Nobel para Milei
El presidente dijo que si le sale bien el trabajo para reescribir parte de la teoría económica, quizás deberían darle el prestigioso premio
Por Javier Boher
Argentina es reconocida por la cantidad de psicólogos que existen, quizás por la necesidad de superar los traumas de vivir en un país tan inestable como el nuestro. Esto es injusto para con otra profesión que abunda, la de los economistas. Aunque probablemente sean muchos menos, también es cierto que andan siempre con el banquito debajo del brazo para instalarse a perorar sobre qué pasa y cómo se arregla.
Tal vez todo obedezca a lo mismo: muchos abogados para un país sin ley, muchos psicólogos para un país sin estabilidad mental y muchos economistas para un país con gente que no sabe cuáles son las leyes económicas básicas. De allí deriva, probablemente, el afán refundador de cada nueva oleada de dirigentes políticos que encarna la renovación generacional de la política.
Milei lleva apenas seis meses en el cargo como presidente. Es un neófito en el arte de la política y, sin embargo, se la pasa bajando línea sobre qué hay que hacer para vencer a la casta (que sigue penetrando las filas del Gobierno para no morir). Personalmente creo que es mejor político que economista, pero él -tal como los que lo siguen desde que era imitador de Leonardo Favio- no opina lo mismo.
Es por eso que en su visita a República Checa tuvo una afirmación que cruza los umbrales de lo que se podría considerar aceptable para ser catalogada directamente como exagerada. El poco tiempo de gestión y el romance que todavía perdura en su relación con el electorado lo han mantenido a salvo, pero probablemente esté a la altura de “estoy feliz por haber sido el presidente que le puso fin al patriarcado” o de “es hora de entender que el capitalismo tal como lo conocimos hasta la pandemia no ha dado buenos resultados” que pronunció Alberto en su autopercepción de líder global. El poder saca lo peor de todos, pero el resultado es más duro cuando además hablamos de los peores hombres.
El presidente Milei decidió seguir la línea de la arquitecta egipcia y considerar que está para el premio Nobel de Economía. A diferencia de la ex presidenta (que lo dijo por la política económica del kirchnerismo, con los superávits gemelos, el “desendeudamiento” con el FMI y la “matriz diversificada de desarrollo económico con inclusión social”) Milei usó su presentación para decir que está reescribiendo parte de la teoría económica con su asesor Demian Reidel. Es decir que, a diferencia de Cristina, ni siquiera puede exhibir algún logro de gestión -independientemente de que sea sostenible en el tiempo- para tal afirmación. Es, apenas, una conjetura sobre algo que todavía no ha podido demostrar, la revolución científica del auto que funciona a agua que alguna vez nos quisieron vender en este país.
Hay algunos indicios de saneamiento de la economía, pero también algunas luces rojas que señalan que hay que empezar a ponerse finos y a calentar la muñeca para pilotear un experimento que anda de manera inestable y puede despistar ante la más mínima alteración brusca de su rumbo. Los datos económicos de la fuerte caída del PBI y el aumento del desempleo son una señal de que el rebote en V todavía no existe y que después de la caída hay un montón de gente dando tumbos por el suelo. La discusión es importante porque recién se está definiendo el marco en el que se vivirán los próximos años en Argentina, pero hasta ahora no hay mucho más que declaraciones rimbombantes y batalla cultural. Al menos saben que por algún lado tienen que empezar.
El experimento del primer mandatario todavía tiene final incierto, pero lo real es que sigue prendiendo entre votantes que creen ver en él a un sólido economista, a pesar de que no es un académico ni alguien con los laureles que se estila exhibir en el campo del conocimiento. La impunidad con la que es capaz de decir que si le va bien en su proyecto le deberían dar el premio Nobel refleja que no hay otros condicionantes para su acción que su propia visión de él mismo. Total, si no le sale bien ya tendrá tiempo de señalar a la Casta Académica para ir a participar de alguna cumbre de marginales en algún lugar del mundo en el que le hagan creer que realmente sabe de qué está hablando.
Quizás está genuinamente convencido de que le corresponde colgarse la medalla, pero también puede ser que no le importe mucho. Su acto se sostiene activo porque es capaz de provocar con cosas como estas, inaceptables para la gente que tiene medianamente algo de idea sobre cómo funciona el mundo, pero perfectamente aceptables para los que no ven más allá de lo que proponen las figuras que votaron. Esos ya lo premiaron con la presidencia. Para ellos la medalla sería apenas un accesorio.
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