Para que el odio no florezca
Desde que comenzó su carrera como solista, Carlitos Jiménez tuvo claro que su fortaleza residía en su arraigo con el público local y se dedicó por entero a complacerlo, a través de una maratónica agenda de bailes que comprendía tanto los clubes de la ciudad capital como algunos del interior de la provincia. De hecho, uno de los temas más recordados de aquella etapa se llama “Muchacho de barrio”; y allí, además de confirmar que se siente uno más de la barra de la esquina, jura que -pierda o gane- nunca va a cambiar, por más que pasen los años.
En esa promesa se forjó el afecto incondicional que le han profesado y le profesan miles de fanáticos, esos que en los viejos tiempos no dejaban de asistir a ninguna de sus presentaciones y se jactaban de seguirlo como quien sigue al equipo de fútbol de sus amores. En la devoción de esos fieles encontró Jiménez la piedra basal de un fenómeno que va mucho más allá de la músical y que va rumbo a las seis décadas de vigencia, si contamos el periodo en que integró el Juvenil Cuarteto Berna, al principio, y el Cuarteto de Oro, después.
Por supuesto, cuando su fama se extendió hacia fuera de Córdoba, le surgieron compromisos que lo llevaron a actuar en otras regiones del país y a recalar también en Buenos Aires, donde fue apadrinado por algunos músicos de rock, para luego asentarse en un mercado que rendía culto a la bailanta. Ese salto se dio con la firma de su contrato con el sello Warner y el lanzamiento del disco “Beso a beso”, en 1998, que gracias a la canción del mismo nombre fue un suceso a escala nacional, ascenso que se completó al año siguiente con “El bum bum”.
Por esa misma época, aparecía en el firmamento cordobés una banda con muchos integrantes que combinaba tres ingredientes no tan compatibles a primera vista: el cuarteto, el rock y el circo. Tras algunos años de incubar su propuesta, en 2002 Los Caligaris la pegaron con el hit “Nadie es perfecto”, donde narraban con humor la historia del Cara’e Pipa y su desventura amorosa. Fue una dosis de frescura y diversión en el contexto de una crisis que se había llevado puesta la alegría de la gente, por lo que ese desenfado tuvo una cálida recepción que auguraba un futuro descollante para el grupo.
Y si bien eso sucedió y hoy son figuras reconocidas de la música argentina, tuvieron que remar con ganas para que el éxito que cosechaban en México, se correspondiera con lo que pasaba con ellos en su propio terruño, donde al no ser lo suyo cien por ciento cuartetero no lograban ingresar en el circuito del género.Como tampoco los rockeros terminaban de digerir ese estilo, quedaban aislados en su lugar de origen, mientras que en otras latitudes llenaban estadios y recibían reconocimientos por las ventas de sus discos y la convocatoria de sus espectáculos.
Y así como La Mona debió tener paciencia hasta que se impuso en todas partes con “Beso a beso”, Los Caligaris encararon un proceso inverso y se destaparon en 2015 con el disco “Circología”, editado por Sony Music, donde temas como “Todos locos” y “Que corran” tuvieron un impacto masivo que consiguió de una vez por todas reconciliarlos con un ámbito cordobés donde tanto les había costado hacerse fuertes. No hubo rincón donde no sonaran esas canciones que ya no navegaban entre el cuarteto y rock, sino que maduraban un sonido propio tan bullanguero como apto para bailar.
A once años de ese gran acierto que les abrió las puertas de la popularidad, Los Caligaris han decidido recuperar una de esas piezas que tan buenos resultados les rindieron, para ahora sí acuartetarla sin miedo, en un proceso creativo que habla de su raigambre autóctona, más allá de ser bienvenidos en los escenarios internacionales. Fue así como tomaron “Todos locos”, le insuflaron tunga-tunga en la sección rítmica y, como broche de oro, invitaron a la Mona Jiménez a cantarla con ellos, tal como se lo ve y escucha en el videoclip que fue subido a YouTube el viernes pasado.
En esos caminos cruzados que Los Caligaris y Jiménez han ido recorriendo, encontraron un punto de contacto para unir voluntades y encarar la reversión de un tema que ya es un clásico de cualquier fiesta, y con mayor razón aún pasado en limpio como uno más del repertorio del cuarteto. Cuando también por estos días sobran los motivos para la pesadumbre, que los artistas se preocupen por arrimar una cuota de algarabía no tiene precio. Si estamos todos locos, que en todo caso sea una locura linda y no esa que crispa los nervios y siembra el odio para que florezca.