que se propone imitar los tics de las celebridades rockeras. Es en ese quiebre donde vale la pena cuestionarse cuál es el poder de alterar el status quo que le puede quedar al rocanrol, si es que le resta una chispa de irreverencia a ese movimiento artístico que saltó de lo musical a lo social, para finalmente revelarse como un negocio fabuloso manejado por empresas multinacionales, en las que los ídolos son piezas descartables.

Quizás ahora esa cruzada rockera perdure como un punto de vista, como un reservorio de ideales, desde los que se puede atravesar la actualidad de una manera crítica y narrar la historia con desprejuicio y pasión. Asumida así como un conjunto de lugares comunes que podrían encaminarse hacia descubrimientos insospechados, reaparece su encanto y cobran otro sentido aquellos grandes éxitos que encendieron barricadas o que, simplemente, acompañaron momentos a los que no se quiere relegar al olvido, porque todavía guardan en el presente un potencial de desfachatez que al menos sirve para levantar el ánimo de los que van sin rumbo.

Es probable que ese sea la razón por la que el riotercerense Manuel Esnaola subtitula como “crónicas incompletas de rock” su libro “Ceremonias en la tormenta”, pubicado este año por la editorial Clarice y presentado hace pocas semanas, como corresponde, en Pétalos de Sol. Tras el prólogo de Nelson Specchia, se sucede allí una veintena de textos que tienen en común haber aparecido durante los últimos diez años en el diario Hoy Día Córdoba y, sobre todo, estar escritos como si fueran temas de rock que se ensamblan en un álbum, algo lógico si tenemos en cuenta que el autor también es músico.

Relatos desde la primera persona (del singular y del plural) nos pasean por un santoral que va de Adrián Dargelos a Brenda Martin y de Luca Prodan a Paco Ferranti, en un viaje tan vertiginoso como conmovedor. Incluso cuando Manuel Esnaola discurre sobre próceres de la literatura, sobre la activista Greta Thunberg o sobre la rutina democrática de emitir el voto, solo le falta marcar un, dos, tres, cuatro para que una batería imaginaria comience a sonar, y encima de su ritmo cabalguen una guitarra distorsionada, un bajo pujante y una voz capaz de poner todo patas para arriba.

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