Cultura Por: J.C. Maraddón02 de julio de 2026

Vestigios de lo inmutable

De algunos materiales recogidos a la vera de la laguna de Ansenuza se ha provisto el artista plástico Sergio Blatto como soporte de su muestra titulada “El exilio de los dioses”, que quedó abierta al público en la galería del Paseo del Buen Pastor y que permanecerá en exposición hasta el 18 de octubre.

Las agresiones humanas contra el medio ambiente, que datan de épocas ancestrales, reciben muchas veces castigos de la propia naturaleza, que en la mayoría de los casos son sufridos por gente que no tiene la culpa del daño infligido originalmente. Edificar en zonas sísmicas, inundables o cercanas a volcanes, por caso, implica riesgos que algunos deciden correr y a los que otros, sin saberlo, se exponen por el solo hecho de estar viviendo en esas construcciones. La necesidad de dotar de vivienda a los miles de millones de habitantes que pueblan el planeta, ha llevado a ocupar espacios no demasiado seguros.

A pesar de que hoy se cuenta con herramientas tecnológicas capaces de determinar esos niveles de peligrosidad, el mercado inmobiliario se desenvuelve de un modo voraz, y utiliza todo lo que esté a su alcance para que no haya oportunidad de ponerle freno a esa clase de emprendimientos. La planificación urbana, que debería ser una barrera de contención para que no haya nadie afectado, se ve sobrepasada por las urgencias de los desarrollistas y las de los ciudadanos que pretenden hacerse de una vivienda en el menor plazo posible, ya sea para residir allí o para usufructuarla y obtener una renta.

SI esto sucede en la actualidad, con mayor razón cabe pensar que en el pasado se cometieron graves errores por la imprevisión, al no existir al conocimiento que se adquirió luego sobre fenómenos naturales que podrían hacer estragos en ciertos emplazamientos. Una vez consumada la imprudencia, suele ser imposible volver atrás y el resultado catastrófico se transforma en una amenaza de la que muchos ni siquiera tienen conciencia. Tal vez lo sucedido en San Carlos Minas en 1992 sea uno de los ejemplos que con mayor claridad explicita cómo se han manifestado en nuestra provincia los trágicos efectos de la intromisión del hombre en el paisaje.

En el otro extremo del territorio provincial, también se verificó un suceso que no fue intempestivo sino paulatino, pero que durante años dejó a gran parte de una población sumergida. Junto a la laguna de Ansenuza, alguna vez conocida como Mar Chiquita, un siglo atrás fue fundada la localidad de Miramar, que muy pronto se volvió un centro turístico de gran concurrencia. A mediados de la década del cuarenta, la inauguración del Gran Hotel Viena representó una muestra acabada del esplendor de ese balneario, que recibía visitantes de todo el país y del exterior.

Todo eso terminó por desdibujarse hacia finales de los setenta, cuando la superficie ocupada por las aguas comenzó a extenderse, hasta cubrir parte de lo que había sido un enclave pujante, ante el espanto de quienes debieron abandonar la zona inundada a medida que la laguna avanzaba. Causó asombro en propios y extraños observar cómo la masa líquida devoraba lo que hasta entonces se había erigido en la zona costera, incluyendo el Hotel Viena, el orgullo de la comunidad local, que debió resignarse a ese implacable destino, a la espera de que alguna vez, en sus flujos y reflujos, la Mar Chiquita volviera a retirarse.

Para cuando la bajante empezó a insinuarse, el casco céntrico de Miramar ya se había mudado tierra adentro. Algunas de las viejas estructuras edilicias comenzaron a aflorar bajo la forma de ruinas que tomaban un aspecto fantasmal, cuya recorrida pasó a funcionar como un atractivo más para los turistas. Maderas podridas y hierros oxidados subsistían como testimonio de ese fallido intento por ocupar un terreno no apto para que los humanos fijaran allí su morada, porque los límites de la laguna no eran estables y podían estar sujetos a frecuentes variaciones según el flujo de los ríos que desembocan en ella.

De algunos de esos materiales recogidos a la vera de Ansenuza se ha provisto el artista plástico Sergio Blatto como soporte de su muestra titulada “El exilio de los dioses”, que quedó abierta al público en la galería del Buen Pastor el lunes pasado y que permanecerá en exposición hasta el 18 de octubre con entrada libre y gratuita. Sobre esos restos de lo que alguna vez fue un núcleo poblacional y que luego fue devastado por las fuerzas de la naturaleza, Blatto deposita sus deidades moldeadas en arcilla, en un contraste que no deja de sorprender.

La acción humana que hincó sus garras en un contexto bucólico, encontró una respuesta fatal que hizo trizas lo aparentaba ser firme y duradero. En estas esculturas, Blatto recupera los vestigios de esa batalla ancestral y vuelve a intervenir lo ya intervenido, para que sirva de pedestal o de marco para alguna divinidad que ha debido mudarse de su sitio. Procesos que expresan la mutación constante de aquello que se presenta ante nuestros ojos como permanente, y que apenas si está en una fase de su evolución, de cuyo devenir quizás no lleguemos a ser testigos.

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